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La muerte no tiene remedio: José Luis Cuevas
Elena Poniatowska
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José Luis Cuevas, en una entrevista con Elena Poniatowska en marzo de 2010, explicó a la colaboradora de La Jornada que además de pintor se había convertido en vidente y dijo saber qué personas y en qué años morirían. En las imágenes, el enfant terrible en su estudio, en 1991Foto Rogelio Cuéllar
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José Luis Cuevas (1934-2017), en 1981Foto Rogelio Cuéllar
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l 14 de marzo de 2010 entrevisté a José Luis Cuevas por última vez en su casa de San Ángel. Y entre risas y chistes, toda la conversación giró en torno a su propia muerte.

Metido en su cama catedralicia por culpa de la ciática que aqueja su pierna izquierda y le causa mucho dolor, José Luis Cuevas asegura que además de pintor se ha vuelto vidente y sabe quiénes van a morir en los años que vienen. Te lo voy a decir pero tú no repitas sus nombres, no se vayan a enojar. Yo me voy a morir este año.

Su mujer, Beatriz del Carmen, sacude su fleco rubio:

–¡Ay, Cachito! ¡Cómo te gusta la publicidad!

–Tengo una libretita secreta y negra y en esa apunto la lista de los que van a morirse y hasta ahora no he fallado. Adiviné que Salvador Novo moriría en 1974, David Alfaro Siqueiros también, Dolores del Río en 1983, Juan Rulfo en 1986, Alice Rahon en 1987. Anuncié la muerte de Fernando Benítez en 2000, también supe que en 2006 moriría Juan Soriano, Mathias Goeritz en 1990. Yo supe que Alejandro Aura, amigo mío, iba a morir en 2009. Soy vidente desde los años 70. En 1973 preví la muerte de Picasso y la mía. Murió Picasso y yo no. Me fui a Houston en el avión de Luis Echeverría con Teodoro Césarman para ver al mayor cardiólogo de Estados Unidos y uno de los más importantes del siglo XX, Michael DeBakey. Incluso Cantinflas me dio una carta de recomendación para DeBakey que lo había operado a él, dale esta carta, pero no fue necesario porque el segundo de DeBakey, hoy día un cardiólogo famosísimo, me hizo un examen para ver cómo andaban mis arterias y las encontró perfectas. Vi en una pantalla cómo corría el líquido de la radiografía por las arterias hasta llegar a la arteria coronaria. ¿Hablas inglés? Oye, porque si no hablas inglés corres el riesgo de morir porque el médico te ordena en inglés. Tosa usted, tosa usted con mucha fuerza y en ese momento con la tos evitas el infarto.

–¿Entonces si no toses habrías sido responsable de tu muerte?

–Cuando regresé en el mismo avión de Echeverría a México, Jacobo Zabludovsky le anunció al pueblo por televisión (José Luis imita a Zabludovsky): Acabamos de recibir la noticia de que Cuevas siempre no murió, como había predicho, ha regresado perfectamente bien, ¡qué bueno! ¿No?

La noticia de que estaba yo muy grave e iba a morir en la operación en el Methodist Hospital se dio en la televisión, en la radio, en la prensa y un hombre llegó corriendo y sin aliento a la galería Misrachi:

–Yo quiero comprar todo lo que tengan de José Luis Cuevas…

Compró grabados, dibujos, apuntes, lo que fuera. Y cuando Zabludovsky divulgó que no tenía yo nada y había regresado sano y salvo se presentó muy enojado el comprador y le dijo a Misrachi:

–Aquí están las obras, las regreso y no las quiero. Haga usted el favor de devolverme el dinero. Creí que él iba a morir y como no murió lo considero una estafa…

Esto me lo contó Misrachi. A mi regreso me llamó mi buen amigo Rodolfo Rojas Zea con quién me llevaba muy bien y ya había escrito mi obituario para Excélsior tal y como se lo ordenó Julio Scherer. Hazlo lo más extenso posible porque va a ser noticia de primera plana.

