19 de noviembre de 2016     Número 110

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada
 
La puerta del viento
Voces desde la montaña

Según data la historia, a nosotros nos mandaron a los cerros, a las partes altas y quebradas porque los poderosos ambicionaban las tierras de labor que están allá abajo.
Pero ahora resulta que la riqueza buena se encuentra aquí mero, en las montañas a donde nos aventaron.
Entonces me pongo a pensar: ¿por qué tenemos tanta migración? ¿Por qué tanta?
Y luego malpienso: ¿no será una táctica del gobierno y de los ricos para otra vez echarnos fuera? ¿No será que nos quieren sacar de aquí, a donde nos enviaron hace años, para quitarnos también esta riqueza?

Enan Eduardo

Hay en Oaxaca algunas buenas empresas silvícolas comunales como la de Macuiltianguis, la de Capulalpan y otras más. Y es que los frondosos bosques de la entidad federativa son en su mayor parte de los pueblos y es justo que ellos los aprovechen. Pero no siempre fue así, por muchos años los explotaron empresas privadas o paraestatales y fueron necesarias fuertes luchas para recuperarlos. Hoy, cundo los pueblos de todo el país defienden sus territorios y bienes comunes de los que quieren despojarlos las grandes corporaciones apoyadas por el gobierno, puede ser aleccionador contar la historia de los que entonces triunfaron y también de los que por un rato fueron engañados.

A pesar de que los montes de Oaxaca son mayormente comunales, desde 1954 se formó ahí la empresa paraestatal Fábricas de Papel Tuxtepec (Fapatux), la primera que, desde 1958, produjo papel periódico en México. De inmediato el gobierno le concesionó por 25 años los bosques de la Sierra Juárez y de Miahuatlán. Política que se aplicó también en otras regiones silvícolas indígenas como la sierra Tarahumara. El argumento era que las comunidades sólo empleaban los bosques y selvas para cazar, recolectar frutos o plantas, sacar madera para leña o para hacer morillos, muebles rústicos o aperos de labranza, y que no tenían la capacidad técnica y económica necesarias para organizar en mayor escala la extracción e industrialización de la madera.

El gobierno debió haber apoyado a las comunidades dueñas del bosque para que adquirieran las capacidades que no tenían, pero en vez de eso le abrió paso a los grandes empresarios para que lucraran y en muchos casos destruyeran una riqueza que era de la gente. Y para mayor seguridad les dio concesiones de exclusividad hasta por 25 años. De modo que no sólo se forzaba a las comunidades a vender su madera, también tenían que hacerlo a la empresa que tenía la concesión.

Así ocurría con Fapatux, que siendo del Estado era tanto o más explotadora que las privadas. Y así siguió hasta 1966, cuando los comuneros de Macuiltianguis se inconformaron con el precio que pagaba la paraestatal por la madera y por los bajos salarios que recibían los trabajadores que se empleaban en la tumba y el arrastre, y en protesta no dejaron que salieran más trozas de sus montes. Los de Macuil prendieron la mecha de modo que, para fines de los años 60’s, 14 comunidades serranas los siguieron, con lo que el corte quedó prácticamente suspendido en toda la Sierra Juárez y la empresa se quedó sin materia prima.

Esa primera vez los comuneros no se pudieron sostener y Fapatux entró de nuevo a los montes. Pero para 1972 se reanudó la lucha, a la que se sumaron alrededor de 15 mil serranos de una docena de poblados que por varias semanas impidieron que saliera madera de los bosques. Las demandas eran modestas: que la madera se pagara a 60 pesos metro cúbico, y no a 35, que aumentaran los salarios de los cortadores y que se cumpliera el compromiso de conservar los caminos, poner escuelas y llevar médicos. Pero en el fondo lo que se buscaba es que los propios dueños del bosque pudieran aprovecharlo más integralmente que antes.

El movimiento oaxaqueño fue exitoso y por los mismos años se desataron en otras regiones luchas de las comunidades en defensa de sus bosques. Tal es el caso de Milpa Alta, en el sur del Distrito Federal, y de San Pedro Nexapa, Estado de México, donde el movimiento fue reprimido con la intervención del ejército. Pero los esfuerzos de los pueblos no fueron en vano y desde entonces comenzaron a crearse empresas para el aprovechamiento colectivo de sus recursos silvícolas. En la Sierra Juárez los primeros aserraderos comunales se establecieron en 1973.

No a todas las comunidades de la Sierra Juárez llegó el movimiento contra Fapatux y algunas apenas se enteraron. Es el caso de los pueblos ubicados en la transición en los valles costeros de Tehuantepec y la Sierra Mixe, entre ellos los zapotecos de Santiago Lachiguiri y Santa María Guienagati, a cuyos bosques había entrado una empresa privada.

