15 de abril de 2017     Número 115

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

Batallas en
el olimpo

Milpa vs. Maíz

El maíz se yergue altivo sobre las
seductoras redondeces de la calabaza, los
fajes rastreros del frijol y los ardores del picante. ¿Falócrata? ¡Que va! Lo cierto es que sin la compañía el talludo nomás no se halla.

Sabido es que desde tiempos inmemoriales el maíz se siembra entreverado con otras muchas plantas y también es notorio que la alimentación de los antiguos mexicanos era variada; diversidad que proveían la milpa, la recolección, la caza y la pesca. El maíz era importante pero no estaba solo ni en la parcela ni en la cocina. Sin embargo también es constatable que su relevancia como símbolo fue grande. Con todo, cabe preguntarse qué tanto énfasis ponía una cultura milpera como la azteca en el protagonismo simbólico del cereal. Prevalencia que después de la conquista y sobre todo en tiempos recientes se ha subrayado mucho, a mi juicio excesivamente.

Algunos hemos argumentado que, a diferencia de los cereales de clima templado que son monocultivos y se siembran al boleo, el maíz y los ecosistemas en que prospera convocan a un tipo de siembra plural y entreverada que no se maneja como las plantaciones sino como los jardines. Más que a la especialización, el maíz es proclive a los agrosistemas diversos y complejos. El maíz pide milpa. Y quienes lo domesticaron, a la par de otras muchas plantas y algunos animales, eran conscientes de ello.

Así las cosas, nuestra insistencia en personalizar en el cereal una cultura agrícola multicolor y sofisticada ¿no será un revelador lapsus occidental y moderno por el que pretendemos ver en el maíz lo que para otras culturas fue por ejemplo el trigo? Que por cierto tampoco era alimento único pero sí una siembra especializada. Y no, la analogía es impertinente porque los portentosos trigales no son milpas.

No es cosa nuestra, dirán algunos, ya los antiguos habían hecho del maíz una prima donna y hay de ello múltiples testimonios. ¿Será que los aztecas ya eran maicistas o será que somos nosotros los que tendemos a personalizar demasiado? Ante la duda me fui a las fuentes.

Lo primero fue verificar que en las viejas culturas agrícolas de otras regiones se rendía culto a las diversas plantas domesticadas y no a una sola. Y efectivamente en el antiguo Egipto se pensaba que Isis había descubierto el trigo y la cebada silvestres introduciendo esos cultivos entre su gente, mientras que su hermano Osiris encontraba la forma de emparrar la vid, pisar las uvas y hacer vino. Y de esta manera los divinos hermanos habían hecho agrícolas a sus pueblos y por ello eran venerados. En la antigua Grecia el culto era a Dionisos, patrón de los árboles cultivados, que había descubierto todos los frutales y en particular los manzanos y las higueras. Más tarde se lo concibió también como dios del cereal y “el fructificador” de la agricultura en general. Así, Isis, Osiris, Dionisos y otros dioses lo eran de la multiplicidad de los cultivos que daban sustento y alegría a sus pueblos y no de uno solo. Aunque a veces se los identificara ritualmente con uno, en el caso de Dionisos con la vid y el vino que se bebía en las fiestas.

De ahí es fácil derivar paralelismos, por ejemplo entre Osiris-Isis-Dionisos y nuestro Quetzalcóatl. Veamos. En los Anales de Cuauhtitlan y en La historia de los antiguos mexicanos por sus pinturas, queda claro que los aztecas creían vivir en la edad del quinto sol, el sol del movimiento, Nahui Ollín. Y aunque en los Anales… no se dice expresamente cuál era su alimento, en La historia… consta que los macehuales eran gente de maíz, gracias a que Quetzalcóatl sonsacó a la hormiga negra para que le mostrase el Tonacatepetl, el “cerro de nuestro alimento”, de donde éste tomó los granos del cereal que puso en la boca de los primeros hombres.

¡Ahí está!, somos “hombres de maíz” porque lo dice el mito y lo repitió Miguel Ángel Asturias. Pues sí y no. Porque Tonacatepetl es el cerro de todos nuestros bastimentos, no solo del cereal, pues de él viene el maíz de cuatro colores, pero también salieron de ahí el frijol, el amaranto, la salvia…

Pero ¿y qué hay con los ritos? No hay duda de que en ellos se celebraba al maíz y a su diosa Xilónen, en otros casos llamada Chicomecóatl y Chalchiuhcihuatl.

