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Trump The Nasty y sus creadores
D

e Trump he dicho dos cosas citándolo a él y a su biógrafo. En El arte de negociar (The art of Deal) aclaraba socarronamente: Tienen que entender de donde vengo. Aun cuando hay personas honorables en el negocio de bienes raíces, estaba más acostumbrado con ese tipo de personas con quienes no quieres gastar el esfuerzo de un apretón de manos porque sabes que no tiene sentido.

Tony Schwartz, el escritor fantasma de la biografía de Trump, lo pinta de cuerpo entero: Más que cualquiera otra persona, Trump tiene la habilidad de convencerse que cualquier cosa que diga en cualquier momento es verdadera, o más o menos verdadera o al menos debería ser verdadera.

Cuando en el primer debate Hillary conjetura sobre las razones por las que Trump no entrega sus declaraciones fiscales, dice que no las enseña porque no ha pagado impuestos y el bribón le contesta: Eso me hace un listo. En el último debate, cuando Hillary señala lo que implica en términos de financiamiento del sistema de pensiones, el que Trump no pague impuestos, éste montando en cólera sólo alcanza a proferir su enésimo insulto: Esta mujer es asquerosa (nasty).

En sentido estricto Trump es la consecuencia de tres tipos de procesos sociales. Dos de ellos vinculados con el mundo de las ideas, y uno mas con el impacto de transformaciones socioculturales vertiginosas en ámbitos geográficos aislados y hasta cierto punto estáticos.

Ahora que parte del establishment republicano trata desesperadamente de distanciarse de Trump y lo que parece ser un aparatoso derrumbe, es necesario recordar que el fenómeno Trump lo prohijó y engendró el propio establishment republicano. El humus cultural desde donde se cultivaron la intolerancia, el nativismo, el ambiente conspiratorio, cuando no las declaraciones extravagantes, fue el Te Party o Partido del Té promovido por parte del establishment republicano y los más conspicuos financiadores de las campañas de este partido.

La campaña desde donde se lanzó la candidatura de Trump y que ponía en duda si el presidente Obama había realmente nacido en Estados Unidos fue prohijada por ese mismo establishment, mientras los dos líderes republicanos de las cámaras legislativas se entretenían en pudibundas meditaciones y silencios.

Curiosamente ha sido común a esos estratos de pudientes reaccionarios fantasear que de vez en cuando se pueden dar el lujo de darle cuerda a su payaso racista para contener a los rojos, los liberales y los progresistas –según el momento histórico. La historia por cierto demuestra que esos supuestos payasos, o para usar el lenguaje del tercer debate, que esos títeres termina por devorar a sus titiriteros.

En un libro que parece ser excepcional, como lo es su autor Mark Lilla, intitulado The Shipwrecked Mind (traducción literal La mente náufraga) presenta una condensada discusión sobre los reaccionarios, diferentes a los conservadores, según Lilla, en que pueden ser tan radicales como los revolucionarios, pero están inspirados por ideas y miedos apocalípticos que presagian épocas negras y terribles. La historia de los reaccionarios empieza con un mundo feliz bien ordenado donde todos sabían su lugar y vivían en armonía gracias a las tradiciones y desde luego a Dios. Pero después los intelectuales –profesores, periodistas y escritores– impugnan esa armonía, les meten ideas exóticas a las elites y se empieza a romper esa armonía. Esta es la línea argumental, según Lillo que trasmiten a sus hijos ideológicos lo mismo islamistas radicales, nacionalistas europeos y la derecha estadunidense. Son los guardianes del viejo feliz orden.

Esa es la versión plebeya de los reaccionarios.

Pero hay otra versión, la versión mirreya a la que me referiré en mi próxima entrega.

Ambas están vinculadas con la Universidad de Chicago y una gran red de centros de producción intelectual.

Estas ideas alimentaron a Trump, el asqueroso.

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