Cultura
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Los dientes de Alcira
Hermann Bellinghausen
E

l año que llegué a Ciudad Universitaria, la UNAM no terminaba de reponerse del shock del 68. El gobierno de Luis Echeverría no la dejaba en paz, como si fuera su enemiga. Si lo pensaba el presidente debía ser cierto. En CU, único campus a la sazón, no eran tiempos pacíficos. Gente con metralletas deambulaba por las islas de la explanada y ocupaba varios edificios, entre ellos la Torre de Rectoría, en nombre de la revolución proletaria. Eran las huestes de Mario Falcón, presunto muralista que habitaba en CU impunemente, luego de defenestrar a su compañero de lucha Miguel Castro Bustos. En Economía se jactarían de tener un mural de Falcón. Jovencitos como de prepa le servían de escolta y administraban la cafetería de Rectoría adonde Huberto Batis gustaba trasladar sus clases. Las meseras se excusaban del servicio, los guerrilleros no sabían surtir pastelitos buenos.

El sindicalismo pisaba fuerte. Los normalistas pugnaban por el pase automático. El único rector de izquierda en la historia, Pablo González Casanova, había creado el Colegio de Ciencias y Humanidades y la UNAM caminaba hacia un inédito territorio progresista y autónomo en la estela de Javier Barros Sierra, el rector heroico. Y lo increíble: la izquierda (ultra, comunista, priísta) hizo caer a don Pablo, para beneplácito del presidente que pudo respirar con un rector afín, Guillermo Soberón (fundador de una dinastía ininterrumpida que llega hasta Enrique Graue).

La población picaresca abundaba entonces. Al Piojo Blanco, legendario cabecilla de la Liga 23 de Septiembre, lo mataban a cada rato por Copilco o en la explanada o en Tepito, aunque luego resultaba que el cadáver era de otro. Cualquiera podía ser espía de Gobernación. Por los salones del campus deambulaba un gigante de aspecto temible y voz de niño, Guama. Interrumpía las clases con su hermanitos y nos pedía lana. Greña larga, zaparrastroso profeta del fin del mundo, creo recordarlo con un bastón. Un limosnero espectacular en aquella Corte de los Milagros. Cruzártelo en los pasillos imponía. Una temporada te podías topar con el otrora temible Castro Bustos, barbón y en penitencia, jurando que Falcón, o la policía, o Rubén Figueroa, o la Liga, lo buscaban para matarlo.

Filosofía era un lugar que hoy llamaríamos bizarro y su figura más inquietante, la omnipresente Alcira Soust. Una mujer avejentada (ahora me entero que mayor que mi madre), siempre se cubría la parte inferior el rostro con una mano, un libro o una cuartilla de versos suyos o copiados a mano o máquina y te la ofrecía a cambio de unos centavos, una galleta, un café. Entrecana, mal peinada. Sus ojos azules y hondos mirándote derecho y luego desviándose. Todos la protegían y la evitaban. Una refugiada permanente, aunque venía del Uruguay anterior a la dictadura. Decía ser nuestra mamá. Nadie la tomaba en serio. Por los pasillos sin glamur de la facultad veías pasar a Bonifaz Nuño exageradamente bien vestido. En la cafetería, según Huberto Batis (el único maestro de verdad que tuve en Letras, y un maledicente de cuidado) Salvador Elizondo hacía sus conectes de mota.

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Alcira y su hermana Sulma, alrededor de los años 40Foto cortesía Agustín Fernández

¿Por qué se cubre la boca Alcira?, la primera pregunta. Uno veía la respuesta: no tenía dientes y la boca se le retraía como en una anciana. Su mito la acompañaba: en septiembre de 1968, entró el Ejército a CU, evacuó a los chavos y la tropa evacuó en las aulas; Alcira se ocultó en un baño de la facultad durante 10 o 15 días, comiendo papel de baño y bebiendo del lavabo. Le dio escorbuto como a los náufragos, perdió los dientes y quedó tocada.

Aunque todavía no se llamaban infrarrealistas, alguno ya andaba por ahí. Roberto Bolaño ha venido a documentar que ellos sí le hicieron caso a Alcira y la dejaron adoptarlos. Tampoco da muestras de conocer su historia, aunque la hizo atractiva novela con Amuleto. La poesía estaba en revulsión contra la estética dominante. No recuerdo si fue José Vicente Anaya o Gordon Ross el que proclamó un día en la cara de Batis: La única poesía que importa es la que escriben los locos con su excremento en los muros del manicomio. Eran años de mierda, ¿por qué no iba la poesía a llegarle a la mierda?

Lo latinoamericano rifaba esperanzas, con Allende presidente, música andina y Cuba firme, compañero. La mitología de Alcira, admiradora de León Felipe, en algún punto embona con Pepe Revueltas, quizá porque eran amigos, por su historial de derrotados o por los dientes. Los de Revueltas estaban en ruinas, pero se sostenían. Se armó una solidaridad, se junto dinero (creo que más de una vez, y Alcira lo usaba en otra cosa) para que se pusiera dentadura, hasta que por fin sí. Creo, no estoy seguro.

Dejé Filos. Lo más memorable fue irme de pinta a los ensayos de Eduardo Mata y la Filarmónica en el Che Guevara. O quizá los jóvenes armados allí afuerita. O el amor incondicional, absurdo, de Alcira por la poesía. Tres años después, hacia 1975, recaí en Filos por motivos de índole romántica y Alcira seguía ahí, más vieja y menos desintegrada. Parecía que iba a durar para siempre.