Opinión
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François Houtart y los ojos de los oprimidos
Luis Hernández Navarro
F

rançois Houtart era una de esas personas con las que uno disfruta coincidir en seminarios, congresos y viajes. Y es que, en esos encuentros, el sacerdote belga, además de escuchar con atención e interés a los otros, haciéndoles sentir que lo que decían era importante para él, compartía de manera amena y natural sus ricas vivencias y reflexiones sobre los más disímbolos procesos de transformación política en el mundo.

Houtart, a un tiempo sencillo y sabio, modesto y amable, conocía de primera mano, a profundidad y desde abajo, lo que sucedía en, al menos, la mitad del planeta. Fue testigo presencial de acontecimientos claves como el Concilio Vaticano II, investigador riguroso de la realidad religiosa y social de múltiples naciones, guía e inspirador de innovadores estudios sociales (junto a Samir Amin y Pablo González Casanova), y amigo o mentor de más de una veintena de líderes políticos, sociales y religiosos (desde Karol Wojtyla hasta Camilo Torres, pasando por Amílcar Cabral y Sergio Méndez Arceo).

Su comprensión de la complejidad social era deslumbrante. Era una verdadera biblioteca viviente, no sólo por los libros que había leído, sino por la vastedad de sus experiencias y su deseo de comprender. No en balde escribió más de 50 libros. No había aún cumplido los 40 años y ya había viajado por Estados Unidos y Canadá, casi todo América Latina, Europa Occidental, un buen número de países de África y de Asia. Lo mismo desentrañaba el misterio de la resistencia musulmana al fundamentalismo islámico en Indonesia, que la plaga de los agrocombustibles o las vicisitudes del movimiento indígena en Ecuador.

Nacido en Bruselas en 1925, en el seno de una familia burguesa, aristocrática y clerical, asumió la vida como servicio a los otros. El mayor de 14 hermanos, a los 10 años descubrió su vocación al sacerdocio y su disposición misionera. Renunció a la pompa clerical e hizo voto de pobreza: no tuvo bienes propios, cedió su herencia, vivió con el salario que recibía y no acumuló capital alguno.

Nunca fue a la escuela primaria. Cuando entró al seminario lo hizo no con la idea de seguir una vida religiosa, sino para cumplir un cometido: ponerse al servicio de la búsqueda de la justicia en regiones lejanas. En 1949 se ordenó sacerdote. De allí pasó a Lovaina a estudiar ciencias sociales y políticas. Militante de la resistencia belga contra la ocupación nazi en el Ejército Secreto, en 1944 participó en la voladura de un puente sobre el río Dender. En su bicicleta transportó la dinamita y los detonadores para la operación.

Activista de la Juventud Obrera Católica entre finales de los años 40 y principios de los 50, encontró en esta organización una escuela donde descubrió la realidad social y aprendió una pedagogía. Fue una fuente definitiva en su preocupación social. El método de ver, juzgar y actuar le acompañó toda la vida. A su lado, descubrió la situación de los obreros y se desvaneció la imagen del socialismo como demonio.

En un primer momento, Houtart se consideraba un sacerdote sociólogo, pero después pasó a verse a sí mismo como un sociólogo sacerdote. Acostumbraba a decir que si conservaba la fe se debía a que era sociólogo. En una era de ecumenismo se trata de vivir con esas ambigüedades, mientras se persigue lo esencial del evangelio.

Pese a que en su juventud veía al comunismo como un sistema cuya expansión había que frenar, terminó por reconciliar el socialismo con la fe cristiana. Sus estudios de doctorado y sus experiencias de finales de la década de los 60 del siglo pasado lo condujeron a la utilización de un enfoque sociológico y un método de análisis marxista. La fe cristiana lo llevó al análisis marxista y el marxismo lo ayudó a conservar su fe. Contra viento y marea, reivindicó que no había contradicción entre la adopción del análisis de la sociedad de Marx y su adhesión religiosa. Lamentaba sí, el que los países socialistas hubieran adoptado el ateísmo como religión de Estado.

En el materialismo histórico encontró dos herramientas básicas: primero, un instrumento adecuado para leer las sociedades con la mirada de los oprimidos, lo que consideraba una exigencia de fidelidad a la opción cristiana; y, segundo, un enfoque para relativizar tanto el papel de la institución eclesial, como la función ideológica del cristianismo en la historia.

La muerte nunca fue para François un gran problema o causa de temor. Decidido a vivir el presente con la mayor intensidad posible, para él la muerte era un evento natural, parte de la vida, una transición, cuyo sentido estaba determinado por la trayectoria que cada quien ha seguido. Para Houtart, lo que la existencia futura podía ser no era una certeza sino una esperanza, una apuesta, en la que lo central era la coherencia con la manera de vivir un proyecto global. A él, su fe le ayudaba a vivir con plenitud y esperanza el momento de su muerte.

En el espléndido libro El alma en la tierra. Memorias de François Houtart, publicado por el Instituto Cubano del Libro, Carlos Tablada resume en dos ideas-fuerza la trayectoria del sacerdote belga que se vivía como latinoamericano: lealtad a su fe y al ideal de justicia social. Con ellas vivió hasta el último momento.

A François la fe cristiana lo orientó en la búsqueda de las causas de la injusticia y del análisis de los mecanismos de apropiación de las riquezas del mundo por una minoría. Guiado por su experiencia, encontró que la lógica del capitalismo ha llevado a la humanidad y al planeta a la destrucción, y que es necesario cambiar los paradigmas del desarrollo humano. Y este saber reforzó su convicción de que el mensaje al que él fue fiel es trascendental a la emancipación y liberación de los seres humanos.

Así, mirando desde abajo, buscando un instrumento adecuado para leer las sociedades con los ojos de los oprimidos, François Houtart, viajero incansable, vivió y murió. Lo vamos a extrañar.

Twitter: @lhan55