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El cumpleaños 120 de un gran mexicano: Ignacio Chávez
Elena Poniatowska
E

l corazón del doctor Ignacio Chávez aún late, a los 120 años de su nacimiento. De tan fuerte, tan creativo y tan generoso se convirtió en el Instituto Nacional de Cardiología, faro de la ciencia y de la medicina en México. Ahora que tanto necesitamos pensar que valemos mucho la pena, el instituto que los jóvenes llaman Cardio es un salvavidas.

El martes 31, cumpleaños 120 del doctor Ignacio Chávez (31 de enero de 1897), cinco rectores se reunieron para rendirle homenaje en el auditorio que lleva el nombre de Ignacio Chávez Rivera, hijo del gran cardiólogo. Hablaron con voz fuerte Yolanda Anaya Cruz, quien vino especialmente de Zirándaro; el doctor Marco Antonio Martínez Cruz, hoy por hoy director del instituto y de la revista de medicina más antigua de México, Archivos del Instituto de Cardiología de México; el nieto del doctor Ignacio Chávez, quien responde al nombre de Ignacio Chávez de la Lama; el ex rector Ramón de la Fuente; el ex rector José Narro; el rector actual, Enrique Graue Wiechers, y en el auditorio se encontraban Guillermo Soberón y José Sarukhán.

Ignacio Chávez de la Lama tomó la palabra para recordar a su abuelo como un enamorado de Celia, su mujer. Sus cartas demuestran que el amor puede convertirse en pasión por una causa. Juan Ramón de la Fuente, amigo de la familia hace años, recordó que Cardiología es un gran laboratorio colectivo de investigación y de aprendizaje; el rector Graue hizo hincapié en lo indispensable que es para el progreso del país un centro de investigación y educación superior como Cardiología, y el secretario de salud y ex rector José Narro me conmovió al leer, como tablas de la ley, pasajes del credo de Ignacio Chávez, humanista y maestro.

Recordar al doctor Chávez en el bello auditorio de Cardiología, que lleva el nombre de su hijo el también eminente cardiólogo Ignacio Chávez Rivera, fue una fiesta y no una ceremonia luctuosa. Los asientos se cubrieron de palomas blancas –los uniformes de las enfermeras– y durante la ceremonia recordé el mural que Diego Rivera había pintado para Cardiología sobre la historia de la medicina. Ahí quiso retratar al doctor Chávez, quien se negó a figurar e, incluso, le pidió que borraran su cara, porque cómo iba yo a inmortalizarme a costa del instituto.

El rector más joven

El 13 de febrero de 1961, Chávez aceptó ser rector. A la UNAM entró un hombre al que estábamos acostumbrados a ver con bata blanca. El día de la toma de posesión los ánimos estaban muy caldeados: entonces la UNAM tenía 75 mil estudiantes, pero su voz se impuso por encima de la gritería: Vengo solo, sin compromisos con nadie, responsable sólo ante mi conciencia, ante la universidad y ante el país. Llego con todas mis limitaciones como hombre, pero presto a entregarlo todo, lo que soy y lo que he sido, lo que formó mi vida hasta hoy. Todo eso, que es poco, pero que es todo para mí, es lo que pongo al servicio de la universidad.

Lector de Rousseau, de Voltaire, de Montesquieu, de Víctor Hugo –por su formación médica en Francia– los doctorados honoris causa del doctor Ignacio Chávez en las universidades del mundo entero ya no pueden ni contarse. Recibió de Francia –entre otras– las insignias de Gran Oficial de la Orden Nacional del Mérito, a uno de los más eminentes sabios del mundo.

Cirujano egresado de la Facultad de Medicina es el rector más joven de la historia de México, porque a los 23 años, asumió la rectoría de la universidad de su estado natal, Michoacán. A partir de ese momento, Ignacio Chávez se convirtió para México en un presente de los dioses, y su capacidad creadora hizo que también surgieran otros hombres de talento superior.

“Germinó en mí la idea de crear en México un ambiente propicio para la creación científica, donde las generaciones jóvenes tuvieran todo lo que se requiere para hacer una buena medicina y, a la vez, una buena ciencia.

“Desde muy joven –me dijo Chávez en una entrevista– mi principal interés fue la cardiología. De ese interés nació mi creación en el Hospital General de un servicio de cardiología, y en 1924, con apoyo del director del hospital, el maestro Escalona, se estableció en el General el primer servicio de cardiología que hubo en el mundo. Cuando en 1926 por fin me dieron una beca a París me encontré con que tampoco había un servicio especializado. Se encamaban juntos al cardiaco, el enfisematoso, el cirroso y el hemipléjico. Los viejos profesores de sala eran quienes cultivaban la cardiología y allí llegábamos personas de todo el mundo a oírlos. En 1926, me incorporé al grupo de Henri Vázquez, profesor francés cuyo apellido debe haber venido de España, pero lo afrancesaron. Vázquez era el personaje más reputado y estaba en la Pitié; Vázquez es el autor de un clásico de la cardiología. Poco tiempo después de que me incorporé a su grupo, él se jubiló y yo me pasé al hospital Broussais con el profesor Charles Laubry; allí tiene usted su foto, detrás de mi sillón. Más que un hospital eran unas barracas de lo más pobres, y ahí nos amontonábamos médicos y enfermos. Puedo decir que allí fue donde me formé como cardiólogo y durante dos años Laubry me dio un trato paternal que aún me emociona. Con él me quedé hasta finales de 1927.

