Opinión
Ver día anteriorJueves 15 de junio de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
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De la creatividad electoral
Soledad Loaeza
D

e vuelta las elecciones han dado prueba de la imaginación de los políticos mexicanos, aunque no es de celebrarse como una virtud porque no la han empleado para erradicar la corrupción, diseñar nuevos partidos, responder a los problemas más urgentes del país, abrirle el paso a los jóvenes que quieren hacer política o pensar en la mejor estrategia de movilización electoral. La imaginación les ha servido para encontrar unas formas novedosas de defraudación del voto. Además, hay indicadores de que los perpetradores del fraude no tenían mucho interés en ocultarse y que les daba igual que se notaran las trampas. Es posible que hayan querido hacerlas evidentes para subrayar que son impunes porque siguen siendo poderosos.

Una reacción esperable ante los resultados electorales del estado de México, por ejemplo, era la sorpresa. La serie de escándalos de corrupción que han estallado en esa entidad y su asociación con un presidente cuya popularidad se disipa día con día, sugerían que el voto en el estado sería tanto un castigo para Enrique Peña Nieto –que obviamente está detrás de Alfredo del Mazo– como un indicador del ánimo de la opinión pública para 2018.

Esta elección también provocó desilusión. Ya sabemos que el si hubiera es una pobre fórmula pero de todas maneras: Si Morena y el PRD hubieran formado un frente de oposición, habrían conquistado la gubernatura con más de la mitad del voto. Un triunfo como éste habría sido una inyección de vitalidad a una democracia escuálida que está a un paso del estado vegetativo, y habría tenido un impacto también positivo sobre nuestras actitudes hacia la necesaria institucionalidad que los defraudadores están destruyendo conscientemente.

En el caso de Coahuila la reacción natural es la incredulidad. ¿Cómo, el estado de los hermanos Moreira que han sido acusados de múltiples abusos, ni siquiera se da la oportunidad de investigar la veracidad de acusaciones que, de confirmarse, costaría millones de pesos resarcir?

Me admira la indiferencia con la que bandas de políticos, en lugar de dedicarse, por ejemplo, a legislar, cuando de legisladores se trata, o a elaborar programas de gobierno concretos que sean una alternativa para los electores, decapitan nuestras expectativas democráticas y agravan con sus acciones la frágil credibilidad de nuestra breve y contrastada experiencia democrática. Admirable también es la creatividad que han desplegado para mantener sus viejos hábitos dentro de nuevas instituciones. Ojalá que pusieran la misma energía y la misma disciplina en el análisis de las decisiones del gobierno, en el examen de las iniciativas presidenciales. En lugar de hacer lo que se espera de ellos, y por lo que se les paga, legisladores y políticos matan el tiempo imaginando trampas para impedir el triunfo del adversario.

A lo largo de nuestra historia electoral han surgido periódicamente nuevas formas de defraudación del voto, en muchos casos había que adaptarse a las nuevas tecnologías. En los años 40 desapareció el recurso a la violencia que antes destruía las casillas electorales, quemaba boletas, golpeaba a los funcionarios, secuestraba a candidatos y representantes de partidos, cuando no ametrallaba a los opositores. Después de 1946 el fraude electoral adquirió un aspecto más civilizado –que no más honesto– pues se concentró en la manipulación de las listas de electores. Aparecían unos registros pletóricos de ciudadanos. En más de un caso, la densidad de población del padrón era muy superior a la del distrito; y las tasas de participación superiores a 85 por ciento.

En el estado de México, el fraude, si lo hubo, como muchos afirman, ya no es el del ratón loco y tampoco el dedito lapicero, que en el pasado eran los más socorridos por los representantes del PRI que con esas mañas alteraban los resultados de la votación. Ahora se habla de capturistas sobreentrenados que cometieron miles de errores de dedo. O sea, que el desenlace incierto de una competencia electoral se resuelve ya no sólo con el dedazo, sino que ahora también hay que pensar en los deditos que intervienen maliciosamente en el proceso para inclinar la balanza en favor de un determinado candidato. Ahora bien, en este caso, como en el pasado, la clave del fraude exitoso era la parcialidad de las autoridades que se negaban a intervenir para detener a los defraudadores.

Si en esta ocasión, como algunos afirman, los capturistas fueron a su vez capturados, habría que repensar muy seriamente todo el aparato electoral, que no está diseñado a prueba de los deditos de los capturistas, ni de la decisión de algunos políticos que parecen resueltos a destruir nuestros votos y las instituciones que debían resguardarlos. ¿Y si en lugar de votar organizamos una lotería? Con la ventaja adicional de que los niños gritones de la Lotería Nacional –con todo y uniforme– salen más baratos que el Instituto Nacional Electoral.