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Hillary Clinton y Michelle Obama: cartas demócratas
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l pasado 13 de octubre, en Nueva Hampshire, Michelle Obama pronunció un discurso que fue antes que nada una denuncia de las indecencias del candidato republicano, Donald Trump, contra las mujeres. Su vehemencia dio una fuerza notable a sus ideas, galvanizó la sinceridad de sus palabras y de sus sentimientos, y puso al descubierto el potencial de una primera dama que sin muchos aspavientos se ha colocado como una figura política por sus propios méritos. Su argumento central contra el republicano es que hay que defender a las generaciones futuras del tratamiento humillante del que Trump se ufana, y que por siglos han sufrido las mujeres por parte de los hombres que no ven en ellas más que un objeto de placer o de burla que está a su servicio. El triunfo republicano en la elección de noviembre legitimaría el regreso de las actitudes más primarias contra las mujeres, la categorización a partir de su físico, la descalificación de su intelecto, el abuso de su vulnerabilidad, la discriminación, y todo aquello que ha sido utilizado para compensar las limitaciones del macho, ese pobre hombre cuyo conspicuo representante hoy es Trump, pero bien sabemos que es un tipo universal que circula sin vergüenza por el mundo.

Intolerable y vergonzoso llamó Michelle Obama el hecho de que uno de los candidatos a dirigir el país más poderoso del mundo sea Trump, quien como presidente sería de manera inevitable un modelo para muchos, que verían en el personaje un aval de sus actitudes negativas hacia las mujeres. Y no sólo en Estados Unidos. En el resto del mundo también. Pensemos en México, donde incluso en medios supuestamente ilustrados, hombres supuestamente educados se comportan como Trump, de manera igualmente intolerable y vergonzosa, y peor, con las mujeres que son, por ejemplo, sus colegas de trabajo.

La principal debilidad de Hillary Clinton, según sus asesores más cercanos, es que no le cae bien a nadie. En cambio, en sus ocho años en la Casa Blanca, Michelle Obama se ganó la buena voluntad de muchos que inicialmente apenas se fijaron en ella. Sin embargo, como primera dama ha mostrado simpatía, sangre liviana, apoyo a su marido, dedicación a sus hijas, inteligencia, disciplina, compasión, y una larga lista de virtudes, sin olvidar la gimnasia, que le ha asegurado brazos firmes. Entre quienes rechazan a Hillary algunos niegan ser misóginos, y sostienen que su oposición nada tiene que ver con el hecho de que sea mujer, sino que no le tienen confianza porque ha mentido de manera sistemática respecto a la Fundación Clinton, los donantes a su campaña, los mensajes electrónicos desde el Departamento de Estado o sus relaciones con los grandes banqueros internacionales. También le reprochan su política exterior, que es más un halcón agresivo que una paloma pacificadora, los errores que cometió en Libia. Mientras Michelle Obama irradia calor humano, Hillary es vista como una mujer dura que no hace concesiones al prójimo, aunque es probable que sea igualmente exigente consigo misma.

La regla con que se mide a Hillary no es la misma que se aplica a Trump: nadie sabe cómo son sus tobillos, nadie se refiere a la curva de su vientre, se le perdonan todas sus mentiras (bien probadas) y sus exageraciones, su ignorancia y sus repetidas majaderías. Una de las recientes grandes injusticias contra Hillary Clinton ha sido que Trump haya utilizado la infidelidad de su marido para fastidiarla, y no deja de ser una ironía que precisamente ese mismo episodio, que en su momento le valió gran popularidad porque adoptó una actitud resignada, como se espera de las mujeres tradicionales, ahora sea un flanco de ataque y un obstáculo en su campaña. He de decir que la manera en que Hillary mantuvo la sangre fría durante el segundo debate, y pese a las agresiones de su contrincante supo imponerse y responder a las preguntas sustantivas que se le hicieron en forma precisa e informada, aumentó mi admiración por ella. Michelle Obama muestra una seguridad en sí misma que también es reflejo de su buena relación conyugal y prueba de la fuerza que deriva una pareja del apoyo mutuo.

La campaña presidencial que se desarrolla hoy en Estados Unidos ha sido excepcional. Ha puesto en evidencia mucho más que la disputa por el poder. Es una oportunidad para reflexionar acerca de temas más generales; por ejemplo, la actitud de los hombres hacia las mujeres, en particular de aquellos cuya posición social los obliga a actuar con respeto e inteligencia. Pensemos en los miembros de instituciones de élite que se comportan en forma cavernaria, que maltratan a las mujeres porque sí, porque pueden, y que lo único que revelan es que no deberían estar donde están.