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a presidencia de Barack Obama está en sus últimas horas antes de ser sometida a la historia. Su discurso de adiós, la semana pasada, una vez más resaltó su talento retórico y la elegancia de sus mensajes –conmovió a muchos hasta las lágrimas–, pero demostró que también es útil para disfrazar ciertas realidades. Asumió crédito por todo, y responsabilidad por casi nada.

Obama no sólo marcó historia por ser el primer presidente afroestadunidense; su triunfo detonó júbilo alrededor del país y del mundo con su mensaje de esperanza y cambio después de la pesadilla del gobierno de George W. Bush. Vale recordar que fue tan grande el suspiro colectivo mundial, que fue condecorado con el Premio Nobel de la Paz antes de cumplir un año en la Casa Blanca.

Como él mismo recordó en su discurso y en una carta al pueblo, sus logros incluyen rescatar la economía del abismo de una gran depresión y generar empleo, otorgar seguro de salud a decenas de millones que no contaban con esa protección básica, reducir la presencia militar (y anunciar, aunque engañosamente) que las guerras en Irak y Afganistán habían concluido, eliminar a Osama Bin Laden, obtener un acuerdo nuclear con Irán sin un solo disparo, restablecer la relación diplomática con Cuba después de medio siglo, otorgar protección contra la deportación a más de 700 mil jóvenes indocumentados e impulsar (junto con China, pero eso no lo dijo) el acuerdo de París sobre el cambio climático, entre muchas otras cosas.

El cambio cultural fue notable también. Vale recordar algunas de las voces y artistas que participaron y festejaron su llegada a la Casa Blanca o que participaron en foros oficiales y conciertos en la residencia oficial (Aretha Franklin, Bruce Springsteen, Pete Seeger, Beyonce, entre otros). No cabe duda de que esta Casa Blanca tuvo la mejor música de tiempos recientes.

Aunque en su adiós al pueblo estadunidense –ante unos 20 mil simpatizantes en Chicago y millones por televisión en vivo– afirmó que lo mejor aún está por venir y concluyó triunfante con su lema inicial de sí se puede (tomado prestado de César Chávez), al cual le agregó: sí pudimos, todos estos logros ahora están amenazados y muchos serán anulados.

Mientras el legado de Obama ahora estará a juicio de los historiadores, algunas cosas se quedaron fuera de su gran discurso de despedida y de los mensaje oficiales al concluir sus dos mandatos. Si bien enfatizó los desafíos de esta democracia (desigualdad económica, racismo, participación cívica, entre otros), decidió no asumir responsabilidad personal por la persistencia –y hasta el empeoramiento– de ellos. Menos aceptó que sus políticas de alguna manera contribuyeron a que triunfara el bufón neofascista con la promesa de anular o revertir el legado de Obama.

Una lista parcial de las cosas que Obama prefirió no mencionar en su adiós, y que pueden en parte ofrecer algunas explicaciones de lo que está sucediendo en este país casi post Obama, tendría que incluir:

Obama presidió sobre un periodo con una concentración de la riqueza sin precedente en décadas, que llegó a un nivel de desigualdad económica no vista desde 1928. Millones de los que perdieron el empleo, ahorros y sus viviendas en la gran recesión jamás han recuperado su nivel de vida y buena parte se sintió abandonada por el gobierno, mientras los responsables de su desastre en Wall Street –y el fraude financiero más grande de la historia– gozaron de absoluta impunidad y hoy día están mejor que nunca. Obama no encarceló a un solo alto ejecutivo financiero. El 1 por ciento más rico nunca ha estado mejor.

Es un presidente que estuvo en guerra durante sus ocho años. De hecho, logró establecer el récord de prolongar las guerras que prometió acabar, y ahora son las más largas en la historia del país. Sólo en 2016, bajo las órdenes del comandante en jefe, Estados Unidos ha arrojado 26 mil bombas (equivalentes a casi tres bombas cada hora), y sus fuerzas de operaciones especiales han sido desplegadas a unas 138 naciones. Nadie ha desplegado tantos ataques con dron, y nunca se había bombardeo a tantos países. Y también en su gobierno Estados Unidos marco récord en venta de armas a otros países.

Obama se ganó el titulo de deportador en jefe al convertirse en el presidente que más inmigrantes ha expulsado de este país en la historia: de 2 y medio a 3 millones, más que el total de todos los presidentes en el siglo XX.

Destruyendo ilusiones románticas de un país post-racial, estalló un nuevo movimiento de derechos civiles que nació de la furia contra el abuso de poder y la violencia letal policiaca, y su impunidad, contra afroestadunidenses. Después de ocho años de esta presidencia, el sistema de justicia, desde la policía en las calles hasta los tribunales y las prisiones, están repletos de pruebas de un profundo y escalofriante racismo institucional. Hoy día hay más hombres afroestadunidenses en la cárcel que esclavos antes de la Guerra Civil.

En relación con la transparencia y el respeto a la libertad de expresión, este gobierno ha perseguido penalmente, según la antigua Ley de Espionaje, a dos veces más personas –sobre todo las que se atrevieron a filtrar y revelar al público abusos y violaciones de las autoridades, como Snowden– en los últimos ocho años que el total de todos los gobiernos anteriores desde 1917, año en que se promulgó esa ley. Más aún, el Comité de Protección de Periodistas concluyó hace un par de años que las medidas de control de información por este gobierno son las más agresivas desde los tiempos de Nixon.

La lista es mucho más larga y compleja, pero, coinciden diversos críticos de la talla de Noam Chomsky y Cornel West, una de las razones claves del giro político en Estados Unidos fue en parte el desencanto y la desilusión con Obama, por la desaparición de la esperanza y la falta de cambio. O sea, lo que prefirió no decir en su adiós.

La pregunta urgente no es cuál será el legado de Obama después de su adiós, sino cómo rescatar la esperanza en este país hoy mismo. ¿Cual será el legado de este pueblo?