Opinión
Ver día anteriorJueves 26 de enero de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Tres historias de enero
A

l comenzar el año –en medio de tan deplorables augurios y acontecimientos de este lado del Atlántico–, cabría examinar el potencial de contagio en Europa con una breve y esquemática revista a tres coyunturas políticas nacionales, cuya evolución, en los próximos meses, puede ensombrecer más lo que ya apunta como otro annus horribilis. El electorado francés, que tantas lecciones de sabiduría política ha dado, parece inclinarse –como algunas voces advierten– a cometer error similar al de Estados Unidos: dar por supuesto que la opción de ultraderecha es no sólo repulsiva sino, en realidad, inelegible. Se piensa que, aun en el extremo de alcanzar la pluralidad en la primera ronda electoral, en la segunda sería derrotada de manera contundente. Ya ocurrió –suele decirse. La complacencia, como demostró el fenómeno Trump, es la peor consejera. Del otro lado del Rin, cabe presumir que Merkel no habría optado por presentar una vez más su candidatura si el resultado electoral en aquel país hubiese sido diferente. Sabe bien que el desgaste por el ejercicio del poder toca incluso a los gobiernos en general bien valorados, en especial cuando la demagogia irresponsable de sus oponentes de extrema derecha echa mano de lemas que apelan, como la AfD, al chovinismo más extremo e irracional. Además, hasta la aparición anteayer de Martin Schulz, no había en la Gran Coalición un líder de recambio con estatura suficiente. Países Bajos y su Partido por la Libertad (el misnomer perfecto) ilustra un caso diferente, en más de un sentido. Podría, por la fecha temprana en que adoptará su decisión –la más inmediata de las que aquí se evocan– ser el desprendimiento que provoque el alud. Al día siguiente de la asunción de Trump, con espíritu festivo se reunieron en Coblenza los líderes de esos tres partidos, a los que se sumaron otros de semejante calaña, entre ellos la italiana Liga del Norte y el austriaco FPÖ. Reiteraron su convicción de que para Europa ha sonado la hora de los reclamos más retrógrados, envueltos en la retórica de un nacionalismo cochambroso. Así, tras la del Reino Unido el año pasado, en marzo, abril y septiembre podrán escribirse otras tres páginas quizá también deplorables para el destino europeo y global.

Países Bajos / Partido de la Libertad (PVV) / Geert Wilders –Aparecido en una nación que hasta fines de siglo solía considerarse como gidsland, país guía en materia de tolerancia, apertura y multiculturalidad, el fenómeno Wilders se antoja en absoluto aberrante. Sin embargo, en estos momentos va al frente de las preferencias con vistas a las elecciones generales del 15 de marzo próximo. Se estima, empero, que sólo podría formar gobierno coaligándose con alguno de los grandes partidos, que hasta el momento rechazan tal posibilidad. Ante el ascenso del PVV, cabe preguntarse cómo un electorado ilustrado, que atraviesa por una situación económica de crecimiento modesto, pero estable, estimado en 2 por ciento en los dos últimos años, se inclina en medida tan amplia por una opción que propone el rechazo, la agresión y el odio. Esta cuestión debe responderse para las circunstancias específicas de Holanda y para las más amplias de Europa, Norteamérica y otras áreas, con sus puntos de confluencia y con sus especificidades. Wilders, a quien acaba de encontrarse culpable de incitar a la discriminación, no ha corregido, sino endurecido su lenguaje, convirtiéndolo en copia al carbón del trumpiano: ahora llama, literalmente, a recuperar la grandeza de su nación e identifica al Islam con el terrorismo. Ni Donald ni Geert piden disculpa por sus despropósitos y exabruptos, nunca.

Francia / Frente Nacional (FN) / Marine Le Pen –el domingo 22 de enero la llamada primaria de los ciudadanos, destinada a seleccionar al candidato socialista–, arrojó la primera sorpresa. Llegó primero, en un proceso impugnado, Benoît Hamon –a quien las encuestas situaban como tercero– y lo hizo, dijo El País, con un discurso duro, lindante con el de los dirigentes antisistema. La más importante de éstos, Marine Le Pen, del FN, debe frotarse las manos. Apuesta por dos fuertes sacudidas: primero, ganar la primera vuelta –lo que muchos reconocen que puede ocurrir– y luego, lo que casi nadie cree: imponerse en la segunda. Su mayor activo es que los electores sostengan la idea de que esta última hipótesis es descabellada y se despreocupen…

Alemania / Alternativa por Alemania (AfD) / Frauke Petry –A diferencia de otros líderes, la de AfD, de 41 años, proyecta un aspecto afable y gusta de mostrar interés en el arte y la cultura, en especial la música. Con el rápido ascenso de la popularidad de su formación, sobre todo en territorios de la antigua RDA, Petry es ya la segunda personalidad política femenina de la nación y puede colocar a la AfD como la tercera fuerza política. A juicio de algunos analistas, se consolida como rival de fuerza y competencia creciente, con imagen fresca y juvenil, frente a la ya quizá demasiado conocida de Angela Merkel. Rechaza las etiquetas que otros explotan. Al autocalificarse de liberal conservadora, se niega a aceptar las de derechista extrema, populista, antinmigrante, entre otras que le convienen. Cultiva, más bien, la imagen de una madre de familia que también hace política. En esta faceta, es vista como fría, dura e inflexible. La evolución de la AfD –reseñada por The Guardian– es en extremo ilustrativa. Su plataforma inicial –centrada en la abolición del euro o, mejor dicho, en la restauración del legendario Deutsche Mark– no le atrajo demasiados seguidores. Fue el rechazo visceral a la acogida brindada por Merkel a los refugiados lo que disparó la popularidad del partido. Permitió a Petry defenestrar sin contemplaciones al líder fundador, Bernd Lücke, que proponía una línea menos xenófoba. Las causas que la nueva líder favorece cubren una amplia gama: desde detener la islamización de Alemania hasta separar a los niños de las niñas en las clases de natación. Algunas de sus propuestas tienen un inconfundible sabor trumpiano. Por ejemplo, atribuir a los inmigrados las acciones de acoso y agresión sexual o aprobar el empleo de armas letales en las acciones de control de los refugiados. No demasiado lejos del poder, AfD entrará al Bundestag quizá con un número inesperadamente grande de parlamentarios. Desde ahí empujará a la derecha a los demás partidos; algunos, como los socios bávaros de Merkel, un tanto proclives a moverse en esa dirección. Petry también espera que un avance fuerte se considere imposible.