Para saber qué era realmente lo que ocurría en las festividades, tendré que remitirme a quienes, como Bernardino de Sahagún y Diego Durán, contaron con testimonios de primera mano.

Dice Sahagún en Historia general de las cosas de Nueva España, que Chicomecóatl era –como Ceres– la diosa de la tierra y la fertilidad y que “fue la primera que comenzó a hacer pan y otros manjares y guisados”, además de que nos dio las “yerbas medicinales” (Sahagún, 31). Sobre sus fiestas, “que se hacían en las calendas del cuarto mes, que se llamaba uey tozoztli” (Ibid., 102), dice que para prepararlas la gente iba a los campos de cultivo, “de donde traían cañas de maíz y otras yerbas” con que adornaban la figura de la diosa. Imagen a la que ofrendaban “harina de chía que ellos llamaban pinolli” y “maíz tostado revuelto con frijoles”. Es verdad que el centro del ritual eran las “mazorcas que tenían guardadas para semilla”, y que “muchachas vírgenes” llevaban al cu, al altar de Chicoquemecatl, “para que allí se hicieran benditas” (Ibid., 103). Pero de la multiplicidad de bienes agrícolas que de ella dependían no hay duda. Chicoquemécatl era la diosa “de los mantenimientos del cuerpo, para conservar la vida humana […] Decían que ella hacía todos los géneros de maíz, y todos los géneros de frijoles y cualesquiera otras legumbres para comer, y también todas las maneras de chía” (Ibidem). La diosa de la milpa, pues.

Por su parte, Durán, en Historia de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme. También nos habla de la “diosa Chicomecóatl llamada por otro nombre Chal- chiuhcihuatl que quiere decir piedra preciosa y por otro nombre Xilonen” (Durán 179) y que “era la diosa de las mieses y de todo género de simientes y legumbres que esta nación tenía para su sustento”. En su festividad bailaba una doncella que “al cuello tenía un collar de mazorcas de oro labradas a manera de mazorcas de maíz atadas en una cinta azul y en las manos sendas mazorcas de maíz contrahechas de pluma guarnecidas de oro” (Ibid., 180). La centralidad ritual del maíz es clara, pero en las ofrendas se muestra la multiplicidad de los dones que se le agradecían a la diosa. Ahí se ponían unas “sartas de mazorcas y de chiles y llenas de todo género de semillas […] y de ají, y calabazas y bledos […] dándole las gracias por el fruto y año fértil que había concedido al pueblo” (Ibid., 182). Es decir que le agradecían todos los dones de la milpa.

Y si vemos otros festejos, encontraremos siempre el empleo ritual de los diversos frutos del policultivo. “El sexto mes del año […] se celebraba etzalcualiztli que quiere decir día de comer maíz y frijol cocido”, ocasión en que se celebraban “los instrumentos de labrar las tierras como son las coas y los palos agudos con que siembran y las palas con que cavan la tierra y los mecapaltin con que cargan y los cacaxtle […] donde atan la carga […] este día ofrecían incienso ante ellos y hacían mil zalemas cantándoles y hablándoles” (Ibid., 282). En la fiesta a Hueytecuilhuitl se celebraba que había mazorca tierna (xilote), pero también “bledos y acederas, de las cuales hacían pan”, así como “sartas de ají verde”.

Los bledos, también llamados cenizos, es decir el amaranto, eran fundamentales en la dieta de los aztecas. Y también lo eran en sus ritos, en que su semilla molida y remojada a veces con sangre era empleada como masa para representar cosas divinas. Así en la fiesta de Chicomecóatl, en que se bendecían las semillas de maíz, “Hacían de masa [de semillas de amaranto] que llamaban tzoalli la imagen de esta diosa, en el patio de su cu, y delante de ella ofrecían todo género de maíz, y todo género de frijoles y todo género de chía porque decían que ella era la autora y dadora de todas aquellas cosas que son mantenimientos para vivir la gente” (Sahagún 78). “En el décimo tercer mes, que llamaban tepéilhuitl […] hacían fiesta a honra de los montes […] de los que hacían las imágenes en figura humana a cada uno de ellos de la masa que se llamaba tzoalli” (Ibid., 86), “a los que hacíanles los dientes de pepitas de calabaza y los ojos de unos frijoles que se llaman ayocatli” (Ibid., 89, ver también 134).

