21 de enero de 2017     Número 112

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

Galápagos

¿Cuánto tarda en formarse un ecosistema?
¿Cuánto tarda en formarse una sociedad?

En el océano Pacífico y a mil kilómetros de la costa ecuatoriana se encuentran las islas Galápagos, siete de las cuales son mayores y el resto islotes o escollos, lo que en conjunto representan unos ocho mil kilómetros cuadrados. Un puntito en la inmensidad azul.

Las Galápagos son geológica y biológicamente debutantes: hace poco que las islas salieron del mar, sus volcanes siguen echando lava cada dos o tres años y debido al aislamiento su biota –que proviene de distintas regiones– ha evolucionado a su aire y por su propio pie.

Los galapagueños también llegaron de allende el mar y son aún más recientes. Su esfuerzo por salir avante ha enriquecido la biodiversidad en las islas, aunque a veces ha alterando los delicados equilibrios ecológicos que existían previamente. Para algunos el poblamiento de este reservorio de vida natural es una maldición. Para mí, que pude conocer a algunos isleños, es una fortuna. Al milagro de un ecosistema único hoy se suma el milagro de una nueva identidad colectiva.


FOTOS: Nohora Guzmán

Puerto Ayora está en Santa Cruz, una de las islas extensas, y con sus 12 mil habitantes censados (aunque en realidad son más pues por haberse fijado un tope demográfico muchos están ahí indocumentados), es la mayor población del archipiélago. Los porteños llegaron en los 60 años recientes y la mayoría en las últimas dos décadas. Hoy viven sobre todo del turismo, pero la pesca artesanal y la agricultura son importantes pues se complementan con la atención al visitante cuyos alimentos son, en parte, producidos ahí. Así muchas familias combinan las dos ocupaciones: unos pescan o cultivan la tierra y otros se emplean en hoteles, restaurantes, visitas guiadas y otros servicios.

Doña Ceida llegó del continente hace 27 años a cuidar a los hijos pequeños de un matrimonio que tenía un hotel. Hecha a vivir en Guayaquil, al principio en Puerto Ayora no se hallaba. Se sentía sola y atrapada en un lugar barrido regularmente por tsunamis que revuelcan todo y arrastran a quienes sorprenden cerca de la costa. Presa en un pueblo rabón donde ninguna calle estaba pavimentada y donde a las ocho de la noche se cortaba el suministro eléctrico de modo que fuera de las casas la gente se alumbraba con linternas de mano y dentro con velas. Un lugar inhóspito donde no había nada de lo que abunda en Guayaquil. Y entre Ayora y Guayaquil hay más de mil kilómetros de agua salada.

Ceida era entonces muy joven y lloraba todos los días. Tardó dos años en acostumbrarse. Ahí se casó y ahora tiene dos hijos galapagueños que estudian y a quienes sostiene haciendo el desayuno y el aseo en un pequeño hotel. Para no pagar renta se acaba de construir una casita –en la parte alta para que no le llegue el agua en los maremotos– y compró un terreno donde quiere sembrar pues tiene buena mano para las plantas. Con esto y un negocio –quizá de comida pues también es buena para cocinar– dejaría de trabajar para otros.

Doña Ceida reconoce que aún le asustan los tsunamis y que le horrorizan las serpientes que salen en temporada de calor. Pero, dice convencida: “Esta negra no se va de su isla por nada del mundo.”

Y así, con tesón y buen talante, se va formado la correosa y salobre identidad galapagueña.

En 1959 el archipiélago fue declarado Parque Nacional por el gobierno de Ecuador y 20 años después la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) lo reconoció como Patrimonio de la Humanidad. Esto significa que se maneja con normas y controles especiales para preservar su riqueza biológica.

Lo que sin duda es plausible, pero en ocasiones genera conflictos pues no todos entienden lo mismo por buen manejo. Así, la pesca –que es artesanal– tiene una estricta zonificación. Distribución de espacios que no siempre es adecuada para el tipo de aprovechamiento que hacen los pescadores. Y es que siendo ellos los que desde hace mucho protegen y preservan la vida marina, hoy se les restringe y reubica. Esto, mientras que otras extensas áreas se reservan para las poderosas empresas internacionales que hacen turismo de lujo en grandes yates cuyos pasajeros ni siquiera desembarcan, de modo que no le dejan nada a la población local… Se calcula que de cada dólar gastado por el turismo en Galápagos, sólo 20 centavos se quedan ahí. Como se ve, tampoco las islas del mar océano escapan del despojo corporativo que asuela al planeta.

