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Ver día anteriorLunes 17 de abril de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Quién nos manda
F

ue en uno de esos lugares de mala muerte. No faltaban sillas, había muchísimas, si no es que demasiadas. Y mesas, aunque no tantas. Unas y otras de la clase chafa, las que regalan las cerveceras y refresqueras, de plástico blanco, todas tembeleques, que se vencen o quiebran luego luego. Te sientas bajo tu propio riesgo. El local era inmenso, un galerón de piso húmedo de cemento. Desde la pista los cuatro muros quedaban igualmente lejos. Que se notara el mobiliario iba en proporción inversa a la afluencia de clientes, descontando las mujeres que trabajaban de fijo y los meseros, discretos fantasmas de chaleco negro, blusa blanca y corbata de moño. Transcurría una noche floja en un lugar de quinta, y si encallamos allí se debió a la necedad de andar de argüenderos pegados a los primos de Alfredo y sus cuates por no tener mejor cosa que hacer esa noche de viernes.

–¿Vienen o qué? –dijo al pasar el mayor de los primos, el líder. Estábamos Alejandro, el Butch y yo sentados en la jardinera del parque en la unidad, aburriéndonos a la tercera cerveza. Así que por qué no, y nos les pegamos. Vaya ocurrencia. Nos dejamos marear por la euforia de poderío que irradiaban los primos de Alfredo, parecían los que se disponen a conquistar el mundo.

Ya de fuera el antro daba mala espina, con patrulla mal estacionada enfrente, ociosa, y más saca borrachos que clientela en la zona de la cadena. Adentro, un aire enrarecido o eso sentí, y música de lo más mala. Pero ya encarrerados. El galerón penumbroso no estaba lleno, ni lo estaría. Un güey interceptó a los primos de Alfredo y dijo en mal pedo aquí se esperan. Butch y yo nos hicimos los desentendidos como si viniéramos por nuestra cuenta y nos encaminamos a la pista iluminada y pintada de verde claro. Había mujeres bailando solas. A un metro de ingresar al círculo de luz y piso verde para una poca de diversión, el mismo mamón de antes, debió venir siguiéndonos, nos marcó el alto y suplicó encarecidamente que no quisiéramos verle su cara de pendejo, Butch preguntó que por qué y mientras nos rodeaban otros cinco güeyes salidos de la penumbra, el que daba las órdenes dijo vi con quién llegaron, y nos rebotó al rincón a esperar.

–¿Qué esperamos? –llegué preguntándole al primo grande. Contrariado, pero aplacadito, como uno que vino por lana y sale trasquilado, contestó:

–Se trata de un malentendido. Esta gente.

Apretó los labios, giró la cabeza no, no, no, sin terminar la frase. Más que miedo, su fatalismo y el prospecto de la espera me dieron una güeva espantosa.

–Si mejor cambiamos de congal –dijo Butch con sensatez. La respuesta vino de uno de los cadeneros que nos vigilaban semiocultos en la oscuridad:

–La indicación es que van a esperar, escuincles.

Nos arrinconaron lejos de la puerta y pudimos sentarnos. Nos negaron el servicio, así que secos y apañados. Con esos modos de tratar a la gente no sorprendía que les faltara clientela.

–Aquí no se paran ni las moscas –quise hacerme el gracioso.

–Nos paramos nosotros, pendejito.

Era clara en el tono de voz la autocrítica del mayor de los primos de Alfredo, cosa que siempre aprecié en él. Esa vez no me cayó en gracia. Así que esperamos. Pasaron horas. Y horas. Las mujeres bailaron solas, o no, hasta cansarse; tenían rato de haberse ido a dormir cuando cantaron unos gallos.

–¡Ah, chingá, gallos! –rompió Butch el silencio del grupo, los demás adormilados. Y digo, sí, era raro en medio de Tlanepantla, fábricas, tiendas, bulevares, estacionamientos y congales, ni que fuera La Marquesa, quiquiriquí.

Los primos de Alfredo, todos ellos, se habían dormido dispersos en distintas mesas chafas. Me tocó despertarlos, vámonos, no hay nadie, los dejaron plantados. Dije los porque no me sentía incluido, aunque sí perjudicado. El mayor preguntó: ¿de veras?, y se paró como resorte.

–De todas maneras hay que seguir esperando –dispuso, y jaló otra vez la silla. Butch le clavó los ojos como cuchillos y yo me acuerdo que pensé no vuelvo a acompañarlos.

A media mañana llegaron los de limpieza, preguntaron qué hacíamos allí y nos echaron. A esperar a su casa, culéis, se rieron. Yo quedé esperando que los primos de Alfredo nos explicaran algo, pero es la fecha que nada.