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El Tratado de Tlatelolco + 50
Miguel Marín Bosch
H

ace medio siglo se produjo un milagro en México. El 14 de febrero de 1967 se concluyó en nuestra ciudad capital la redacción del Tratado para la proscripción de las armas nucleares en la América Latina y el Caribe, mejor conocido como el Tratado de Tlatelolco. Alfonso García Robles, a la sazón subsecretario de Relaciones Exteriores, fue su principal arquitecto, un esfuerzo que le valió el Premio Nobel de la Paz en 1982, mismo que compartió con Alva Myrdal, de Suecia.

La propuesta original para establecer una zona libre de armas nucleares (ZLAN) en América Latina la hizo Brasil a principios de 1962. Su iniciativa fue apoyada por Bolivia, Chile y Ecuador. Dichas gestiones se intensificaron a raíz de la crisis de los misiles en Cuba, en octubre de ese año. El 29 de abril de 1963, a instancias del presidente Adolfo López Mateos, los jefes de Estado de Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador y México suscribieron una declaración conjunta en la que proclamaron su intención de convertir la región en una ZLAN.

Tras el golpe militar en Brasil, el primero de abril de 1964, la actitud de ese país hacia una zona libre de armas nucleares cambió. A partir de entonces, México llevó la batuta y, después de casi tres años de negociaciones sumamente complicadas, se concluyó el tratado. Hoy cuenta con el apoyo de los 33 estados independientes de la región latinoamericana y caribeña. Esos países se han comprometido a no fabricar ni adquirir armas nucleares.

El tratado tiene dos protocolos adicionales. En el primero, las naciones que de jure o de facto administran territorios dentro de la zona que éste cubre se comprometen a aplicar el estatuto de región militarmente desnuclearizada a esas posesiones. Se trata de Estados Unidos, Francia, Países Bajos y Reino Unido.

En el segundo protocolo adicional, los estados poseedores de armas nucleares se comprometen a no amenazar ni utilizarlas contra los países de la región. Cuando se concluyó el tratado, esos estados eran China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia. Ahora habría que ver qué se hará con Israel, India, Pakistán y quizás Corea del Norte. ¿Se les pedirá que se adhieran al segundo protocolo?

El Tratado de Tlatelolco y sus reglamentos adicionales han servido de modelo para otras regiones: los países del Pacífico sur (en el tratado de Rarotonga de 1985), los miembros de la asociación de naciones del sudeste asiático (Bangkok, 1995) y los estados del continente africano (Pelindaba, 1996). Además, Mongolia se ha declarado ZLAN (2000) y se ha creado otra zona en Asia central (Kazajstán, Kirguistán, Tadjikistán, Turkmenistán y Uzbekistán, 2009).

Hay dos cuestiones que ninguno de los acuerdos de ZLAN ha logrado resolver satisfactoriamente: el tránsito de armas nucleares por dichas regiones y la intensidad con que se busca el desarme. En cuanto a la primera cuestión, hay posiciones encontradas entre los países que integran esas regiones. La mayoría acepta las disposiciones del derecho internacional relativas a la libertad de navegación en las áreas marítimas cubiertas por dichas zonas. Tampoco hay acuerdo para que un Estado invoque su derecho de decidir si permite que aeronaves extranjeras aterricen en su territorio o lo sobrevuelen, o que buques extranjeros atraquen en sus puertos o transiten en sus aguas territoriales.

En cuanto al desarme nuclear, también hay diferencias entre los miembros de las distintas ZLAN, sobre todo en materia de la legalidad de dichas armas, desde la perspectiva del derecho internacional humanitario.

El Tratado de Tlatelolco también difiere de los otros acuerdos en dos aspectos adicionales. Por un lado, es el único que estableció un organismo permanente (el Opanal), mientras los otros tratados contemplan reuniones periódicas de consulta. Por otro lado, no identifica a los estados poseedores de armas nucleares que pueden adherirse a su Protocolo II. Es el único que no lo hace. Los demás instrumentos regionales listan a cinco: China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia. ¿Por qué no se menciona a India, Israel y Pakistán?

Desde el principio de las negociaciones del Tratado de Tlatelolco, México decidió involucrar en el proceso a Naciones Unidas. Funcionarios de la organización contribuyeron al éxito de la empresa encabezada por Alfonso García Robles. El canadiense William Epstein hizo una contribución notable. También resultó indispensable el apoyo decidido de la Asamblea General de la ONU. Las otras regiones siguieron ese ejemplo y también recurrieron a la ONU para echar mano de la experiencia de sus funcionarios en este campo y para involucrar a la Asamblea General en la búsqueda de la plena vigencia de los tratados y sus protocolos.

Como afirmaba a menudo Alfonso García Robles, la meta de las ZLAN es convertir los territorios de los estados poseedores de armas nucleares en una especie de islotes contaminados, sujetos a un régimen de cuarentena que a la postre conduzca al desarme nuclear y asegure un mundo libre de esas armas de destrucción en masa.

En estos días se discute en nuestro país lo que debemos hacer ante los embates del nuevo presidente de Estados Unidos. Algunos expertos han sugerido que quizás sea oportuno desempolvar las herramientas de negociación internacional que hicieron posible varios éxitos diplomáticos en el pasado, incluyendo la conclusión del Tratado de Tlatelolco. Hace tiempo no lo hacemos. Dicha negociación debería incluir como prioridad la defensa de los derechos humanos de los connacionales en Estados Unidos. Para lograrlo habría que seguir con la importante labor de nuestros consulados en Estados Unidos, plantear el tema en los foros multilaterales y regionales pertinentes e intensificar los contactos con congresistas, organizaciones no gubernamentales, abogados, universidades, medios de comunicación y, sobre todo, las organizaciones de mexicanos en ese país.