Cultura
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Las armas del viento
Carlos Montemayor
 
Periódico La Jornada
Martes 13 de junio de 2017, p. 5

3

Canto ahora el viento que inunda ardiendo a otros cuerpos
y a través de nosotros destierra,
mas retiene confusamente unidos,
hundiendo una pequeña daga de alarmas e impaciencia.
Que no invade la ventana en que observas
el paso de otras vidas sobre tu vida y tu piel:
eres una memoria de sangre y rostros que llegan a mí,
cuerpos ardiendo en el olvido y que no se consumen
como esta hora sin sitio
que destierra y desata, absorbe y sana.
Es el viento que se remonta despertando más allá de nosotros,
en la paciencia inconstante de las noches.
Ahora, vuelvo a recibir tu aliento.
Viene, llega este tu amor a través
de cuerpos semejantes a los nuestros
y ya en tus ojos nos hace mirar lo mismo,
en el impaciente pecho nos hace desear lo mismo.
Es el aliento que entibiará los mismos lugares
cuando abracemos la tierra que ahora nos sostiene;
que a través de otras noches, de otros años,
llegará hasta nuestros siguientes cuerpos,
persistirá en nuestras siguientes vidas,
amándote con esta caricia, con esta piel que no seré yo,
besando otra vez tus ojos, tus manos,
el tibio cuerpo que no serás tú.
Y en nuestra habitación, junto a los ríos,
en el lecho de hotel, en escondrijos,
en solitarias calles: ramas, árboles
donde este viento de amor se enreda y gime,
es viento que nos enlaza y nos comunica
más allá de los pensamientos y fracasos,
de las mentiras y masacres;
viento sin centavos, viento sin ropa, sin nombre,
que nos hace miserables y poderosos,
viento en que el muchacho se estrellla en un cuerpo olvidado y envejecido
que lo acoge,
viento en que la muchacha encuentra la primera caricia que la aprisiona
y la descubre,
viento en cuya certeza podemos sentir que somos uno,
decir que somos uno:
luminosa, opaca, distante, envejecida, tibia,
pero luminosa, carne irremplazable.