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Presupuesto 2017 y el costo de la ignorancia
E

l secretario de Hacienda y Crédito Público entregó en septiembre el paquete económico a la Cámara de Diputados con la aclaración de que se trataba de una propuesta responsable con la que se están enviando señales de certidumbre. La reacción de los científicos del país no se hizo esperar. No era para menos, pues en el proyecto de presupuesto para 2017 el gasto total para ciencia, tecnología e innovación presenta una reducción general de casi 10 por ciento, y los recursos para el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) tendrían un decremento de 23.3 por ciento también en términos reales respecto de 2016. Organizaciones científicas como la Academia Mexicana de Ciencias, el Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República y el Foro Consultivo Científico y Tecnológico, expresaron casi de inmediato su preocupación por el ajuste propuesto, pues frena y pone en riesgo el desarrollo científico del país. De igual modo, distintas personalidades científicas, entre ellas un grupo de 74 premios Nacionales de Ciencia han expresado su descontento y rechazo por el recorte.

Antes de aprobarlo, los diputados tienen la facultad de hacer modificaciones en el proyecto de presupuesto, aunque para realizarlas tienen como factor limitante a la Ley de Ingresos. En otras palabras, si se quiere evitar el recorte a ciencia o a otras áreas del quehacer nacional, se tiene que responder a la pregunta: ¿de dónde saldrían los recursos que permitan revertir el ajuste? Los diputados llevan varias semanas revisando con lupa la Ley de Ingresos para ver qué posibilidades encuentran.

Por otra parte, ocurrió un cambio importante en la Comisión de Ciencia y Tecnología de la Cámara de Diputados. Su presidente, Bernardo Quezada Salas, quien había estado involucrado en un tema de compra de propiedades en Miami, pidió licencia por tiempo indefinido, y ahora ocupa su lugar su correligionario del Partido Nueva Alianza Carlos Gutiérrez García. Con un nuevo presidente, a esta comisión corresponde defender los recursos para estas actividades. Todos sus integrantes están convencidos de ello, e incluso muchos diputados que no forman parte de ese órgano legislativo, pues en ocasiones anteriores al margen de las diferencias ideológicas han dado su voto en favor de la ciencia.

No obstante, nunca fue más cierta la metáfora de la cobija, en la que todos jalan para su lado, dejando a otros destapados. No habrá dinero para muchas cosas, en agricultura, comunicaciones energía, en la Ciudad de México, en todas partes faltará el dinero, aunque en opinión de algunos, hay quienes tienen de más.

Todo este estire, afloje y pleitos crean una situación engañosa, son una trampa, pues la verdadera pregunta debería ser: ¿cómo demonios llegamos a este punto? Pero sea por la responsabilidad de factores externos como la caída de los precios del petróleo, o por factores internos como un excesivo endeudamiento –para poner algunos ejemplos– el hecho es que nuestro país muestra una gran vulnerabilidad económica que se manifiesta hoy en el recorte al gasto público y el sacrificio de una multitud de tareas indispensables para el presente y futuro del país.

Adicionalmente, en este ajuste es muy difícil percibir en varios casos alguna racionalidad, pues desde el ángulo de las actividades científicas no es posible entender por qué el Conacyt es, dentro de todos los organismos de la administración pública federal, uno de los más castigados. De este consejo dependen no pocos centros de investigación, la mayoría ubicados en entidades de la República, lo que daña el proceso de descentralización y el fortalecimiento de las capacidades regionales. También se daña la formación de recursos humanos a escala nacional y el apoyo a proyectos de investigación, es decir, en el proyecto de presupuesto se prevé un retroceso que arruinaría la marcha cotidiana de la investigación cientítica en nuestro país.

En estos días he recordado una conversación que tuve hace varios años con el ya desaparecido fisiólogo mexicano Hugo Aréchiga Urtuzuastegui, quien insistía en que habría que considerar lo que él llamaba el costo de la ignorancia, Aréchiga sostenía que era más costoso no invertir en ciencia que hacerlo, y los ejemplos abundan. Uno muy reciente es el precio de las medicinas. Entre las enfermedades que son las principales causas de incapacidad y muerte en nuestro país se encuentran las cardiovasculares.

El precio de los medicamentos va en aumento por la inestabilidad del tipo de cambio del peso frente al dólar, como en el caso de los fármacos para controlar la hipertensión arterial. Estos medicamentos son carísimos, inaccesibles para la mayoría de la población y como ya se ha anunciado, aumentarán si continúa la depreciación de nuestra moneda. Aún con los genéricos, el costo para nuestras instituciones es y será muy alto. Si se impulsaran los proyectos científicos para crear nuevos fármacos en México, el país podría detener la sangría de recursos y también ayudar a resolver graves problemas de salud pública… Tenía razón Hugo, sin duda, son más altos los costos de la ignorancia.