–¿Por qué no me lo traes para corregírtelo? –le pedí a Rojas Zea.

Esa misma tarde, Rodolfo Rojas Zea vino a la casa:

–Oye, aquí te faltan muchísimas cosas muy importantes.

Añadí todo lo que faltaba y le pregunté:

–Oye, ¿no te ofendes si te corrijo también la ortografía?

–Yo soy periodista, ¿qué más da que haga unas cuantas faltas de ortografía?

Lo corregí a conciencia: Ahora sí está al centavo. Yo te sugiero que cada año me traigas el obituario para completarlo. Por el momento quedó perfecto, si muero mañana puedes publicarlo en tu periódico.

Eso sucedió en 1973, el año de la muerte de Picasso y mía.

También tengo listas mis esquelas de media plana para cada uno de los grandes periódicos. Se lo dije aquí a mi bien amada esposa Beatriz del Carmen que me respondió: ¡Ay, yo no quiero saber nada de eso! “Yo entiendo que vas a sufrir muchísimo cuando yo me muera –le expliqué– va a ser espantoso para ti, no es fácil encontrar a alguien como yo”, pero por favor te suplico que el último gasto que haga el museo sea el de la media plana de mi esquela. Un desplegado en un periódico cuesta muchísimo. ¿Tú sabes cuánto cuesta media página? Es muchísima, muchísima lana. Te lo digo a ti, Elena, para que en caso de que no aparezca nada en La Jornada tú reclames mi media plana. Tengo ya redactada la esquela y la he memorizado: “El gran maestro de la pintura mexicana José Luis Cuevas falleció el día de ayer a tales horas habiendo sido una de las grandes figuras del arte mexicano con proyección in-ter-na-cio-nal. Su amadísima esposa, sus hijas, Mariana, Ximena y María José, sus hermanos Alberto y Lupita, sus amigos Pedro Friedeberg y José Sacal y los pocos que quedan vivos anuncian con profunda pena el fallecimiento de tan ilustre personaje del arte mundial. Se recibirán las condolencias y las flores…”

–Se ruega no mandar flores ni coronas…

–No, no, no, cómo no, que manden todas las que quieran… Oye, ¡qué te pasa! Que las manden a la…

–A la Rotonda –dice Beatriz del Carmen.

–No, a la Rotonda no, porque eso sí, se marchitarían, José Luis. Tienen que pasar uno o dos años para que el difunto ingrese a la Rotonda.

–¿Ah, sí? Antes era rápido y expedito. Del Palacio de Bellas Artes conducían en la carroza funeraria a los muertos a la Rotonda. Yo estuve en la muerte de Siqueiros en Bellas Artes y se lo llevaron derecho a la Rotonda, pero ahora creo que el gobierno es más estricto porque muchas veces escogían a quienes habían sido compadres del presidente en turno. Por ejemplo, León Felipe, que era español, fue a la Rotonda de inmediato porque Echeverría lo admiraba mucho. También Rosario Castellanos, que murió en Israel electrocutada, es la única mujer en la Rotonda, la trasladaron al cementerio de Dolores apenas la trajeron de Israel. Oye, ¿tú eres amiga del comité que decide quiénes si y quiénes no? Me gustaría saber quién toma las decisiones.

José Luis prende un cigarro:

–Lo único que no dejo es el cigarro. Vino a verme hace un rato un gran neurólogo, me dijo: Saque la lengua, se quedó callado y cuando volvió a abrir la boca fue para decirme: Son dos mil pesos de consulta.

–¡Qué desgraciado! ¿Y tú ya tienes preparadas tus últimas palabras, José Luis?

