Opinión
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La madre de todas las batallas
Víctor M. Toledo
E

xiste en la vida real todo un abanico de batallas: por la dignidad, la libertad de expresión, la justicia más elemental, el libre tránsito, la equidad, el respeto a los seres vivos. Existen batallas individuales y colectivas, y hay grados, niveles, órdenes en la gama. Así, podemos afirmar que hay batallas menores, medianas y mayores o cuaternarias, terciarias, secundarias y primarias. Sin embargo, si tuviéramos que elegir una sola como la batalla mayor, como la madre de todas las batallas, en este siglo XXI cada vez más crispado, incomprensible y peligroso, yo me quedo con la batalla entre los proyectos de vida y los proyectos de muerte que hoy se escenifican de manera notable y preocupante no sólo en México, sino en Latinoamérica y por buena parte del mundo. Se trata de las guerras que generan los proyectos del ogro industrial (mineras, termo e hidroeléctricas, pozos petroleros y de fracking, gasoductos, eólicas, proyectos carreteros y habitacionales, desvíos y sobrexplotación del agua, cultivos transgénicos y megaturismo) y las resistencias y luchas por la vida que mantienen pequeñas ciudades, pueblos y comunidades por innumerables regiones. Esos proyectos de muerte acaban con los precarios equilibrios de los territorios y en el fondo atentan de manera triple: contra la naturaleza, contra las culturas y contra la historia, es decir, destruyen la memoria colectiva de regiones, comarcas y pueblos. Es la agregación de esas batallas a escala planetaria las que en conjunto están agudizando la crisis ecológica y social global, y las que por acumulación nos llevan al colapso al atentar contra el equilibrio climático del sistema Tierra. Son, a su vez, actos de desesperación de una civilización cada vez más atrapada en sus propias limitantes y contradicciones.

En México tenemos 300 puntos que son escenarios de esos conflictos socioambientales estelares, es decir, hay 300 batallas en las que se juegan dos visiones del mundo. Una fincada en lo orgánico y lo solar, la otra en la máquina, el artefacto y lo mineral. Examinemos una de las más notables, la que se escenifica en la Sierra Norte de Puebla (ver video). Más de 200 comunidades nahuas y totonakús se han organizado para detener, enfrentar y expulsar mediante acciones civiles y legales los intentos del gobierno y las corporaciones en pleno contubernio para realizar proyectos que destruirán los territorios, sus naturalezas y sus culturas. Allá se busca implantar por todos los medios mineras, hidroeléctricas, pozos petroleros, gasoductos, fracturas hidraúlicas y poner al servicio de esos enclaves los ríos, arroyos y manantiales que hoy sirven a los pueblos y comunidades.

Se trata de un atentado contra la vida orgánica de la región, que a pesar de sus carencias y limitaciones mantiene aún un metabolismo armónico y delicado. La principal joya natural del paisaje de la Sierra Norte de Puebla es el Kuojtakiloyan, que en náhuatl o macegual significa monte útil o monte que produce. A primera vista parece un bosque secundario o una selva mediana, pero observado con detalle y analizadas su estructura y sus especies se revela que el Kuojtakiloyan es una creación biocultural, un invento que surge de la colaboración entre la Madre Naturaleza y los pueblos que han habitado estas tierras durante cientos, quizás miles de años. Este trabajo conjunto de reciprocidad entre las culturas y la naturaleza resulta no sólo del detallado conocimiento indígena, sino de su actitud de respeto y cooperación, una característica de las culturas originarias de México y del mundo. El Kuojtakiloyan es un ecosistema humanizado que imita la estructura más no la composición de selvas y bosques; es un diseño agroforestal original producto de una tecnología orgánica. Es, en fin, una naturaleza domesticada (no explotada) que ha sido posible porque los seres humanos se han dejado a su vez domesticar por la naturaleza.

Con el Kuojtakiloyan, los pueblos de la Sierra Norte han creado una estupenda fuente de alimento, medicinas, materiales para la construcción, energía, floricultura y materias primas diversas. El Kuojtakiloyan es despensa, botica, fuente de riquezas, pero también es un reservorio para la preservación de la biodiversidad y el equilibrio climático de la región y el abasto de agua. Tiene la enorme virtud de ser un paisaje que produce conservando y que conserva produciendo. En el Kuojtakiloyan se manejan unas 300 especies de plantas útiles: zapotes, aguacates, guajes, chalahuites, capulines, cítricos, plátanos y camotes. La herbolaria de la región es rica y variada, con 189 plantas medicinales que curan más de 100 enfermedades como anemia; bilis; calentura; diarrea; tos; dolores de cabeza, muelas, estómago o piernas; contracturas; heridas; torceduras; vómito, etc. De esta farmacia natural, los pueblos obtienen medicamentos prácticamente gratis. El Kuojtakiloyan es también rico en plantas melíferas y poliníferas (90), que son alimento para las pequeñas abejas sin aguijón (pisilnekemej). Estas abejas producen miel, polen, cera y propóleo que las familias cultivan y cosechan en ollas de barro y que se usan como alimento, medicina y pegamento o para elaborar productos para su venta como cremas, champús y medicamentos de gran valor económico. En el Kuojtakiloyan también hay bambú, de rápido crecimiento y enorme durabilidad y resistencia, con el cual se construyen casas, cabañas, instalaciones, auditorios y hasta hoteles. Además crecen y se reproducen unas 84 especies de hongos, de los cuales 40 son comestibles y forman, junto con los quelites, parte de la cocina tradicional de la región.

El Kuojtakiloyan, junto con la milpa y los pueblos, forman un complejo en permanente colaboración y reciprocidad, un valioso proyecto de vida que se debe defender con toda la fuerza, porque es el bastión que mantiene vivos a esos territorios. Las mineras, hidroeléctricas y pozos petroleros bajo la técnica del fracking son todos proyectos de muerte que vendrán a destruirlo. Se trata de batallas supremas, porque es en esas regiones donde se mantienen las claves para salir de la actual crisis de la civilización industrial. No hay soluciones modernas a la crisis de la modernidad. Todo debe reinventarse. Como dirían los zapatistas o Arturo Escobar, el mundo es un pluriverso, un mundo donde deben caber muchos mundos.