17 de junio de 2017     Número 117

Directora General: CARMEN LIRA SAADE Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER Suplemento Informativo de La Jornada

Combatamos a las granjas fabriles

Ben Lilliston Institute for Agriculture and Trade Policy (IATP) BLilliston@iatp.org


FOTO: Gunnar Richter

En ciertos días en el condado de Duplin, Carolina del Norte, muchos residentes no pueden salir porque la contaminación del aire irrita sus ojos. Algunas comunidades latinas en el Valle de San Joaquín, California, y residentes rurales blancos en el condado de Kewaunee, Wisconsin, ya no pueden beber su agua debido a la contaminación. La fuente de esos problemas en estos tres lugares de Estados Unidos es la misma: las Operaciones Confinadas de Alimentación Animal (CAFOs, por sus siglas en inglés), también llamadas factory farms o granjas fabriles.

El rápido crecimiento de las granjas industriales durante los 20 años recientes ha sido acelerado por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Estas granjas, donde miles o incluso decenas de miles de animales viven juntos y hacinados, están cada vez más vinculadas a graves problemas ambientales, de salud y económicos en las comunidades rurales de Estados Unidos.

Las CAFOs abastecen directamente a algunas de las compañías de carnes y aves más grandes del mundo, como el gigante de cerdos Smithfield, el gigante de carne de aves de corral JBS y el gigante avícola Tyson’s. Estos gigantes de la carne tienen operaciones en toda América del Norte. Por ejemplo, Smithfield tiene joint ventures en México con Granjas Carroll de México y Norson. La división avícola de JBS USA, Pilgrim’s de Mexico, tiene múltiples instalaciones en todo México. Cargill, el monstruo de la carne y de la alimentación animal, tiene 30 establecimientos en 13 entidades mexicanas.

El TLCAN ha ayudado a concentrar el poder y la propiedad de estas compañías para crear un sistema de carne totalmente integrado en la region de América del Norte. Por ejemplo, las normas de seguridad alimentaria de los tres países se armonizaron para facilitar aún más el comercio. Y las transacciones de granos forrajeros, como el maíz y la soya genéticamente modificados, y el movimiento de los propios animales ahora fluyen libres de aranceles a través de las fronteras. Los bovinos nacidos en México o Canadá pueden ser engordados y sacrificados en Estados Unidos. En 2016, EU importó más de 940 mil bovinos de México, aproximadamente la mitad en tamaños listos para el sacrificio, y exportó casi 182 mil toneladas de carne a México. En el marco del sistema de granja fabril, el movimiento de los animales ha diseminado las enfermedades animales entre los países, desde el virus de PED del lechón y la gripe aviar hasta “la enfermedad de las vacas locas”.


FOTO: ITamar K.

La expansión de las granjas fabriles en Estados Unidos, particularmente en la producción de aves y cerdos, ha llevado a la pérdida de granjas familiares independientes, y ahora son menos pero más grandes las granjas existentes, que están ligadas estrechamente a las grandes compañías cárnicas. Este modelo también se vincula de forma muy directa con la producción por contrato. En Estados Unidos, casi toda la producción avícola y la mayor parte de la porcina se realizan por medio de contratos que funcionan así: las empresas proporcionan a los granjeros los pollitos y determinan qué alimentos deben éstos consumir, así como los espacios donde deben habitar y los métodos de producción. Tales esquemas han sido muy criticados en el sentido de que son injustos para los granjeros, pues éston son los responsables de los costos iniciales, de las deudas asociadas y de otros riesgos financieros, y lo que reciben de las empresas cárnicas resulta poco equitativo para cubrir esos costos y riesgos.

Los daños de las granjas fabriles se derraman literalmente en las comunidades circundantes. En el condado de Duplin, Carolina del Norte, se instala las CAFOs de cerdos más grandes del país. La contaminación del aire y del agua de sus instalaciones afectan la salud y calidad de la vida de la comunidad, que es sobre todo afroamericana. Al igual que las CAFOs de vacas de California, muchas de la CAFOs están ubicadas en comunidades pobres de gente negra. Los residentes de las comunidades se han organizado y trabajan con grupos ambientalistas para demandar a los reguladores estadounidenses por la falta de cumplimiento de las leyes de contaminación del agua y el aire y la discriminación racial en la ubicación de estas granjas industriales.

Las CAFOs también representan nuevas amenazas para la salud humana. El tener demasiados animales juntos en espacios insuficientes a menudo requiere el uso intensivo de antibióticos para ayudar a las aves de corral o a los cerdos a crecer más rápido y sobrevivir. Se calcula que en las CAFO se registra el 80 por ciento de los antibióticos utilizados en Estados Unidos. El rápido crecimiento de las bacterias resistentes a los antibióticos se ha convertido en una amenaza mundial reconocida por la Organización Mundial de la Salud. La mayoría de las principales organizaciones de salud estadounidenses han pedido la prohibición del uso de antibióticos en animales sanos dentro del sistema de granjas fabriles.

Las granjas fabriles estadounidenses, en particular las CAFOs de vacas, dependen de la mano de obra de nuevos inmigrantes, a menudo de México. Las condiciones de trabajo pueden ser difíciles y los trabajadores son por lo general indocumentados y por tanto con pocas protecciones legales. Trabajadores inmigrantes latinos en la industria láctea de Nueva York publicaron este mes un informe que documenta malos tratos, incluyendo lesiones en el trabajo, intimidación, vivienda deficiente y largas horas laborales con baja remuneración. La industria lechera está particularmente preocupada por las agresivas políticas antiinmigrantes de la Administración Trump y advierte que el precio de la leche podría dispararse si dejan de contar con el trabajo inmigrante de bajo costo.

Muchos grupos comunitarios de base; organizaciones ambientalistas, de salud y de consumidores, y grupos de agroproductores familiares independientes están luchando contra la expansión de estas granjas industriales en Estados Unidos. Piden una aplicación más estricta de las leyes existentes sobre el agua potable y la contaminación atmosférica; prohibir las granjas industriales que perjudican a su comunidad; frenar el uso de aditivos para la alimentación animal para proteger la salud pública, y contratos y mercados más justos para los granjeros.

Pero estas luchas no serán exitosas en última instancia si simplemente se mueven esas granjas fabriles a otras localidades de Estados Unidos o a México o a Canadá. Es importante que las organizaciones de la sociedad civil de los tres países trabajen juntas en solidaridad para oponerse al modelo CAFO y al daño que éste hace a nuestro recursos agua y aire, a nuestra salud y a las poblaciones. Una renegociación del TLCAN no debe validar a las compañías mundiales de carne y no debe frenar a las comunidades que luchan contra las granjas industriales, sino apoyar los esfuerzos para contar con sistemas locales de alimentos sostenibles que sean buenos para los agricultores y granjeros, los trabajadores, las comunidades rurales y nuestra salud.

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