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¿La Fiesta en Paz?

Fragmentos de un discurso al alimón de Pablo Neruda y Federico García Lorca sobre Rubén Darío

C

uando taurinos y antis se esmeran en abolir la fiesta de los toros, convirtiéndola en lastimosa pantomima para figurines a pie y a caballo, pretexto de animalistas y rehén de politicastros, vale la pena recordar a dos seres humanos inspirados y pensantes que, valiéndose de añeja suerte del toreo, bordaron este bello diálogo, en Buenos Aires en 1934, para honrar al inmenso poeta nicaragüense y universal que bautizara al toro de lidia como bello rey de astas agudas.

Neruda: Señoras…

Lorca: Y señores: Existe en la fiesta de los toros una suerte llamada toreo al alimón, en que dos toreros hurtan su cuerpo al toro cogidos de la misma capa (…).

N. Nosotros vamos a establecer entre vosotros un muerto, un comensal viudo, oscuro en las tinieblas de una muerte más grande que otras muertes, viudo de la vida, de quien fuera en su hora marido deslumbrante (…)

L. (…) lanzar un gran nombre sobre el mantel, en la seguridad de que se han de romper las copas, han de saltar los tenedores, buscando el ojo que ellos ansían, y un golpe de mar ha de manchar los manteles. Nosotros vamos a nombrar al poeta de América y de España: Rubén…

N. Darío. Porque, señoras…

L. Y señores.

N. ¿Dónde está, en Buenos Aires, la plaza Rubén Darío?

L. ¿Dónde está la estatua de Rubén Darío?

N. Él amaba los parques. ¿Dónde está el parque Rubén Darío?

L. ¿Dónde está la tienda de rosas de Rubén Darío?

N. ¿Dónde está el manzano y la manzana de Rubén Darío?

L. ¿Dónde está la mano cortada de Rubén Darío?

N. ¿Dónde está el aceite, la resina, el cisne de Rubén Darío?

L. Rubén Darío duerme en su Nicaragua natal, bajo su espantoso león de marmolina, como esos leones que los ricos ponen en los portales de sus casas.

N. Un león de botica, a él, fundador de leones, un león sin estrellas a quien dedicaba estrellas.

L. Dio el rumor de la selva con un adjetivo (…) hizo signos estelares con el limón (…) nos puso el mar con fragatas y sombras en las niñas de nuestros ojos y construyó un enorme paseo de gin sobre la tarde más gris que ha tenido el cielo (…)

N. Merece su nombre rojo recordarlo en sus direcciones esenciales con sus terribles dolores del corazón, su incertidumbre incandescente, su descenso a los hospitales del infierno, su subida a los castillos de la fama, sus atributos de poeta grande desde entonces y para siempre imprescindible.

L. Como poeta español, enseñó en España a los viejos maestros y a los niños, con un sentido de universalidad y de generosidad que hace falta en los poetas actuales. Enseñó a Valle-Inclán y a Juan Ramón Jiménez y a los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre en el surco del venerable idioma (…) no había tenido el español fiestas de palabras, choques de consonantes, luces y formas como en Rubén Darío (…)

N. Lo trajo a Chile una marea, el mar caliente del Norte, y lo dejó allí el mar, abandonado en esa costa dura y dentada, y el océano lo golpeaba con espumas y campanas, y el viento negro de Valparaíso lo llenaba de sal sonora. Hagamos esta noche su estatua con el aire de esta sala, atravesada por el humo y la voz y por las circunstancias y por la vida, como está su poética magnífica atravesada por sueños y sonidos.

L. Sobre esta estatua de aire yo quiero poner su sangre como un ramo de coral agitado por la marea, sus nervios idénticos a la fotografía de un grupo de rayos, su cabeza de minotauro, donde la nieve gongorina es pintada por un vuelo de colibrís, sus ojos vagos y ausentes de millonario de lágrimas (…) Fuera de normas, formas y escuelas queda en pie la fecunda sustancia de su gran poesía (…).