Pero el uso ritual más importante del amaranto era en la fiesta a Huitzilopochtli, “colibrí de la izquierda”, hijo de Coatlicue, dios de la guerra y divinidad principal de los aztecas. De ella dice Durán que en lo alto de su templo ponían una “jícara llena de masa” de amaranto de la que, después de incensarla con copal, “comían todos aquel día el pan hecho de aquel género de masa” (Durán 295). Más prolijos son los informantes de Sahagún, los cuales platican que en lo alto del cu “hacían la estatua de Huitzilopochtli”, “hacían sus imágenes de tzoalli, grandes como una persona” (Sahagún, 152, 153). Y en otro lugar precisa: “Así mismo dicen que aquel día cuando amasaba y hacía el cuerpo de Huitzilopochtli para celebrar la fiesta que se llamaba panquetzaliztli, tomaban semillas de bledos y las limpiaban muy bien […] y las molían delicadamente, y después de haberlas molido, estando la harina muy sutil, amasábanla, de lo que se hacía el cuerpo de Hutzilopochtli”.

Seguían otros ritos y sacrificios humanos, cumplidos los cuales “deshacían y desbarataban el cuerpo de Huitzilopochtli, que era una masa hecha de semilla de bledos, y el corazón de Huitzilopochtli tomaban para el señor o rey, y todo el cuerpo y pedazos que eran como huesos del dicho Huitzilopochtli lo repartían a los indios […] los cuales comían el cuerpo de Hutzilopochtli cada año […] Y los que comían decían que era el cuerpo de dios que se llamaba Teoqualo, y los que recibían y comían el cuerpo de Hutizilopochtli se llamaban ministros de dios” (Ibid., 187). Es decir que el amaranto era la carne del dios con la que los aztecas comulgaban. ¿No seremos, entonces, pueblos de amaranto?

Y qué decir del pulque, vino profano y sagrado que no podía faltar en ninguna fiesta. Se bebía octli o pulcre en la de Xiuhtecutli (Ibid., 37), en la de Omácatl (Ibid., 40), en la de Tlaltetecuin (Ibid., 41), en la de Opochtli (Ibid., 42), en la de Izquitecatl (Ibid., 91), en la de Teotleco (Ibid., 132), y así… Además, según el mito de los soles, los del quinto, los macehuales, somos hombres de maíz y de pulque. Y en efecto, por lo que se ve, los aztecas se la pasaban en el agua… en el agua de las verdes matas.

El portentoso texto etnográfico de Sahagún nos proporciona una minuciosa descripción de los trabajos agrícolas de los labradores (Ibid., 541) y de los hortelanos (Ibid., 542) y luego enlista los productos: maíz, frijoles, cenizos, ají, tomates, calabazas, papas, acedos, chía, jícamas, zapotes, guayabas, anonas, mameyes, ciruelas, tunas… además de pulque y miel (Ibid., 549-560). Por su parte, al relatar la llegada de los mexicanos a Tenoxtitlan, Durán nos dice que lo primero que hicieron fue construir el templo y “lo segundo que hacían, en acabando de edificar el tabernáculo, […] era luego sembrar maíz de riego y de temporal, chile, que es la pimienta que ellos comen, y todas las demás legumbres que usan en su sustento” (Durán, 20). Es decir que en llegando hacían milpa.

No tiene ningún chiste ratificar lo sabido, que en sus siembras y alimentos los aztecas eran un pueblo milpero. Lo que los cronistas me permiten confirmar es que también en sus mitos y ritos el maíz aparecía siempre acompañado del amaranto, los frijoles, la calabaza, el chile, los tomates, la chía… y claro el pulque. Sin duda el maíz era muy destacado, pero no más que el amaranto del que estaba hecho el cuerpo de los dioses. Mi conclusión es que también en lo que toca a su mundo simbólico los aztecas eran un pueblo milpero.