Y en Galápagos, como en todas partes, la gente resiste. Recientemente los pescadores se movilizaron en defensa de su medio de vida. Además de que, para no caer en manos de intermediarios y de grandes exportados, se han agrupado en cuatro cooperativas. En una de las islas, San Cristóbal, el gobierno cantonal apoyó la lucha contra la rezonificación. El problema es que el archipiélago es gobernado por un Consejo integrado por un representante de cada gobierno cantonal y otro por todas las parroquias –que son las circunscripciones locales–, además de representantes de los ministerios del Estado ecuatoriano. El presidente del Consejo es nombrado por el gobierno central. Como se ve, los miembros designados son más que los electos y, por si fuera poco, el presidente tiene voto de calidad. El sistema es sin duda muy poco democrático, aunque algunos piensan que eso ha servido para evitar conflictos. A saber.

La agricultura galapagueña no es muy extensa pero sí muy variada. Diversidad que se explica por su ubicación equinoccial, lo que hace que en las islas se pase de un nicho ecológico a otro con sólo ascender o descender un poco. Esto, la topografía y el clima permiten varios cultivos en espacios pequeños y con cosechas casi continuas, en un modelo que semeja al de nuestra conocida la milpa mesoamericana. La mayor limitante es el agua, pues en el archipiélago las lluvias son escasas y no en todas las islas hay ríos y manantiales. Aun así, mediante aljibes, membranas condensadoras de humedad y plantas desalinizadoras, además de riego por goteo, los ingeniosos campesinos galapagueños han logrado tener una buena producción. Sin embargo, y por el alto consumo del turismo, las islas no son autosuficientes en alimentos.

En Santa Cruz se siembran granos como el maíz y el frijol, tubérculos como la papa, raíces como la yuca, hortalizas diversas como cebolla, tomate, melón, sandía… y diferentes árboles frutales: plátano, mango, mamey, aguacate… Pero sobre todo hay huertas de café de variedades arábigas como catimor, caturra y otras, en plantaciones que por la ubicación de las islas, a 200 metros sobre el nivel del mar ya son adecuadas para ese cultivo.

Hay también ganado vacuno manejado en doble propósito: tanto para carne como de ordeña. De la leche se hacen quesos, los que ahora enfrentan restricciones sanitarias que exigen un manejo pensado para empresas grandes, que los pequeños productores artesanales no pueden cumplir.

Único, frágil y por si fuera poco darwiniano, el ecosistema de Galápagos, desarrollado por selección natural de ancestros continentales, debe ser protegido de acciones irresponsables. La iguana de Baltra, por ejemplo, fue exterminada en los años 40’s del siglo pasado por perros, gatos y humanos a raíz de que durante la Segunda Guerra Mundial en esa pequeñísima isla se estableció una base aérea estadounidense. En otros casos, el hombre llevó al archipiélago especies del continente que se volvieron plaga, como las ratas y las hormigas, y recientemente llegaron dentro de unos tubos tres serpientes coralillo (de esas que horrorizan a doña Ceida). Particularmente grave fue la plaga del pulgón, que por fortuna pudo ser controlada llevando también catarinas que son su predador. En otros casos los animales domésticos se hicieron salvajes, como los perros que diezman las iguanas en las islas Isabela y Santa Cruz. O como los bovinos, puercos y cabras cimarrones que algunos cazan y carnean clandestinamente. Lo curioso es que los tienen que abatir a pedradas y machetazos pues en el archipiélago están prohibidas las armas de fuego.

Pese a que las islas son pequeñas y las distancias cortas, tanto los pescadores como los agricultores enfrentan la maldición de los intermediarios que se interponen entre ellos y los consumidores. Para superar el problema, un grupo de productores estableció hace poco en Puerto Ayora un mercado propio en el que venden una vez a la semana y que ha sido muy exitoso.

Aunque a algunos investigadores del Instituto Darwin –que por lo demás desarrolla valiosa investigación en el archipiélago– quisieran a unas Galápagos con hartas iguanas y tortugas pero sin galapagueños, el hecho es que las comunidades isleñas están ahí y la preservación de la vida es también su responsabilidad. Así las cosas, en temas como la pesca o la quesería habrá que tratar de armonizar la conservación y el control sanitario con los sistemas de trabajo de la gente. Otro problema complicado es que en ocasiones se pierden sobrantes de frutas y hortalizas, pues por razones entendibles no pueden hacerse intercambios de productos agrícolas entre las islas.

