Opinión
Ver día anteriorViernes 19 de mayo de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Elena Poniatowska
Eduardo Vázquez Martín*
T

endría diez años cuando apareció en casa La noche de Tlaltelolco. Desde los primeros días, el libro adquirió vida propia, pasaba de mano en mano y aparecía en todas la habitaciones. Yo miraba con horror infantil las fotos: el niño con el balazo en el pecho, los estudiantes en la morgue, las culatas de los soldados, los jóvenes tras las rejas. Aún recordaba la tarde del 2 de octubre: gris, lluviosa. Y la noche que vendría después, poblada de los silencios y angustias de mi madre, las noticias de la matanza que llegaban poco a poco, a retazos, con el sonido estremecedor del teléfono, y mi padre que no vendría a dormir, atrapado en un departamento del multifamiliar, sin alcanzar a llegar a la Plaza de las Tres Culturas y sin atreverse a salir en medio del cerco del ejército.

La noche de Tlaltelolco ensambla las historias y arma el rompecabezas de aquellos días. Apenas tres años después de la masacre era posible acercarse a los hechos, pero no desde la interpretación histórica, política o ideológica, sino desde los testimonios de los protagonistas. Todo mundo sabe que un libro convoca a otros libros, así que tras La noche de Tlaltelolco, he visto aparecer, aquí y allá, Fuerte es el silencio, El tren pasa primero, Nada nadie, Tinísima, Leonora, Dos veces única… En las páginas de los libros y artículos de Elena habita Rubén Jaramillo y las luchas agrarias, Demetrio Vallejo y los trabajadores ferrocarrileros, Rosario Ibarra de Piedra y los desaparecidos, la triste relación de Angelina Beloff y Diego Rivera, el amor trágico de Tina Modotti y Julio Antonio Mella, el romance de Leonora Carrington y Renato Leduc, o la desgarradora relación de Lupe Marín y Jorge Cuesta. En su obra encontramos a una mujer en medio de la Revolución Mexicana (Hasta no verte Jesús mío) y a una muchacha en la ciudad de México de los años cuarenta (Flor de Lis); en su prosa se escucha la voz de damnificados y rescatistas de los sismos del 85, de luchadores sociales, artistas e intelectuales. Por eso el endecasílabo que le dedica José Emilio Pacheco es tan preciso: Es demasiado México el vivido, porque el trabajo de esta escritora nos permite entender una parte significativa de México desde una mirada poderosa y conmovedora. Quizá por eso Poniatowska es uno de los personajes más queridos de la cultura mexicana: porque ha hecho legible nuestra realidad, nos ha revelado sus múltiples sentidos a través del laborioso trabajo de recoger la voz de muchos otros desde una conciencia creativa y un respeto absoluto por el oficio literario.

¿Podemos imaginar el trabajo periodístico en el México contemporáneo sin la presencia tutelar de Elena Poniatowska? Desde luego que no; si muchos escritores y periodistas se proponen hoy entender el drama que atraviesa nuestro país, es en parte porque se han encontrado con esos libros vivos que aparecen en el camino de nuestras existencias, humanizando la lectura de la historia, reivindicando a los rebeldes y sus forma de lucha y resistencia frente al abuso del poder. En la prosa y la perspectiva periodística de Poniatowska está una parte importante del origen de la respuesta del gremio periodístico nacional ante la barbarie y su valiente opción por las víctimas. Es esa voz colectiva la que mantiene viva la dignidad de México, una voz amenazada que muchos poderosos y criminales quieren silenciar.

Por eso y mucho más celebramos que Elena Poniatowska cumpla años entre nosotros: porque su instinto periodístico está fundido a su responsabilidad ética, porque el amor y el reconocimiento que la rodea es ejemplo e inspiración de las nuevas generaciones de escritores y periodistas que no van a someterse al miedo ni a la violencia, y que como ella nunca van a callar.

* Secretario de Cultura de Ciudad de México