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Pero ¿y los otros mesoamericanos? En cuanto a los mayas, no hay duda de que hacían milpa y de que la celebraban. Un ejemplo recogido por Jean de Vos, en La batalla del sumidero. Historia de la rebelión de los chiapanecas 1525-1534, nos habla de su variedad alimentaria, registrada en su forma de medir del tiempo. Así, están relacionados con comestibles los nombres de algunos de los 18 meses del calendario de los antiguos chiapanecos: numaha ñumbi: en que se siembra el maguey (24 de junio); numaha mundju: cuando se siembra el chile (23 de agosto); numaha catani: fin del agua, principio del maíz (12 de septiembre); numaha manga: se cría el pescado (2 de octubre); numaha haome: baja el río y retorna el pescado (22 de octubre); numaha mua: se siembra el camote (21 de diciembre); numaha cupamé: madura el coyol (11 de marzo); numaha puri: madura el jocote (31 de marzo) (De Vos, 29, 30). Lo que nos habla de que la diversidad milpera no sólo es virtuosa en el espacio por facilitar la simbiosis entre múltiples organismos preservando la fertilidad de los suelos, sino que también es virtuosa en el tiempo por distribuir racionalmente a lo largo del año los trabajos y los alimentos. Cosa que no sucede con los monocultivos, incluido el del maíz, que concentran esfuerzo y producto.

Completa la cornucopia chiapaneca el testimonio de fray Tomás de la Torre, que visitó la región en 1545: “Cogen cacao dentro de su tierra. Siembran [maíz] dos veces al año […] hay grandísima abundancia de los frutos de la tierra, piñas, plátanos, jícamas, camotes, aguacates, ciruelas y todo lo demás…” (Ibid., 30).

En el Popol Vuh, libro sagrado de los antiguos quiché, se habla del maíz, pero también de la milpa en cuanto tal. Así al apersonarse con su madre y su abuela, Hunahpú e Ixbalanqué, hermanos menores de los héroes culturales Humbatz y Hunchouén, lo primero que hacen es milpa. “Comenzaron entonces sus trabajos, para darse a conocer ante su abuela y ante su madre. Lo primero que harían era la milpa. Vamos a sembrar la milpa abuela y madre nuestra, dijeron” (Popol Vuh, 69, 70). Y más tarde, dialogando con un ratón, enumeran los frutos de su trabajo “Esta será la comida: el maíz, las pepitas de chile, el frijol, el pataxte, el cacao…” (Ibid., 73).

Más adelante se expone en el Popol Vuh el mito cosmogónico –compartido con variantes por todos los mesoamericanos– que nos hace hombres de maíz. Ahí se dice que Tepeu y Gucumatz, los “Progenitores”, los “Creadores” enviaron al coyote, al gato montés, a la cotorra y al cuervo para que indicaran el camino de Paxil, lugar donde están las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas. Y de ellas fueron hechos los primeros hombres: “De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre” (Ibid., 103).

Pero en el mismo sitio y de inmediato, el Popol Vuh nos habla de la diversidad alimentaria fundacional: “Y de esta manera se llenaron de alegría porque habían descubierto una hermosa tierra llena de deleites, abundante en mazorcas amarillas y mazorcas blancas, y abundante también en pataxte y cacao, y en innumerables zapotes, anonas, jocotes, nances, matasanos y miel. Abundancia de sabrosos alimentos había en aquel pueblo llamado Paxil y Cayalá” (Ibid., 104).

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Un pueblo milpero celebra la milpa: la representa, la canta, la baila, la invoca, la honra, le hace sacrificios. Y, qué duda cabe, la milpa era parte central del mundo simbólico de los antiguos mesoamericanos. Ahí estaba el maíz, claro. Pero siempre acompañado. Que no son menos que él el amaranto, el frijol, el chile, la calabaza, la chía, el pulque… La lección es que la virtud y la felicidad están en la buena compañía, en el bullicio polifónico. La exaltación de las individualidades preponderantes, de la uniformidad y del monólogo es occidental y moderna. No le atribuyamos al maíz un protagonismo excluyente que no tenía. Hagamos milpa.

Bibliografía: Bartra. Armando (coordinador). Haciendo milpa. Diversificar y especializar: estrategias de organizaciones campesinas. Itaca, México, 2014. De Sahagún, Bernardino. Historia general de las cosas de Nueva España, Porrúa, México, 2016. De Vos, Jean. La batalla del Sumidero. Historia de la rebelión de los chiapanecas, 1525- 1534, a través de testimonios españoles e indígenas. Instituto Nacional de Industria, México 1990. Durán, Diego. Historia de las indias de Nueva España e islas de tierra firme. Valle de México, México, 1974. Frazer, James George. La rama dorada. FCE, México, 1979. León Portilla, Miguel. Los antiguos mexicanos. FCE, México, 1977. Popol Vuh. FCE, México, 1979.

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