Opinión
Ver día anteriorDomingo 9 de julio de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
El ABC
Guillermo Almeyra
C

ada tanto hay que volver a repetir conceptos viejos y elementales para los que recién entran en la lucha socialista o para los veteranos que olvidaron los principios básicos de la lucha por el socialismo.

Lo que sucede en Venezuela, sobre todo, obliga una y otra vez a combatir posiciones aberrantes (insensatas, ilógicas, ver diccionario Sopena) de grupúsculos de ultraizquierda reñidos con la realidad y con la lógica elemental así como también a otras que varias veces califiqué en broma de síndrome del pesero –la concepción stalinista de que no hay que molestar a quien conduce, esté borracho o lleve a sus pasajeros al abismo.

Permítaseme, por lo tanto, repetir que un análisis debe partir de caracterizar la situación concreta en un país dado porque, aunque el capitalismo es un sistema mundial y no hay ningún país que no lo padezca, no es lo mismo un país imperialista e industrialmente desarrollado que un país como Venezuela dependiente de la exportación de petróleo y materias primas, sin autoabastecimiento alimentario, con un capitalismo de Estado deficiente y corrompido y que, además, se acerca todos los días a la guerra civil.

Hay que recordar también que las clases fundamentales existen y se combaten en todos los países modernos pero con la salvedad de que no son los únicos actores políticos. Las clases no son homogéneas porque están divididas horizontalmente por la diversidad de intereses y de nivel de conciencia de los distintos subsectores. La burguesía –que es más homogénea que sus antagonistas– tiene en los países dependientes un sector que choca con el imperialismo y las trasnacionales –aunque después termine capitulando– porque trata de conseguir una parte mayor del pastel de la plusvalía que ambos sectores –burgueses nacionales o no, por un lado, e imperialistas, por el otro– extraen de los trabajadores locales. Por consiguiente, quienes ven el mundo en blanco y negro y sólo observan la existencia de la burguesía y de los trabajadores ignorando al imperialismo y la lucha por la independencia nacional, están condenados a ser desmentidos por la realidad.

Por ejemplo, en Venezuela no se enfrentan sólo a la oligarquía con la boliburguesía desarrollada por el capitalismo de Estado sino que la primera también arrastra detrás de sí a la mayoría de las clases medias urbanas y rurales y una parte importante de los trabajadores más atrasados y es alentada y sostenida por el imperialismo estadunidense y el capitalismo mundial, mientras la segunda cuenta con el apoyo cada vez más crítico de los trabajadores más avanzados, el sostén de un sector de la intelectualidad anticapitalista mundial y, sobre todo, el de la mayoría de las fuerzas armadas que, en Venezuela, tienen origen en los sectores más pobres de la población.

También hay que recordar que todo Estado capitalista es bonapartista y trata de alzarse por sobre la sociedad y que cada vez más hay una estadounizaciónde la política burguesa, que comprime los espacios democráticos, subordina al Ejecutivo al Poder Legislativo (como en Argentina o en Francia). Existe además un bonapartismo dentro del bonapartismo de la camarilla gobernante pues –como Perón con Evita, Ceasescu con su mujer, Peña Nieto con la suya, Trump y su Ivanka, Macron y su esposa, Maduro y la suya– el presidente, al carecer cada vez más de principios, motivaciones ideológicas e ideas propias, sólo tiende a confiar en lo más primitivo y ancestral: los lazos de sangre de la familia directa, para mantener el poder.

Los que padecen el síndrome del pesero antes mencionado y creen que los procesos políticos, como el venezolano, son eternos y siempre iguales y son el resultado de los gobiernos y no de los alzamientos populares; piensan que estamos todavía ante la misma revolución bolivariana que en tiempos de Chávez (quien intentó combatir la burocracia y la boliburguesía) y que Maduro es como aquél.

Pero el proceso de la revolución bolivariana quedó atrás y hoy es necesario defender sus restos y derrotar el golpe Estado que prepara la oligarquía con el apoyo de Washington, mientras Maduro, a diferencia de Hugo Chávez, es desgraciadamente un ex conductor de microbuses dirigente sindical de la central católica, místico y conservador, sin formación política y tendiente siempre a resolver con la policía los problemas políticos.

La torpeza de querer cerrar la Asamblea Nacional, donde los golpistas tienen una mayoría legal resultante de las elecciones y de suprimir la inmunidad parlamentaria y, ahora, la tontería de mandar activistas a ese parlamento para golpear a los diputados, sólo sirven para darle pretextos y base de masas a los golpistas proimperialistas y para provocar grietas en las fuerzas armadas y en el aparato estatal ayudando así al imperialismo.

Maduro no necesita aduladores y seguidistas acríticos: requiere, en cambio, consejeros anticapitalistas que le hagan ver la necesidad de separarse de los corruptos y de apoyarse en el control directo por los trabajadores del abastecimiento y de los sectores económicos saboteadores. Maduro no es conciliador ante el imperialismo: está amenazado por un golpe de Estado con apoyo de masas a no ser que se apoye en una amplia movilización de los trabajadores los cuales, hoy, están lejos de tener la unidad suficiente como para tomar el poder.

Maduro debe ser defendido del golpe imperialista y sostenido como la cuerda sostiene al ahorcado. Una vez derrotado el intento oligárquico y golpista de implantar en Venezuela una dictadura sangrienta se podrá combatir en mejores condiciones contra la boliburguesía.

Los sectarios que sólo ven una lucha interburguesa entre el gobierno y Trump y sus aliados venezolanos ignoran que la democracia y la lucha por el socialismo nacieron juntos a mediados del siglo XIX y se desarrollaron juntos y que el socialismo es imposible sin democracia y es democracia ampliada, para todos.