En 1965 el italiano Eugenio Grassetto fundó la empresa Silvícola Magdalena y comenzó a contratar bosques con particulares y con comunidades de los municipios de Yólox, Quiotepec, Tepeusila y San Pedro Sochiapam. Para fines de la década la maderera trató de entrar entre otras a Guevea de Humboldt, Santo Domingo Petapa y las ya mencionadas Santiago Lachiguiri y Santa María Guienagati, buscando controlar varios predios que le permitieran integrar una Unidad de Ordenación Forestal que alimentaría un gran aserradero: Industria Maderera del Istmo, que estableció en Lachivizá.

A Lachiguiri la empresa llegó por medio del alcalde y a Guienagati por el Comisario de bienes comunales, pero sobre todo mediante las influencias del diputado por el PRI Roberto Nacif, miembro de una de las familias más poderosas de la región y socio del hombre fuerte local Ernesto Domínguez.

Y llegó dividiendo: algunos comuneros temían que, de entrar, la Silvícola los esclavizaría peor que los caciques y que por la carretera que se haría ingresarían muchos males; otros, al contrario, pensaban que con el camino terminaría su aislamiento y que la producción maderera traería empleo y bonanza.

Finalmente la compañía prometió que a cambio de la madera construiría el camino a Ixtepec, que les entregaría un autobús de pasajeros para servicio de las comunidades y daría empleo en el corte. Y después de mucho discutir, las asambleas aceptaron el ofrecimiento, porque realmente sufrían mucho por su aislamiento y porque su pobreza era grande.

Pero pronto se desengañaron. Desde 1971, en que se inició la extracción, hubo problemas: los italianos no terminaban el camino prometido, en cambio abrían brechas en el monte para sacar madera de terrenos distintos de los convenidos.

A pesar de lo inicuo del trato con las comunidades y del saqueo desmedido de los bosques, la empresa empezó a tener problemas económicos, entre otras cosas porque el gran aserrío rebasaba la capacidad de abastecimiento de madera de la región. De modo que en 1974 Grassetto vendió la empresa silvícola y el aserradero a Fapatux.

Desde 1970 la paraestatal había emprendido un ambicioso proyecto de expansión, que posiblemente la rebelión serrana encabezada por Macuiltianguis dificultó, lo que explicaría que decidiera extenderse a territorios marginales, como los que explotaba la Magdalena. Sin embargo, para 1976, fecha en que terminaban los contratos que había firmado Grassetto con las comunidades y que ahora tenía Fapatux, la paraestatal ya no intentó renovarlos y se retiró.

Y los comuneros de Guienagati y Lachiguiri hicieron cuentas.

Primero la Magdalena y luego Fapatux tumbaban parejo. Porque, como la querían para celulosa, les servía cualquier clase de madera, sobre todo de pino. En cambio, nunca reforestaron debidamente, apenas sembraron algunos arbolitos por El Porvenir y El Mirador.

Tampoco lo del empleo fue tan cierto, porque la empresa traía a sus propios cortadores familiarizados con las motosierras y a los comuneros locales les dejaban el acarreo que es un trabajo más duro, mal pagado y con turnos de casi 12 horas.

El camino se hizo, claro está, porque lo necesitaban para sacar la madera. Pero se construyó mal y a cada rato tienen que hacer tequio para componerlo.

Concluyo esto citando en extenso el balance que sobre su experiencia con las madereras hicieron en 2007 los comuneros de Guienagati y Lachiguiri, y que puede leerse en el libro Puerta del viento, que Rosario Cobo y yo, como integrantes del Instituto Maya, les ayudamos a redactar, y del que vienen estos apuntes.

Cambiar nuestros bosques por el camino fue un mal negocio. Sin darnos cuenta de la grandísima importancia que el bosque tiene para la subsistencia de nosotros y de nuestros hijos, a principios de los años 70’s los comuneros de Guienagati, los de Lachiguiri, los de Gevea y de otros municipios serranos, descubrimos de pronto que los montes en que siempre habíamos vivido y que en apariencia sólo servían para sacar leña, morillos y algún venado, conejo o tlacuache, en realidad tenían mucho valor comercial y había grandes compañías interesadas en explotarlos.

Y como por entonces casi no se usaba el dinero y más bien se acostumbraba el trueque, no pensamos en el precio al que íbamos a vender nuestra madera sino en las cosas que podíamos conseguir a cambio de permitir que se la llevaran.

En el fondo lo que decidimos entonces fue un trueque: el bosque a cambio del camino.

Hoy nos damos cuenta de que hicimos un mal cálculo y un mal negocio, pues la destrucción de la naturaleza no se paga con nada. Y en todo caso el valor comercial de la madera que se llevaron era mucho mayor que el de unos cuantos caminos de terracería mal hechos, que de cualquier modo ellos necesitaban abrir para poder sacar las trozas, además de un triste autobús de pasajeros que nomás duro unos años.

Pero lo peor de todo es que a algunos se les hizo maña ver al bosque como un patrimonio inagotable del que se podía obtener dinero fácil sin necesidad de trabajar ni de invertir.

Así, cuando se fueron las silvícolas y dejaron los caminos que entraban a las zonas arboladas, no faltaron comuneros que sacaran madera ilegal, para venderla, o autoridades que recibieran dinero de talamontes para hacerse de la vista gorda y dejarlos cortar clandestinamente.

