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Penultimátum

Espiar: vieja práctica de los gobiernos

E

l escándalo internacional desatado al conocerse que el gobierno mexicano posee sofisticados sistemas de espionaje para combatir el crimen organizado que también utiliza para saber el quehacer de periodistas, defensores de los derechos humanos y quienes luchan contra la corrupción, ocurrió casi al mismo tiempo que el presidente Trump acusó a su antecesor de no evitar que Rusia interviniera en la campaña electoral del año pasado en perjuicio de la candidata del Partido Demócrata.

Espiar es vieja práctica a la que recurren los gobiernos de los países más diversos. Estados Unidos intervino los teléfonos de la canciller alemana Angela Merkel y la de otros dirigentes europeos, asiáticos y de América Latina. Y seguramente los de México.

Pero también los intelectuales más influyentes han sido espiados. La Agencia Central de Inteligencia del vecino país, la CIA, siguió los pasos de algunos de ellos a fin de conocer el impacto que sus textos y conferencias tenían sobre el papel de Estados Unidos en el mundo. Saber si militaban o apoyaban a las organizaciones marxistas o simpatizaban con la Unión Soviética. Jean Paul Sartre, Gabriel García Márquez, Roland Barthes, Pablo Neruda, Michel Foucault, Julio Cortázar, Jacques Lacan, Eduardo Galeano y Louis Althusser, entre otros. Sus libros, artículos y conferencias fueron transcritos y examinados minuciosamente.

Para la agencia la cultura es un instrumento ideológico fundamental y por eso a mediados del siglo pasado le encargó a uno de sus agentes más avezados, Michael Josselson, dirigir la guerra fría cultural a través del Congreso por la Libertad de la Cultura, con sede en París y oficinas en 35 países. Con fondos del gobierno estadunidense, crearon más de 20 revistas de prestigio, organizaron exposiciones de arte, un servicio de noticias que incluía artículos de escritores opuestos al marxismo. Hicieron famosos a más de un pintor o novelista.

Y pagaban bien esa colaboración, como reveló en 1999 la inglesa Frances Stonors Saunders, en su libro La CIA y la guerra fría cultural. Traducido al español por la editorial Debate, su contenido sigue vigente. Egresada de la Universidad de Oxford, Frances detalla cómo la agencia logró penetrar y dejar sentir la influencia del gobierno estadunidense en numerosas organizaciones culturales y de qué manera utilizó en su favor fundaciones que se creían neutrales, como la Ford y Rockefeller. Cómo trabajó para imponer el expresionismo abstracto y a sus representantes más conocidos, como Jackson Pollock. En América Latina esa tarea estuvo a cargo del crítico de arte José Gómez Sicre.

Sobre el papel de la CIA en el quehacer cultural de Europa existen muy buenas investigaciones. Falta conocer sus andanzas en América Latina.