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El tiempo de Ayotzinapa
 
Periódico La Jornada
Domingo 15 de enero de 2017, p. 3

Diez lugares donde se dan ataques con armas de fuego o violencia. Dos autobuses: uno a la salida de la ciudad, otro de la caravana de tres que no pudieron hacerlo, de donde hay 43 detenidos desaparecidos. Un herido grave en estado vegetativo y dos heridos graves, en el brazo y la mano, en la ratonera en que se convirtió la calle Juan N. Álvarez. Dos estudiantes más muertos en el mismo lugar unas horas después, cuando estaban dando una conferencia de prensa, y varios heridos graves entre quienes fueron a ayudarles. Otros tres muertos en las afueras de la ciudad en el ataque al autobús del equipo de futbol de Los Avispones, y varios heridos graves del equipo. Dos bloqueos en la carretera esa noche hasta bien entrada la madrugada, y hasta una distancia de 80 kilómetros, en Mezcala, camino a Chilpo. Un normalista asesinado en medio de brutales torturas y el rostro arrancado. Sin embargo, cuando vamos preguntando por los procesos, en lugar de que se investigue como un todo, porque son hechos que se dieron juntos o conexos, el caso parece un muñeco desmembrado.

Los asesinatos son delitos del llamado fuero común. O sea, que se juzgan en Guerrero. Los desaparecidos fueron atraídos al fuero federal, así que se juzgan donde la  PGR quiera, en cualquier parte del país. No sabemos por qué, pero somos informados de que quiso que fuera lo más lejos posible, al norte del país. Ese lugar se llama Tamaulipas, un lugar que desde hace años el Departamento de Estado de Estados Unidos mete en la lista de lugares peligrosos, aconsejando a los ciudadanos estadunidenses que no viajen allí porque está controlado por los sanguinarios Zetas. Los detenidos están en cárceles en otros cuatro estados, la mayoría en Nayarit. O sea, del Atlántico de Tamaulipas, donde se juzga, al Pacífico de Nayarit, que es conocido por sus playas y por esta macrocárcel de máxima seguridad. Ahí los acusados que entrevistamos sólo han podido ver a sus defensores a través de Skype. Hay varios juzgados para investigar estos hechos, pero por el camino se pierden algunos delitos que no se investigan, como la tortura a Julio César, las lesiones de los heridos, los ataques contra la vida de los sobrevivientes, la obstrucción a la justicia. 

Ángela, como buena fiscal, siempre tiene un concepto jurídico para el sentido común que parece aquí roto en pedazos. La teoría de la mismidad dice que lo que nació junto no debe separarse, y esta historia sólo puede comprenderse si contemplamos el conjunto de los hechos. El nivel de la acción permite ver la fuerza, coordinación y mando que se requieren para un operativo así, que duró al menos cinco horas. La mismidad también enseña que hay muchas responsabilidades.

***

–El que suelte la lengua, se pierde.

Así habla Margarito del miedo. Él, que es papá de uno de los normalistas, fue también desaparecido durante mes y medio, en los años 80, cuando había sido reclutado para un trabajo en Chihuahua, en la finca El Búfalo, y aquello resultó una encerrona de narcoterratenientes donde trabajó de esclavo.

El miedo es un habitante omnipresente en Iguala y las ciudades cercanas que esconden los secretos de este caso. Un testigo señala cómo su primo estaba en el 27 Batallón esa noche, y ya se sabía que había desmadre con los estudiantes de Ayotzinapa en el tiempo en que los ataques estaban sucediendo. Un detenido dice el nombre de quien estuvo en su tortura, un cargo importante en la estructura de la PGR. Un policía quiere hablar, pero, cuando llegamos, la ola de las ganas pasó y se retiró al silencio. Hubo quienes vieron que el día 27 en el basurero de Cocula no había nada raro, no había ningún signo de fuego como se contó en la historia oficial. Nos dieron su testimonio, pero están en peligro. Cuando investigas un caso, hay ciertos mandamientos. El primero es que la persona no sea de nuevo victimizada por hablar. El segundo, que, si no puedes ayudar, al menos no hagas daño. Por eso parte de la información, especialmente sobre testigos, tiene que manejarse reservada.

El miedo habita también las cárceles. Cuando hablamos con algunos inculpados, el miedo por su familia viene de las amenazas que ya han sufrido, y nos cuentan cómo un miembro de la Seido se ha presentado en la prisión a hablar con ellos y a ofrecerles condenas cortas y protección a la familia si admiten los hechos que ya firmaron en sus declaraciones. Te  lo puedes creer o no. Habría que revisar las listas y las grabaciones de las entradas en prisión.

El miedo vive con aquel testigo que fue a preguntar a la comandancia por los jóvenes detenidos; con esos heridos que viven con las secuelas de los disparos en su cuerpo y no han querido ni siquiera que les reconozcan como víctimas, para tratar de pasar desapercibidos. El miedo hace que se cambien declaraciones de testigos sin que nadie les pregunte por qué lo hacen. Uno de los conductores de los buses donde hay desaparecidos había ya declarado que había sido detenido y llevado a una casa de dos pisos de color blanco con un portón negro, delante de un hombre fornido que les dijo a los policías:

–¿Quién es éste? 

–Es el chofer de uno de los buses.

–Ya sabes lo que tienes que hacer con él. 

Después, antes de irse, volvió hacia atrás y les dijo: 

–Suéltenlo.