–Sí, y espero que no sean como las de Agustín Yáñez, quien ya agonizando en la cama de su casa murmuró:

–Amados hijos míos, amada esposa, todos acérquense, voy a decirles unas palabras. Si hay Rotonda, acéptenla

–Pero muchos mexicanos valiosos se han quedado sin Rotonda…

–Quedarse sin Rotonda es horrible, ¿verdad amadísima esposa?

–¡Ay Cachito, no seas tan dramático!

–¿Y tu cajón de muertos cómo lo quieres? –inquiero para que no abandone el tema de la necrofilia.

–Sería completamente imposible para mí pensar en un ataúd de gran lujo cuando el museo va a gastar tanto en los anuncios del periódico. Quiero que el último gasto sea para anunciar en grande mi muerte. Oye Elena, ¿sabías que los periódicos tienen ya escrito el obituario de muchos personajes para que no los agarren desprevenidos? ¿Crees que La Jornada me permitiera leer el mío para remediar omisiones? Tengo el presentimiento de que este año va a ser el de mi fallecimiento y voy a estar muy bien acompañado porque también sé los nombres de otros que van a morir en 2010 pero no voy a dar nombres aunque los tengo anotados en mi libretita negra y secreta. Si la abres vas a llevarte algunas sorpresas porque tengo a varios que jamás imaginarías.

–¿Y quiénes quieres que vayan a tu entierro?

–Ten en cuenta que soy el único mexicano que se ha casado debajo del Monumento a la Revolución con el rito náhuatl. Me casé por primera vez a los 15 años cuando me parecía a James Dean con una gringa que después me buscó: I hear you have become a celebrity, pero no tengo el acta de matrimonio. Desde entonces me caso y me caso y me vuelvo a casar. Con Carmen Beatriz me casé 38 veces, la primera vez en Xel-Há, con el rito maya. Por tanto quiero que vayan muchas mujeres quedadas y casaderas que lloren a grito pelón para que las oigan todos los reporteros, las retraten los fotógrafos, cronistas, voceros, comunicadores, analistas, candidatos a la Presidencia, merolicos, cilindreros, presidentes de la República, presidentes municipales…

–Lo primero que dijiste en casa de los Sacal cuando el representante de la delegación Álvaro Obregón te anunció que le iban a poner tu nombre a la calle Fresnos en la que vives fue: ¿Y por qué no el Paseo de la Reforma?

–En realidad eso lo dijo Marcelo Ebrard en una comida en mi museo porque yo le sugerí: Oye, ¿por qué no le ponen mi nombre a una calle? Respondió muy serio: Me parece una buena idea. ¿Qué calle te gustaría? No me vayas a pedir el Paseo de la Reforma, porque eso sí es imposible. Ni Insurgentes ni Paseo de la Reforma. No, Marcelo, a mí la que me interesa es Fresnos, porque hace esquina con Diego Rivera que es más bien pequeña y la mía será más grande que la de Diego Rivera.

–Y finalmente, ¿qué te gustaría que se dijera de ti?

–Soy muy buena gente, aunque pueda resultar un tanto absurdo el hecho de que alguien que ha sido bueno con muchos, al mismo tiempo sea una gente muy odiada… Mira en una ocasión en la revista Claudia cuando la dirigía Vicente Leñero se hizo una encuesta para ver quiénes eran las personas más antipáticas de México y recuerdo que el primer lugar lo sacó María Félix, el segundo Jorge Saldaña, que hacía televisión y el tercero yo y me hablaron de Claudia para preguntarme qué sentía de estar entre los tres más odiosos de México y respondí: Haré un esfuerzo para estar en primer lugar. Hice el esfuerzo, pero ya no hubo una segunda encuesta.

–¿Quieres unos dulces, Elena? –ofrece Beatriz del Carmen con una sonrisa invitadora.

–Sí, sí, danos unos dulces –se alegra José Luis y mientras Beti, como le dicen sus amigas, los saca muy bien envueltos de una cómoda y me tiende un limón relleno de coco, repite: Enfermo que come y mea/ el diablo que se lo crea.