“Si cortan las compañías, que no son de aquí –pensaban– por qué no vamos a cortar nosotros, que somos los meros dueños”.

Y el bosque se fue acabando. Al principio pocos nos dábamos cuenta de la destrucción. Pero las familias que tenían que hacer casa sí veían que los pinos grandes había que traerlos cada vez de más lejos.

Luego dejó de llover bien. Antes el temporal era seguro, mientras que ahora con frecuencia se retrasa y a veces ya establecidas las lluvias se vienen secas largas y se pierde la siembra.

En otras épocas los ríos traían buen caudal casi todo el año y abundancia de peces, en cambio ahora para mayo o junio escasea el agua y ya no se ven truchas ni mojarras.

El ganado se malpasa pues de por sí en secas lo sacamos del bajo, donde lo tenemos para la parición, para llevarlo a las partes altas y húmedas donde hay forraje todo el tiempo. Pero ahora cada vez hay que subir más la montaña para encontrar buen pasto. La sequedad fuerte se vino de 1986 en adelante y empezando el nuevo siglo se secaron los aguajes, lo que ocasionó mortandad en el ganado.

El clima ha cambiado bastante. Ahora es más seco y caluroso porque el monte refresca y de a poquito nos lo hemos ido terminando.

Por la sequía y la pérdida de fertilidad, las siembras de las zonas bajas, que llamamos de tierra caliente, son cada vez más inseguras y con menos cosecha, de modo que dependemos más de los trabajaderos de montaña, donde todavía hay buena humedad y donde la siembra nunca se pierde. Pero las tierras altas también son pobres y no se pueden cultivar año tras año pues hay que dejarlas descansar. Así que cada vez hacemos más desmonte.

Cada vez hay más rastrojos y potreros. Y cada vez quedan menos árboles grandes y menos bosque natural.

Lo mismo pasa con el ganado, que se extendió bastante en la región porque el Fondo regional del Instituto Nacional Indigenista daba créditos para eso. El problema es que por acá no hay tierras adecuadas para la ganadería y el sostenimiento de las reses depende mucho de los potreros de montaña.

Siempre hemos tenido trabajaderos en tierra caliente y en las tierras altas, pero en los últimos tiempos cada día jalamos más para el monte porque en tierra caliente hay sequía y el agua hay que ir a buscarla más arriba. Pero conforme más nos adentramos en la montaña más se acaba el bosque, menos llueve en la región y peor se pone la sequedad. Es como el que se rasca porque tiene comezón y solo consigue que le aumente el picor.

Y lo peor de todo es que el bosque se va a terminar. Ya se le empieza a ver el fin.

Porque no sólo son los árboles que cortamos para meter milpas y potreros en el monte, son también los incendios incontrolados que ocasionamos cuando metemos fuego para sembrar la milpa y para que rebrote el pasto en los potreros. Y los incendios por descuido o espontáneos son más numerosos cuanto mayor es la sequedad. Y la sequedad empeora conforme se acaban lo árboles. O sea que es como un círculo vicioso. Y de algún modo lo tenemos que romper…

Hace diez años los comuneros zapotecos de Lachiguiri y Guienagati se hicieron el propósito de romper el círculo vicioso, entre otras cosas protegiendo el Cerro de las Flores, que comparten. Pero el problema de la destrucción del medio ambiente no lo pueden resolver ellos solos. Es tarea de todos: de los urbanos y de los rurales.

Atendamos a las palabras con que nos despide Enan Eduardo:

No se vale que el esfuerzo de los comuneros por cuidar el bosque solo beneficie a las grandes empresas del Istmo, que ensucian el aire y el agua que nosotros les enviamos limpios.

Aquí, en el monte, trabajamos duro para cuidar los nacederos de agua y los ríos que van hasta Tehuantepec y hasta Coatzacoalcos. Trabajamos bastante para que sobre las montañas siempre haya nubes y el Cerro de las Flores siga siendo la puerta del viento.

Y lo hacemos con gusto porque nos damos cuenta de que toda el agua fresca y el aire limpio que llegan a los valles vienen de acá.

Nosotros lo sabemos. Ahora hace falta que también los que viven en las ciudades se den cuenta de lo que cuestan el aire y el agua. Para que también ellos pongan su parte.

¡TRUMP!

El mundo no era bonito pero después del martes 8 de noviembre es un poco más feo.

Lo ocurrido en Estados Unidos hace pensar que la confrontación entre derecha e izquierda se da cada vez más en el marco de la oposición al neoliberalismo. De modo que si bien quizá Sanders no le hubiera ganado a Trump, de haber sido la elección entre ellos dos, la disyuntiva hubiera sido más clara.

La buena noticia es que, en este dilema, la experiencia del Cono Sur Americano muestra que hay una alternativa viable de izquierda al capitalismo canalla, mientras que el populismo de derecha es un callejón sin salida.

La mala es que, de momento, todos vamos a sufrir.

 
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