Al leer aquellas palabras de su declaración, nos quedamos con la boca abierta, no sólo por lo que se revelaba, sino por lo que no se le preguntaba. Nadie exploró esos datos, ni se inquietó por lo que suponían. En realidad, a aquel chofer, testigo en primera fila de la noche de Iguala, nadie lo había entrevistado antes. Vamos más atrás.

Foto
Portada del libro que se presentará el próximo martes

Cuando empezamos a ver las declaraciones incluidas en el expediente, no encontramos las de los dos choferes de los dos buses en que los jóvenes fueron desaparecidos. Busca que te busca, en ese mar de cosas dispersas y sin algo que se parezca a un orden lógico, no hay forma de encontrar algo si no sabes la fecha. Al lado de un peritaje de voz, tienes la declaración de un testigo y después un estudio de plantas y tres declaraciones de inculpados, y así sucesivamente. Cuando al cabo de unas semanas pedimos un índice del expediente, nos llega uno bien preciso que tiene mil páginas. Cierro todos estos paréntesis. Estábamos en que no encontrábamos las declaraciones. Entonces era el 3 de abril, un mes después de nuestra llegada. Le preguntamos al fiscal del caso, que nos dice que va a mirar y que en unos días nos responde.

Una semana después nos llama, ya tiene las declaraciones para nosotros. Como eran testigos muy importantes, vamos corriendo a recogerlas. Cuando tengo documentos clave, necesito estar con todo entre las manos y en silencio en la cabeza; ese silencio intrasíquico que tan importante es para escuchar a las víctimas y poder entender su historia y sus relatos indirectos, o los matices de sus silencios, o los hechos reiterados que vuelven una y otra vez en su relato, como aquellas cosas que le chocaron o que no entiende. Así que leo en este jardín, aislado de esta ciudad de cemento. Uno de los choferes fue detenido y golpeado por la policía municipal de Iguala en el escenario de la calle Juan N. Álvarez, mientras los jóvenes de ese autobús 1568 eran golpeados y llevados en patrullas detenidos. Relata en su declaración cómo lo llevan a la comandancia de la policía municipal, que llaman barandilla. Y, al llegar a la puerta, se identifica como chofer del autobús y le ordenan irse. Caminando entre las calles, regresa a la central de buses para hablar con los responsables de la empresa.

Las historias criminales se dividen en escenas. Lugares donde pasó una parte y donde todo debe ser protegido. Hemos aprendido eso de las películas. A la otra escena, la del Palacio de Justicia, llegó el bus Estrella de Oro 1531 que fue detenido por dos patrullas de policía municipal porque el resto estaban ocupadas en la escena de Juan N. Álvarez. Después llegaron otras. Para detener este bus no hicieron falta disparos. Una vez detenido, los policías empezaron a arrancar ramas y a golpear vidrios, a romper el espejo y los faros, a destrozarlo. Te imaginas a los jóvenes dentro, llamando a sus familias o a sus amigos de los otros buses. Además de imaginarlo, también buscamos las pruebas en el análisis de los registros de telefonía. Como los chavos no siguen las órdenes y no se bajan del autobús, los policías usan gases lacrimógenos. Abro paréntesis. Cuando después de enterarnos de esto preguntamos, también sabemos que la policía municipal no tiene dotación de gases lacrimógenos. Cierro paréntesis.

La declaración de este chofer tiene otros detalles clave, como que, cuando se dan cuenta de que no pueden con todos los chavos, uno de los policías dice:

–Ahora vienen los de Huitzuco.

O sea, del municipio vecino, al que se accede desde un poco más adelante, cerca del cruce donde los normalistas habían estado boteando esa tarde, antes de que todo empezara. En esa declaración tampoco ves preguntas sobre si llegan o no los policías, o sobre más detalles del tal señor que decidía sobre la vida. La historia es insólita, porque abre interrogantes de la participación de otras fuerzas y la necesidad de investigar quién es ese jefe que dirigía. El chofer del bus dice que a él lo detiene la policía estatal. Cuando la fiscal le pregunta incómoda por qué está tan seguro, el testigo dice: Porque el vehículo decía Fuerza Estatal. Pero lo más increíble no está en el contenido de esta declaración, sino en la fecha: 8 de abril de 2015. Abro paréntesis. O sea, cinco días después de que las pedimos y cinco meses después de los hechos, nadie había tomado declaración a los dos testigos más importantes de la desaparición de los normalistas. Cierro paréntesis.

La noche del 26 de septiembre de 2014 desaparecieron 43 estudiantes y asesinaron a seis personas en Guerrero. El libro El tiempo de Ayotzinapa se adentra en los hechos históricos que marcan la vida de un pueblo y dejan una herida abierta, escrito por Carlos Martín Beristain, uno de los integrantes del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independiente designado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, grupo que comenzó una investigación sobre el caso el 2 de marzo de 2015.

Una historia desde el corazón de lo vivido, parte de una experiencia y de una reflexión sobre lo que supone meter las manos en el dolor de las víctimas y el trabajo en un país como México para contribuir de forma efectiva a la resolución del caso.

La Jornada comparte con sus lectores fragmentos del testimonio realizado por el médico y sicólogo, quien describe en las páginas los avances de la investigación y los numerosos obstáculos que aparecieron en el campo.

El libro, publicado por Ediciones Akal, se presentará el martes 17 a las 17 horas en el Museo Memoria y Tolerancia (avenida Juárez 8, Centro), con la participación de Juan Villoro, Denise Dresser, Luis Hernández Navarro y el autor.