Opinión
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¿Y el seguro de desempleo?

OCDE: ¿qué fue del Pacto?

Economía: ¿mala suerte?

E

n aquella faraónica presentación en sociedad del denominado Pacto por México (2 de diciembre de 2012), los abajo firmantes pomposamente anunciaron (compromiso número 4) la creación de un seguro de desempleo (federal) que cubra a los trabajadores del sector formal asalariado cuando pierdan su empleo, para evitar un detrimento en el nivel de vida de sus familias y les permita buscar mejores opciones para tener un crecimiento profesional y patrimonial.

A estas alturas el único que oficialmente mantiene el puesto es Enrique Peña Nieto, porque de los otros abajo firmantes nadie se acuerda –a menos de que se trate de algún negocio cochino– y no pocos de los testigos de calidad ahora están presos, prófugos de la justicia o tienen abiertas averiguaciones judiciales en su contra. Y junto a esa bella fotografía de la clase política mexicana –que de prometer todo prometió, y en la misma proporción ha incumplido–, otro que se mantiene prófugo, pero de la justicia social, es… el seguro de desempleo.

Claro está que los abajo firmantes y sus borregos en San Lázaro hicieron como que hacían y hasta se animaron a decir que serían los propios trabajadores quienes financiarían sus seguros de desempleo (vía cuenta de vivienda en la Afore). Pero hasta allí quedó la cosa. Es la fecha en la que México se mantiene como el único país integrante de la OCDE sin esa prestación social, y a pesar de que todas las indicaciones de ese organismo son seguidas al pie de la letra por el gobierno mexicano, la relativa a dicha cobertura ha sido bateada una y mil veces más.

Así, por enésima ocasión la OCDE hace un llamado al gobierno mexicano para que cree un seguro de desempleo, en el entendido de que a pesar de una reciente recuperación de la productividad, el crecimiento no ha sido lo suficientemente inclusivo como para lograr mejores condiciones de vida de muchas familias mexicanas. El mercado de trabajo mexicano presenta una puntuación baja en comparación con otras economías de la organización, en términos de calidad de los ingresos, así como diferentes medidas de inclusión relacionadas con la desigualdad de ingresos, la igualdad de género y la integración de grupos desfavorecidos.

Y algo más: México se ubica en la parte más baja del grupo de países que pertenece a la OCDE en cuanto a la calidad de los ingresos, una medida que expresa la cantidad devengada por hora. Aquí, la percepción es alrededor de una cuarta parte del promedio para las naciones del organismo (La Jornada, Roberto González Amador).

Sin embargo, la OCDE resulta extremadamente generosa al asegurar que en nuestro país el crecimiento no ha sido lo suficientemente inclusivo. De hecho, si se considera la sólida información de la Cepal (reseñada en este espacio el pasado 31 de mayo), México es el campeón de la desigualdad en la región más desigual del planeta, que no es otra más que América Latina y el Caribe.

¿Por qué? El organismo regional documenta lo siguiente: “alrededor de 320 mil familias (menos de un millón 250 mil personas, algo así como 1 por ciento de la población total) concentran 33 por ciento de la riqueza nacional y cerca de 3 millones 200 mil (12 millones y medio de personas, 10 por ciento adicional) 66 por ciento. La microscópica diferencia restante se distribuye –inequitativamente, también– entre el resto de la población”.

Pero la OCDE no se limita a cuestionar al gobierno mexicano y a los abajo firmantes del Pacto por el incumplido compromiso del seguro de desempleo. Enciende la señal de alarma por algo que no resulta novedoso para el país: la permanente falta de crecimiento, la precarización del empleo formal y el elevadísimo nivel de la informalidad.

Y en este contexto la Cepal también aporta un dato escalofriante: en las últimas tres décadas y media para los mexicanos de a pie la economía creció (también de forma inequitativa) a un promedio anual de 2.6 por ciento, con enormes diferencias en cuanto a estratos y beneficios. Por el contrario, la riqueza registró un crecimiento real promedio anual de 7.9 por ciento en el mismo periodo, lo que significa que en México tal indicador se duplicó entre 2004 y 2014, pero sólo para los más acaudalados.

Los ricos cada día más ricos, con elevadas tasas de ganancia, y los jodidos cada día más ídem, con ocupación y/o empleo cada vez más precario. En este tenor la OCDE advierte que “el mercado de trabajo mexicano presenta una puntuación baja en comparación con otras economías de la organización, en términos de calidad de los ingresos –una medición que tiene en cuenta el nivel y la distribución de los ingresos–, así como diferentes medidas de inclusión relacionadas con la desigualdad de ingresos, la igualdad de género y la integración de grupos desfavorecidos” (ídem).

Si bien la información oficial presume alrededor de 2.7 millones nuevos empleos formales a lo largo de la administración peñanietista (muchos de ellos existentes, pero formalizados), la OCDE insiste que en que no hay que concentrarse exclusivamente en la creación de empleo, sino que la valoración del mercado laboral debe basarse cantidad, calidad e inclusión.

Así, en cantidad aparentemente el asunto camina (aunque ni de lejos se atiende la demanda real de plazas laborales, sin olvidar el enorme rezago histórico en este renglón), pero la deuda es creciente en lo que a calidad e inclusión se refiere. Las cifras más actuales del Inegi revelan que alrededor de 33 millones de mexicanos con ocupación (65 por ciento del total) obtienen ingresos máximos de hasta tres salarios mínimos (240 pesos por día), aunque el grueso de ellos se ubica entre uno y dos (de 80 a 160 pesos diarios). Aparte quienes no reciben ingreso, a pesar de ser tipificados como ocupados, y los desocupados. Y los de mayor ingreso (cinco salarios mínimos y más) apenas representan 5.2 por ciento del total.

Las rebanadas del pastel

¡Haberlo dicho!: resulta que los raquíticos resultados de la sempiternamente modernizada economía mexicana no son consecuencia del modelito impuesto 35 años atrás, sino de la mala suerte, como, por ejemplo, en el caso del desplome de los precios petroleros, según dice el Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas. Qué bueno que lo aclara, pero queda la duda: en el calderonato se registraron los petroprecios más elevados de la historia, pero el crecimiento fue exactamente igual de pinche que en el gobierno peñanietista. Pero bueno, es la mala suerte.

Twitter: @cafevega