Opinión
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Toda guerra es inmoral; más cuando se hereda
C

lausewitz reprobaría a Fox, Calderón y Peña por su pobre idea de lo que es la guerra y el conflicto en que nos metieron. Un día, desde Sinaloa, en enero de 2005, Fox externó su determinación de iniciar la madre de todas las guerras contra el narco. A días de iniciado su gobierno, Calderón declaró su propia guerra y se lanzó a un abismo de ignorancia, produciendo más de 70 mil muertes directas, según Gobernación.

El gobierno peñista continuó las torpezas políticas y operativas, con lo que comprometió de manera lamentable el último recurso para preservar a la nación, que es el disponer de la fuerza armada permanente (sic) según la Constitución. No supo regresar los ejércitos a sus cuarteles. Todo lo contrario, hoy están más comprometidos y sin esperanza de relevo. Llevó al país hasta un peligro extremo muy complicado.

Esa parodia de guerra sufre del vacío de base constitucional y legal, de falta de diseño político, coordinación entre ejércitos y policías, de previsión de consecuencias y de cálculo de los costos humanos, materiales y financieros incurridos, que arteramente se han ocultado. Fox y Calderón, al emplear públicamente el término guerra, violaron la Constitución por decidirla sin una previa ley del Congreso de la Unión, según prescribe su artículo 89, fracción VIII.

En su estrechez no concibieron más que la forma combatiente del concepto. Ignoraron el recurso de ejercer la política exterior en defensa del país, como prescribe la Carta Magna en el artículo 89, fracción VI. Nunca calcularon las profundas consecuencias de una acción exclusiva policiaca/militar, heredando una tragedia. No se atrevieron a plantear el factor esencial del problema: Estados Unidos. No se atrevieron a declarar que no estábamos dispuestos a desangrar más al país en protección de sus intereses políticos, de salud, económicos o su simple vesania.

El haber desatado y sostenido una llamada guerra, como uso arbitrario del poder, hoy lleva irremediablemente a reflexionar en los alcances de la figura de comandante supremo de las fuerzas armadas descrita por las leyes orgánicas del Ejército y la Fuerza Aérea mexicanos, y de la Armada de México. Ahí se atribuyen al presidente condiciones de supremacía en el mando militar suficiente para empinar al país. Hoy cabe cuestionar hasta dónde llega esa supremacía. ¿Puede ser una concepción integrista o debe estar sujeta a ciertos controles de constitucionalidad o parlamentarios? Tal vez esos excesos anuncian el fin de ese presidencialismo desbordado y son vislumbres del sistema semipresidencialista del que se ha hablado recurrentemente.

Las acciones en busca de la paz pública, del tan sobado estado de derecho, han fracasado. Es también verdad que Peña Nieto recibió una herencia muy viciada, un arrastre deformado por décadas, muy propio de los tiempos en que toda algarada la resolvía el Ejército. Décadas en las que no se hizo una prospección estratégica. Nunca se dedujo adónde iríamos en el devenir del tiempo. Hoy los tiempos aprietan al gobierno y veremos lo que en futbol se llama congelar la bola, en espera ansiada del silbatazo. ¿Qué opinará para entonces la Casa Blanca que haya surgido en noviembre?

Como se quisiera llamar a lo que llamaron guerra, esta grave alteración de la paz pública no resiste más. Avanza cada día. Un día se llamó guerra a las drogas, hoy esa forma de violencia de alcances de difícil predicción implica ya la violencia social, la criminalización paulatina de la vida pública. Amenaza ser una fractalización, o sea, que el actual deterioro sociopolítico de ciertas partes del país pudieran extenderse como una metástasis. Tarea de políticos serios, de académicos creativos, de militares experimentados y de libres analistas sería ayudar a formular alguna respuesta a tan destructiva situación. Es imposible seguir por esta errada ruta de más de 40 años.

Se han firmado tratados y convenciones diplomáticas a lo largo de esos años y no pasó nada. Hay una ruta: el enfoque de salud por la educación para la prevención y el tratamiento de adicciones; de controles a tráficos de armas y de dinero, de la despenalización de determinadas conductas vinculadas a la droga y una fortalecida corresponsabilidad internacional. Por supuesto queda especificar los objetivos, someterlos a programas y ejecutarlos.

Las guerras, como las tipificaron Fox y Calderón y la siguió Peña, nunca rindieron resultados ni escasamente razonables. Hay una profunda inmoralidad en continuarlas y si se pierde el juicio, más inmoral será heredarla y seguir por ese camino, cuando lo imposible está advertido. Alguien debiera conocer la clase de caos con que terminará esta situación en diciembre de 2018 y su proyección. No es aventurado decir que puede ser la herencia más funesta. ¿Qué pensarán los delfines, a los que sólo importan los espacios lisonjeros en los medios?