18 de marzo de 2017     Número 114

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

Diversidad cultivada en México

Cecilio Mota Cruz Fundación Semillas de Vida, AC  cecilio.mota.cruz@gmail.com


Feria de la Biodiversidad. UAM Xochimilco. Octubre de 2013

“Una parte muy considerable de recursos vegetales del globo
terrestre le debe su origen precisamente a esta región”
N. I. Vavilov

Un rasgo distintivo y sumamente importante de México es su excepcional diversidad de plantas cultivadas; junto con Guatemala, conforma la región natural y cultural nombrada Mesoamérica –y más hacia el norte de nuestro país los enclaves conocidos como Oasisamérica- que, por los trabajos del botánico ruso N. I. Vavilov a inicios del siglo pasado, reconocemos, en conjunto, como uno de los principales centros mundiales de origen, variación y diversificación de especies vegetales con estrecho vínculo a necesidades humanas relacionadas con la alimentación, medicina, vestido, recreación, etcétera, en el pasado de las culturas que aquí se desenvolvieron y en la actualidad a nivel global.

Los factores que han dado lugar a esta diversidad han sido, por un lado, las condiciones naturales del territorio del país debido a su forma y ubicación en el hemisferio norte con la mitad en la región intertropical; la presencia de cadenas montañosas; flanqueado por grandes masas de agua de los océanos, y convergiendo los más variados climas y tipos de vegetación, donde se aloja y ha evolucionado alrededor de diez por ciento de la diversidad biológica del planeta.

Y por otro lado, la presencia y la relación e interacción continua, en el pasado y en la actualidad, de los grupos humanos que han habitado estas tierras, los cuales han operado, muy probablemente desde su arribo al continente americano, pero en particular desde hace diez mil años, en un proceso dinámico, abierto, en evolución y en gran medida colectivo y comunitario, pues han sido fundamentalmente las familias, comunidades, culturas, las que han aprovechado y moldeado una diversidad de plantas, a partir de lo disponible en su ambiente: lo cercano, apetecible, digerible y nutricio como alimento: el maíz, los frijoles, las calabazas, los chiles, el aguacate, etcétera, y las plantas con estructuras ideales para recipiente (bules, xicapeztles, calabazos, lipos), aptas para vestido (algodón blanco o coyuchi), atractivas como ornamento o propicias para uso ritual o ceremonial (dalia, nochebuena, cempoalzóchitl, copales) y otras como delicadezas (vainilla y cacao) o estimulante (tabaco).

Ya parte de la gran diversidad de plantas que evolucionaron en nuestro país tienen cierta afinidad y aptitud para estos usos, pero sólo la mano, el conocimiento, la sensibilidad y la cultura de los grupos humanos, en una interrelación continua y prolongada, imprimen características tales a estas plantas que contrastan con lo que originalmente pudieran presentar en la naturaleza, proceso que conduce a su domesticación. El maíz es el máximo exponente de esta interacción, pues sus mazorcas y sus preciados granos precisan ser cultivados, cuidados y cosechados por la mano humana para que se perpetúe como especie cultivada, a diferencia de su ancestro silvestre -el teocintle, del cual domesticaron el maíz los antiguos mesoamericanos–, que a medida que se seca, tira los siete u ocho granitos que conforman su diminuta “mazorca” como parte de su condición natural de dispersión.

La acción humana, en diferentes niveles de manejo y usos que imprime a la diversidad de plantas del país, amplía el universo de aquellas asociadas con cierto grado de aprovechamiento. Así, existen especies de plantas que se recolectan o explotan para diferentes usos –como algunas medicinales, frutos silvestres, flores o follajes para ornato, leña y maderas–; otras que se toleran en los terrenos agrícolas, acahuales, solares y huertos para usos ocasionales o frecuentes –árboles de sombra, ornamentales, frutos comestibles, forrajeras–; otras que se fomentan o auspician, se les imprime cierto cuidado y protección, que favorecen la presencia de sus poblaciones sobre otras plantas –la gran mayoría de verduras autóctonas que genéricamente conocemos como quelites y algunas especies frutales–, y las que se siembran año con año y que dependen en su totalidad de la mano y el cuidado humano, como los principales cultivos de la milpa –maíz, frijol y calabaza–. Así, de las 20 mil a 30 mil especies vegetales que se conocen para México, cerca de un tercio (siete mil 461) tienen un uso reconocido, y de éstas dos mil 164 son comestibles (Mapes y Basurto 2016), y 120, en diferentes estados del proceso de cultivo y domesticación, son de gran importancia para la alimentación y la agricultura nacional y mundial (Perales y Aguirre 2008).

Parte de esta diversidad, sobre todo las especies cultivadas, se ha difundido a todo el mundo y la base de la economía agrícola, alimentación, industria y ganadería en varias regiones del orbe, sobresaliendo maíz, frijol, calabaza, chile, jitomate, cacao, vainilla, nopal, papaya, tabaco, por mencionar algunos. Y a la vez hemos recibido aportes muy importantes de plantas cultivadas de otras latitudes, de gran importancia en la alimentación y la agricultura nacionales como el trigo, el café, los cítricos y frutos de clima templado, entre otros.

En el proceso de manejo y domesticación de esta diversidad, han sido fundamentales las familias, las comunidades y las culturas. En las montañas y valles del centro, occidente del país, hacia las sierras y valles orientales, o las sierras y depresiones del sureste, en las mesetas, barrancos y planicies del norte, o en la plancha cárstica de la Península de Yucatán, los pueblos originarios que ahí se han desarrollado y comunidades mestizas del presente conservan, recrean y adecuan el gran legado de plantas, cultivos, conocimiento y usos en sus respectivos territorios como parte del patrimonio biocultural de los pueblos de México.

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