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El doctor Ignacio Chávez falleció el 12 de julio de 1979Foto archivo

Me urgía inaugurar en México el Servicio de Cardiología que en mi ausencia había construido el Hospital General. Yo había dejado en México, no diré que planos, pero sí dibujos de lo que necesitaba para que funcionara el pabellón a mi regreso y me tenía la sorpresa de que al día siguiente de mi regreso encontrara yo un gabinete de rayos X, otro de electrocardiografía, un laboratorio pomposamente llamado de medicina experimental, en fin, todo lo que había pedido. Y ese embrión, esa cosa minúscula en el Hospital General, andado el tiempo se convirtió en el Instituto Nacional de Cardiología actual.

El doctor Ignacio Chávez tenía 82 años cuando tuvo que internarse en Cardiología por una caída en Palenque al querer tomar una fotografía de su familia. Entonces le dijo a Celia, su hija: Siempre es bueno estar enfermo porque así uno ve las cosas del otro lado de la barrera, y empezó a fijarse en todos los detalles de su cuarto, que examinaba ya no desde el punto de vista médico, sino desde el punto de vista del enfermo. Creo que el espacio para el vaso y el cepillo de dientes en el baño es insuficiente; hay que pensar en el pariente del enfermo que se queda a acompañarlo y no tiene dónde poner sus cosas. A las 12 del día entra demasiado sol, una cortina no estaría mal.

Cada mañana, a la hora de la visita médica sugería algo nuevo para el mejoramiento del servicio y los demás pacientes no se enteraron que incluso en el último momento estaban beneficiándose con la estancia del doctor Chávez.

Chávez tuvo alumnos en todas partes del mundo, en Francia y en Filipinas, en Estados Unidos, en Checoslovaquia, en Brasil y Venezuela, en Inglaterra y España. No en balde ha sido Cardio el primer instituto de su especialidad en el mundo.

–Por su carácter polifacético, Cardiología se propuso atacar el problema de las enfermedades del corazón en todos sus aspectos. Una es la parte del hospital y, claro, es la parte central, pero también es esencial el laboratorio de investigaciones para descubrir las causas, los mecanismos de producción de las enfermedades y la forma de controlarlas. Si algún día hemos de prevenir las enfermedades del corazón es investigando y no sólo atendiendo a los enfermos, sino preocupándonos de que los sanos no se enfermen.

En él se concentraba la medicina misma

El doctor Ignacio Chávez falleció el 12 de julio de 1979 a las tres de la tarde. El reconocimiento a sus méritos rebasó el ámbito nacional; en Europa y en muchos países de América Latina dijeron que con él desaparecía una eminencia mundial en la cardiología, de la talla de Paul White, autor del libro Heart Disease, y de la del doctor Pierre Duchosal, quien manifestó desde Ginebra su enorme admiración por el mexicano de los múltiples congresos internacionales, de la membresía de miles de organizaciones mundiales de salud, de 120 cursos y conferencias sustentados en el extranjero, los 105 artículos sobre temas médicos hasta 1968, libros y monografías, parapetado tras una pirámide de títulos, grados, legiones de honor, comendador, gran oficial, doctor honoris causa de casi todas las universidades del planeta.

Más que médico, en Ignacio Chávez parecía concentrarse la medicina misma, porque él y otros grandes médicos de su tiempo, como Arturo Rosenblueth, alta autoridad mundial en fisiología, Costero, Zubirán, Baz, Cosío Villegas, Robles, Sepúlveda, de la Fuente, Fournier, Martínez Baez iniciaron la medicina especializada en México y se sacrificaron con tal de fundar hospitales como Cardiología, Nutrición, enfermedades pulmonares, tropicales e iniciar campañas de prevención. Estos institutos son la simiente de nuestra modernidad: si nuestra capital tiene nobleza es gracias a estos centros de curación, docencia e investigación científica, reconocidos en el mundo entero.

A veces, al despertarme pensaba yo: ¿Qué estará haciendo el doctor Chávez? Y alguna vez que le hablé tomando cuidado de no despertarlo, Efrén, el mozo de pelo blanco que siempre barría la calle, respondía: No, si hace más de una hora que salió. Hasta los 81 años siguió atendiendo su consultorio y dirigiendo el Instituto de Cardiología, y cuando lo dejó en las buenas manos del doctor Jorge Soní, viajó a España con su familia para recibir el doctorado de la Universidad de Salamanca y decir en agradecimiento: Al llegar al término de mi carrera siento en mí la tranquilidad de haber sido siempre leal conmigo mismo, de no haber sacrificado nunca mis convicciones al interés personal; de haber procurado caminar en la vida de acuerdo con lo que he enseñado en la cátedra, en una palabra, de haber aceptado con Mazzini que nuestro paso por la vida no es goce ni sufrimiento, y menos expiación, que la vida es misión. Y he tratado de cumplir lealmente con la mía, de acuerdo con los ideales que me forjé en la juventud....