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Juan Bañuelos, el que escribía mañana
Hermann Bellinghausen
E

s el espigo que nunca condescendió, por eso nunca descendió. Juan Bañuelos soñó desde el principio escribir en las paredes atento a todas las piedras, fueran labradas por los antiguos mayas o simples piedras del camino. Sintió a la gente de su pueblo, cantó su ira. Como Efraín Huerta y cierto Rubén Bonifaz Nuño, es un poeta civil. Lírico pero rebelde, progresivamente experimental y libre de la debilidad de las vanidades, fue maestro de jóvenes. Se le puede clasificar de distintas maneras, ninguna completa. Con Jaime Sabines y Rosario Castellanos, es un poeta mayor de Chiapas. Con Jaime Augusto Shelley, Jaime Labastida y los tuxtlecos como él Óscar Oliva y Eraclio Zepeda se da a conocer en 1960 en La espiga amotinada. En 1965, Ocupación de la palabra los refrenda como grupo. A pesar de ellos mismos siguieron unidos bajo el nombre del primer libro colectivo, y por la escritura de aliento social que en su constancia practicaron. Pertenecen a la sólida generación poética de los años 1930, que va de Thelma Nava a José Emilio Pacheco e incluye a José Carlos Becerra, Gabriel Zaid, Sergio Mondragón, Marco Antonio Montes de Oca, Isabel Fraire, Francisco Cervantes y Hugo Gutiérrez Vega. Ellos legaron a la literatura mexicana libertad verbal, riqueza de imágenes y riesgo metafórico.

¡No estoy solo! Me llamo Juan/ y espiga lenta es mi boca, anuncia Bañuelos en un poema temprano; es joven pero ya siente su carbón hecho de ojos que han visto demasiado. La Espiga Amotinada es reacción inmediata a la revolución cubana, en una tradición literaria como la nuestra, más o menos formalista y de preferencia no política. Con voz más segura y madurada escribe en el segundo volumen del grupo: “Ya me cansé –¡qué bien!– de este fastidio./ Voy a agarrar a Juan de la camisa/ Y a ponerlo de pie/ En medio de la calle”. Siempre (pero no sólo) hablará de albañiles y protestas, guerrilleros, huelgas, Vietnam, pueblos indígenas; del hambre, el dolor y la muerte. Suyo es uno de los grandes poemas del 2 de octubre: No consta en actas. Después de 1994, como poeta y como hombre público Bañuelos se sumergirá en el levantamiento zapatista y las negociaciones de paz.

En 1976, La Espiga se enemistó con el establishment literario al aceptar el relevo de Plural a raíz de golpe de Luis Echeverría contra Excélsior. Fundada por Octavio Paz, Plural fue la primera revista cultural de alcance mayor, en buena medida gracias al respaldo del diario dirigido hasta entonces por Julio Scherer. La ocupación de la revista fue considerada, no sin razón, un acto oportunista que le engordaba el caldo a Regino Díaz Redondo, el rufián de la traición que marcó el nacimiento de un nuevo periodismo político y cultural aún bajo el régimen de partido de Estado. Jaime Labastida dirigió Plural 20 años más a pesar el resentimiento del establishment literario y distanciado del periodismo creado por Proceso, Vuelta y Unomásuno otros proyectos. No obstante, el segundo Plural acoge al exilio latinoamericano, difunde ideas y autores de izquierda y da foro a jóvenes como los iconoclastas poetas infrarrealistas, más célebres hoy que entonces. Allí publican reseñas Roberto Bolaño y Mario Santiago.

La conmoción de 1994 no deja incólumes a los tres espigos de Chiapas, pero mientras Zepeda deriva a secretario de Gobierno en un espurio gobierno priísta tras el fraude electoral de ese año, Bañuelos y Oliva (los poetas) se suman a la Comisión Nacional de Intermediación al lado del obispo Samuel Ruiz García y son literalmente el puente de la selva, arriesgándose a todo por el Tatic y los rebeldes indígenas. Juan coronará su obra de forma extraordinaria con Telar de la niebla (1997) y Nómadas de la aurora boreal (sobre la memoria maya, 2000), mientras el poeta nacional chiapaneco Jaime Sabines, priísta de hueso colorado, se permite declaraciones vergonzosas, y el secretario Zepeda se traga en silencio la construcción paramilitar que desemboca en las horrendas masacres de 1996 y 1997.

Esto lo estoy escribiendo mañana. En La Realidad, Oventic, Nixtalucum, Palenque, Chenalhó, Juan sigue siendo poeta cuando pone el pellejo para el traslado de los comandantes zapatistas a los diálogos de paz, o para llevar y traer mensajes. Correo de los bosques, descubre que los hombres sin rostro comen luz. Y se autorretrata: En su madurez vuela en avionetas, libra retenes, conduce el auto por caminos cinéreos de herradura, recorre a pie veredas y cañadas empapado de llovizna. Ahora, va y vuelve atragantado por antorchas de fuego y de palabras.