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El drama de los desaparecidos

El de Christian Téllez Padilla, uno de los cientos de casos pendientes en Veracruz

Policías se llevaron a mi hijo; cuando se reclamó nos trataron con la punta del pie

Son muchos los jóvenes desaparecidos; creo que es un perfil, dice la madre de una víctima

 
Periódico La Jornada
Martes 30 de agosto de 2016, p. 7

Se lo llevaron elementos de la policía intermunicipal de Poza Rica, Veracruz, en una patrulla pick up que circulaba junto con otra tipo sedán. Se lo llevaron en la batea, lo pusieron boca abajo, con las manos hacia atrás, relató María Eugenia Padilla García, madre de Christian Téllez Padilla, víctima de desaparición forzada cometida el 20 de octubre de 2010.

El joven, oriundo del Distrito Federal, era estudiante de ingeniería industrial y se fue a vivir a Veracruz con su esposa.

Cuando su nuera le habló para avisarle que unos policías se habían llevado a Christian, la única duda que tenía era por qué; quizá se había pasado un alto, pensó.

Horas después no lo hallaban por ningún lado. Obviamente el lugar posible era la propia sede de la policía intermunicipal, pero el coordinador de la corporación, Juan Carlos Novoa, jamás dio la cara.

En la Procuraduría de Justicia de Veracruz no investigaron nada; tampoco reconocían el caso como desaparición forzada.

“Cuando quisimos poner la denuncia (en la procuraduría estatal) nos dijeron que tenían que pasar 48 horas. Aquí le voy a dar el nombre de Guadalupe Peralta, que era la agente del Ministerio Público que debía atendernos. No nos quería integrar la averiguación, hasta que una policía federal la obligó.

“Luego nos trataron con la punta del pie. De plano nos dijeron: ‘regrésense al Distrito Federal, porque si se quedan los pueden desaparecer y matar’”, indicó María Eugenia Padilla.

Después de tocar muchas puertas, de buscarlo por sus propios medios y, por supuesto, de semanas y meses de dolor, la familia logró que el expediente pasara a la Procuraduría General de la República (PGR). Ahí, la historia de Christian está compilada como uno de los 189 expedientes a escala federal de personas desaparecidas en Veracruz.

La lista de casos atendidos por la PGR es larga: en un solo trimestre se anexaron, tan sólo de Veracruz, 19 averiguaciones.

“Pero en la Unidad de Búsqueda tampoco le dan tanto seguimiento; el caso más bien está congelado. El responsable de esa unidad nos dijo que no hay personal, los agentes están en curso y a otros los mandaron a Guerrero para apoyar otros casos.

“Se dice –agregó– que la procuradora (Arely Gómez) ya armó paquetes para mandar de vuelta los expedientes a los estados. Pero, ¿qué vamos a hacer? ¡Nos están poniendo en bandeja de plata con la delincuencia organizada!”

Reclamo de justicia

El 10 de mayo pasado, María Eugenia, integrante de la Plataforma de Víctimas de Desaparición Forzada, no festejó: marchó.

Portó una camiseta en la que se leía: Peña Nieto, ¿dónde está mi hijo? Se lo llevaron intermunicipales de Poza Rica.

Las autoridades, exige, “deben voltear a vernos, porque no nos ven por más gritos de auxilio que damos.

“Son muchos los jóvenes que han desaparecido; creo que es un perfil, no sé lo que esté sucediendo. Las autoridades buscan entre los muertos, pero deben hacerlo también entre los vivos. No es posible que se lleven a tanta gente sólo para matarla.

“Cuando esos policías se llevaron a mi hijo, a mí me mutilaron, me cortaron la cabeza; desmembraron a mi familia. No es que (los familiares) tengamos tanta fuerza, sino que nos va saliendo, porque esto es algo que nos mata lentamente. Nos vamos enfermando de una cosa o de otra. ¿Cuántos (familiares) han fallecido? Hubo una compañera que velaron afuera de la Secretaría de Gobernación: Margarita Santizo, madre de un policía federal desaparecido, estaba entera, pero con esto, a uno le da de todo. A otro compañero, Armando Palomo, le dio un paro cardiaco de un momento a otro, y tan fuerte que se veía.

“Esta situación en la que nos tienen es criminal. La madre de un desaparecido no festeja; pelea, busca, exige, pero las autoridades se vuelven sordas, ciegas y muy boconas.

“Ya no vive uno en paz. Mi otro hijo dijo que no iba a ir a terapia sicológica porque con ello ‘no voy a olvidar’. Yo le respondí que esto no es para olvidar, sino para aprender a vivir. Pero me replicó: ‘esto nunca lo vamos a olvidar. Ni aunque encontremos a Chris lo vamos a olvidar. Nunca más en tu vida, escúchalo, mamá: jamás volveremos a vivir en paz’.

Si la gente supiera cuántas puertas he tocado y cuántas patadas he recibido. Adonde llegamos nos revictimizan. Bueno, ahora no me dejo; cuando empecé en esto andaba sólo con mis hermanos, con mi otro hijo. Me sentía como veleta perdida en el océano, añadió María Eugenia.

Entonces empiezo a conocer gente que está en la misma situación que yo. Con ellos puedo hablar, llorar. Es la única forma de obtener fuerza, saber que no estamos solos, indicó.

En efecto, María Eugenia se ve fuerte, exige a la autoridad resultados, marcha, pertenece a diversas organizaciones y ha dejado todo para dedicarse a la búsqueda de su hijo, pero en cuanto habla de él se le quiebra la voz: Mi hijo era una persona con muchas ganas de vivir, sólo alcanza a decir.