Opinión
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El interés nacional y su defensa: otra vuelta a la tuerca
Rolando Cordera Campos
V

arios amigos y colegas manifestaron extrañeza y discrepancias con lo planteado en mi artículo anterior sobre la defensa del interés nacional y el lugar que el presidente Enrique Peña Nieto habría de ocupar en caso de que una movilización política y social por estos motivos tuviera lugar. Quizá no me explayé en lo que llamé mi sorpresa ante el planteamiento hecho por algunos de dejar fuera de tal movilización a Peña Nieto porque me parece que es importante no hacer caso omiso, suponer que no existen, como diría algún economista vulgar, de la política formal y del poder constituido porque es frente y contra ellos que el presidente Donald Trump y su gobierno han embestido al buscar su debilitamiento para desplegar sin obstáculos su estrategia de normalización de relaciones con México.

Lo que hoy está en juego es el presente y el futuro de millones de compatriotas que han formado la otra nación mexicana allende el río Bravo e incidido en muy diversas e importantes mutaciones demográficas, culturales y productivas en capas y sectores de la sociedad estadunidense. También está en entredicho, o en peligro inminente, el régimen comercial y de intercambio financiero, de inversiones y proyectos, tejido al calor de la apertura externa de México y la subsecuente firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte que, sin desconocer las críticas, ha involucrado las vidas y haciendas de millones de mexicanos de este lado de la frontera, oriundos de prácticamente todas las regiones del país, pero asentados y aclimatados en el norte y el centro norte de México.

Otra nación de michoacanos, oaxaqueños, veracruzanos, chiapanecos emergió de estos tránsitos, muchas veces traumáticos, pero gestó ocupaciones y abrió horizontes de esperanza para no pocos, tampoco muchos en verdad, quienes se inscribieron en la nueva economía de exportación y maquila o en los anillos, insuficientes pero reales, que derivaron de esas producciones, enlazados en las partes, herramientas, servicios que la industria exportadora requiere.

El país se transformó, más por el trayecto de crisis en crisis que marcó su fin de siglo que por la irrupción de las nuevas actividades, pero es innegable que éstas se tornaron en el eje maestro de las economías políticas regionales, así como del dinamismo del comercio exterior mexicano. Ésta es una sumatoria, indicativa sin duda, pero que nos acerca a la complejidad de la densa trama de nuestra formación económica y social actual. Un mecanismo de relojería con el que no se puede jugar como si fuera un mecano infantil. Forma parte de la dimensión económico-social del interés nacional y justifica su defensa.

En realidad el llamado a la defensa del interés nacional debe ir más allá de construir una renovada posición mexicana frente al mundo, en especial y sobre todo frente a Estados Unidos de América y su actual gobierno; quiere decir también enderezar nuestro crecimiento económico que, por décadas, ha sido del todo insuficiente hasta llegar a trazar otra trayectoria a nuestro desenvolvimiento: el estancamiento estabilizador. La pobreza de masas vuelta costumbre cuando no cultura; la desigualdad impasible, inmutable ante el ciclo económico, las políticas sociales o el despliegue del pluralismo democrático.

Asumir este malhadado inventario como parte esencial de nuestra realidad presente es condición sin la cual toda convocatoria a defender la nación queda coja, y vista como retórica vacua por muchos. La unidad en defensa del interés nacional no es un vocablo abstracto ni con propósitos intemporales, es para encarar a Trump y salir lo menos dañados que sea posible, de esta que podría ser la primera ronda de una nueva fase de la globalización portadora de un nuevo régimen internacional nada alentador, cargado de señales ominosas. Pero, hay que insistir, más allá de una mera adecuación a los cambios regresivos que postula Trump, tenemos que forjar otra mirada: una estrategia capaz de reorientar nuestro desarrollo, darle un nuevo curso que, de modo explícito, recoja la elemental fórmula de que la defensa de la nación empieza por la protección y promoción de sus mujeres y hombres, sus regiones, su hábitat; su capacidad para ejercer una real soberanía. Sólo así podremos reforzar una relación venturosa y mutuamente benéfica con unos vecinos sometidos hoy al olvido y la amnesia; donde el odio y la furia encuentran tierra fértil.