15 de abril de 2017     Número 115

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Suplemento Informativo de La Jornada

Cambio climático y degradación ambiental, combinación peligrosa para el campo

Francisco José Gómez Marín Biólogo, docente investigador del Instituto Tecnológico Superior de San Andrés Tuxtla  fjgmedith@hotmail.com


Degradación y urbanización de orillas y contaminación de agua por descargas de aguas residuales en la microcuenca de Xoteapan, en Los Tuxtlas.
FOTO: José Gómez Marín

El calentamiento global se refiere al aumento del promedio de la temperatura de la Tierra debido a los gases de efecto invernadero (GEI). Éstos son resultado de las emisiones por la quema de combustibles como el petróleo y la madera, así como por la quema y descomposición de residuos, los incendios forestales (la mayoría provocados por el hombre) y la degradación de los suelos por la ganadería y agricultura.

Los climas en la Tierra han sufrido variaciones de origen natural (sin una intervención del hombre) a lo largo de la historia del planeta. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) indica que se ha demostrado con un 95 por ciento de seguridad que la actividad humana provoca enormes emisiones de GEI, que son la causa dominante del calentamiento observado desde mediados del siglo XX. Esto ocasionará alteraciones del clima en muchos lugares del planeta.

Se prevé aumentos en la frecuencia e intensidad de desastres naturales por fenómenos hidrometeorológicos, como inundaciones, deslaves, sequías y huracanes, que ocasionarán pérdidas de vidas humanas, económicas y productivas; afectación a infraestructuras y servicios; enfermedades, y daños a la salud, lo cual vulnerará la seguridad y suficiencia alimentaria. El sector agropecuario es uno de los que más impactan y contribuyen al cambio climático, pero también será uno de los más impactados por él. Este sector es responsable de 14.5 por ciento de las emisiones de GEI a nivel mundial y de 12 por ciento de las de México. La ganadería representa casi la mitad del sector, y destaca el ganado bovino como el principal emisor de GEI.

En la región de Los Tuxtlas (330 mil hectáreas), en Veracruz, predomina una ganadería extensiva y poco tecnificada. La deforestación regional alcanza alrededor de 80 por ciento de su superficie, y en la Reserva de la Biosfera Los Tuxtlas (155 mil 122 hectáreas) la deforestación alcanza alrededor de 70 por ciento de su selva. Actualmente permanecen sólo unas 40 mil hectáreas de selva y vegetación secundaria muy fragmentadas.

Pero la responsabilidad y contribución de la ganadería de Los Tuxtlas al cambio climático es compartida con los consumidores de su carne y leche. Si evitamos el consumo excesivo de carne y leche, y si fuéramos más exigentes al consumir productos menos dañinos con el ambiente, como los orgánicos certificados, podríamos empezar a promover un cambio que disminuya el impacto del sector ganadero en el cambio climático.

Para ello se requiere capacitación de los ganaderos en mejorar sus prácticas y técnicas: rotación de potreros, sistemas silvopastoriles, alimentación y sanidad. La mejor alimentación del ganado puede reducir sus emisiones de GEI, pues alimentos poco digeribles provocan mayores emisiones de GEI del sistema digestivo de los animales. Hay que apoyar y dar incentivos a la restauración y protección de manantiales y corrientes de agua para evitar que sean pisoteados y contaminados por el ganado. Afortunadamente son muchos los ganaderos que mantienen abundantes manantiales y arroyos con algún grado de protección del ganado. Otros no ponen cuidado y tratan de aprovechar el terreno al máximo sin respetar la vegetación a orillas de los arroyos y provocan su sobrecalentamiento, enturbiamiento del agua y contaminación por las excretas del ganado, lo que implica riesgos sanitarios para la población que vive aguas abajo.


Suelos en Los Tuxtlas degradados y erosionados por causa de la ganadería

El ganado bovino también impacta con su pisoteo provocando compactación del terreno, por lo que disminuye la infiltración de agua en el suelo y aumenta la escorrentía o agua que corre en superficie por las laderas de los numerosos cerros volcánicos de la región. Se altera el régimen hídrico de los ríos provocando crecidas de caudal e inundaciones más graves cuando llueve y baja su caudal demasiado, como si fuera estiaje, poco después. Sin un suelo que actúe como esponja, sin vegetación y bosque protector que absorban el agua y la liberen poco a poco, los picos de escorrentía son más fuertes y las crecidas de las corrientes causan más erosión y deslaves, especialmente en lugares donde el suelo se encuentra ya degradado por la actividad agropecuaria.

Los agroquímicos, herbicidas, plaguicidas y fertilizantes agropecuarios también generan contaminación de los suelos y afectan a diferente nivel a la mayoría de los ecosistemas. Los ecosistemas acuáticos son especialmente afectados por los fertilizantes que provocan la eutrofización, que consiste en un exceso de nutrientes, fósforo y nitrógeno principalmente, que generan un crecimiento desmesurado de algas que los utilizan como nutrientes. Esas algas dificultan el intercambio de oxígeno del agua con el aire y acaban descomponiéndose consumiendo el oxígeno en el agua, provocando la muerte de peces y organismos acuáticos.

En Los Tuxtlas la eutrofización proviene sobre todo de las descargas de aguas residuales urbanas. Por la falta de infraestructuras y servicios urbanos (agua entubada, drenajes), mucha gente se estableció cerca de los ríos para tener un suministro de agua, pesca, un lugar de baño y recreación. Pero se vio el río como el lugar donde deshacerse de los residuos sólidos y líquidos. Hoy sólo los más mayores recuerdan la vida, alimentos, frescura, placer y recreación que les proporcionaban los ríos.

Cada vez más comunidades, y con mayor frecuencia e intensidad, enfrentan problemas de disponibilidad y calidad de agua. Se requiere un cambio de conciencia y actitud que implique la colaboración y participación de las comunidades, los diferentes sectores productivos y el apoyo de las instituciones y autoridades en establecer políticas para una mejor planificación y ordenamiento del territorio, de las infraestructuras y servicios y la reconversión de las actividades productivas, que sean más amigables y cuidadosas con el sistema suelo-agua. No es posible cuidar el agua si nos olvidamos del suelo y la vegetación. Entendiendo y reconociendo estas relaciones, podremos estar en mejores condiciones de adaptarnos para no ser tan vulnerables ante el cambio climático.

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