Además de la pesca, otra actividad isleña exportadora fue el café, cultivo que años atrás fomentó una empresa que trabajaba por contrato con los pequeños productores y enviaba su grano aromático al continente. Esto hizo que se extendieran mucho las huertas, hasta que la compañía dejó de acopiar y se quedaron sin comprador. Recientemente se formó una cooperativa de caficultores que logró registrar una denominación de origen que les permitiría posicionarse mejor en el mercado. Sin embargo, algunos particulares la cuestionaron y cuando yo los visité estaba detenida.

Doña Marina vive en Bellavista, muy cerca de Puerto Ayora, y es dueña de la finca “La Fortuna”. Al atardecer, mientras recorremos su cafetal y hablamos de la roya, que por fortuna aún no ha entrado en la isla, me platica que estableció la huerta hace 25 años, cuando llegó del continente y el grano aún tenía comprador seguro. Pero lo que en verdad quiere enseñarme es una ceiba, un enorme árbol que es su orgullo, pues de esos no hay en las islas. El coloso ya estaba ahí cuando le compró la tierra a un francés y sepa Dios como llegó a Santa Cruz.

La huerta de doña Marina es de sombra y está extremadamente diversificada con múltiples frutales y árboles maderables como caobas. Por un tiempo la abandonó, a raíz de que se fue la compañía que acopiaba, pero ahora esta recepando y renovando la plantación, para lo que estableció un vivero que también surte de planta a otros caficultores. El grano aromático se lava y pila ahí mismo. Y ahí mismo se tuesta y muele, con el fin de venderlo empaquetado.

Pero la cosecha de café sólo se tiene una vez al año y hay que comer todos los días. Así, el ingreso cotidiano sale de la venta por temporadas de papayas, aguacates y naranjas que cosecha en la huerta, así como sandías y melones de su traspatio. También vende parte de los huevos que ponen sus gallinas. Ah, y cuando le queda un rato libre, hace carbón…

Doña Marina tiene cuatro hijos. Los tres varones están casados y trabajan en el turismo, mientras que la hija y sus cuatro nietos viven con ella. Por temporadas, cuando se carga la labor, contrata a un trabajador. Me dice que su gran problema es la mano de obra. Y se lo creo. Pero pienso que lo que en verdad le duele es que tres de sus hijos ya no están ahí para ayudarla.

Ya en la casa confiesa su desazón:

“Mis hijos tienen que ocuparse de sus familias. Por eso trabajan en el turismo, pues no pueden estar atenidos a los ingresos irregulares de la agricultura, que sólo llegan cuando sale la cosecha. Eso si no es que se pierde, como ahora que no llovió. Pero yo estoy renovando mi huerta de café y mejorando mi finca con la esperanza de que algún día podamos traer turistas aquí… Y que entonces mis hijos que le saben a eso regresen. Todo consiste en combinar la agricultura y el turismo. Esa es mi esperanza. Sí, esa es mi esperanza”.

Y, de algún modo, esa es la esperanza de todo el archipiélago.

Otra posibilidad es que las dificultades económicas de Ecuador lleven al gobierno a tratar de valorizar las Galápagos con una modalidad distinta y más agresiva que la del turismo actual. Ya se habla de que los chinos están interesados en comprar una de las islas…

Aunque yo calculo que los isleños no se van a dejar. Es verdad que tienen poco de vivir ahí, pero en su corta existencia ya han asimilado algunas experiencias históricas. Por ejemplo, Estados Unidos, que durante la segunda guerra mundial tuvo en Baltra un aeropuerto y una base militar, le tenía echado el ojo a las islas, de modo en los cincuenta del pasado siglo fue necesario poblarlas para que no se volvieran un territorio más de la Unión. Después hubo ahí experiencias socialmente siniestras: una de las islas fue un penal y en otra se estableció una enorme plantación de caña de azúcar atendida por trabajadores semiesclavos. Así pues, los retos geopolíticos y la necesidad de rebelarse contra la opresión forma parte de la idiosincrasia isleña. Y por eso estoy seguro de que los galapagueños no se van a dejar.

P. D. Y sí, en las islas también hay lo que de seguro les han dicho que hay: se murió el solitario Georges pero a cambio encontrarán playas chidas, paisajes digitalizables, tortugas chonchas y longevas, pasmadas iguanas negras, focas desfajadas, acalorados pingüinos ecuatoriales, lobos marinos, tiburones, cormoranes, albatros y chingos de pinzones…

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