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Rebosa de nosocomios abandonados, búnkers desiertos y salas de anatomía fantasmagóricas

Prolifera en Berlín el culto por edificios en ruinas; destaca el Hospital Zombi
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El explorador urbano Ciaran Fahey camina por un edificio abandonado en la capital alemanaFoto Afp
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Jóvenes deambulan por fantasmales ruinasFoto Afp
 
Periódico La Jornada
Sábado 29 de julio de 2017, p. 5

Berlín.

Rebosante de hospitales abandonados, búnkers desiertos y salas de anatomía fantasmagóricas, Berlín se impuso como un santuario de exploración urbana, práctica que intriga cada vez más a los curiosos, ávidos de descubrir los vestigios de un pasado agitado. Es increíble, nunca vi tantas personas, exclama el explorador urbano (urbexer para los entendidos) experimentado Ciaran Fahey. En esta tarde soleada, un grupo de alemanes, rusos y letones deambulan por las ruinas de una antigua maternidad, en lo que fue Berlín este.

Abandonada desde 1991, arrasada por el paso del tiempo y los elementos, se la conoce desde entonces como el Hospital Zombi, sobrenombre lúgubre inspirado en uno de los grafitis que recubren sus muros.

En precedentes visitas a la ciudad, dice el autor del blog Abandonned Berlin (Berlín abandonada), una referencia de la exploración urbana en la capital alemana, habían cruzado menos personas. Sucede que el urbex (por urban exploration) marginal de larga data se ha convertido en una moda mundial. Prueba de su éxito, si se lo busca en Google, el término arroja más de 7 millones de resultados. Esta tendencia originada en los años 80 consiste en infiltrarse en un lugar abandonado, publico o privado, generalmente de forma ilegal. Sus reglas son estrictas y prohíben forzar la entrada, vandalizar, robar objetos y divulgar la dirección exacta del lugar visitado, pero se permite hacer fotos y videos.

Perlas para turistas urbexes

Como tantos otros puntos berlineses, el Hospital Zombi no escapó a la tendencia. En uno de sus tantos edificios, Max y Mila, dos jóvenes letones, descifran los grafitis de los muros. Bajo sus pasos crujen trozos de vidrio. El suelo desmembrado, el techo empobrecido. Los muros repletos de grafitis, las ventanas y las puertas, extirpadas, yacen en el piso. Empezamos con esto para ver cómo eran las cosas antes, y cómo la naturaleza gana terreno en estos sitios, explica Max, de 27 años. Antiguas casetas soviéticas desérticas, parques de atracciones abandonados, centros comerciales vetustos, institutos de anatomía vacíos o búnkers olvidados, los lugares similares a esta maternidad abundan en Berlín.

Son vestigios de la historia berlinesa, marcada por el nazismo del siglo XX, la Segunda Guerra Mundial, la partición entre el Este y el Oeste, la caída ulterior del Muro y el derrumbe de la República Democrática Alemana, que dejó tras su caída una multitud de edificios ahora inútiles. Verdaderas perlas para los adeptos del turismo de edificios abandonados, que hicieron de Berlín uno de los epicentros del urbex, a la imagen de Detroit en Estados Unidos, o de Melbourne en Australia.

El interés explotó en los últimos años, considera Ciaran Fahey, incluso si, clandestinidad obliga, es imposible determinar cuántas personas lo practican.

El éxito suscitó también el interés de empresas privadas que ofrecen, en acuerdo con los propietarios, visitas pagadas de estos lugares. Así, la antigua estación de escuchas estadunidense de Teufelsberg y sus esferas geodésicas, antiguo templo de fiestas gratuitas y vestigio de la guerra fría, es únicamente accesible con un billete. Andreas Böttger cofundó en 2010 Go2know, agencia que propone visitas pagadas a varios puntos berlineses, entre ellos el centro hospitalario de Beelitz, favorito de los urbexers.

La idea es dar a los demás la posibilidad de fascinarse con estos sitios, comenta.

Ciertos lugares son peligrosos, ya que están en ruinas, explica Eva Henkel, una de las portavoces de la administración de la ciudad de Berlín, propietaria de numerosos edificios abandonados. Si las personas hacen caso omiso de una acceso prohibido, marcado por un cartel, lo hacen bajo su propia responsabilidad, advierte.

Pero los puristas reprueban la idea de un acceso oficial con pago y critican la comercialización. No me gusta, porque hay gente que saca provecho de la situación, protesta Ciaran Fahey.

El urbexer irlandés agrega las coordenadas de los lugares visitados en su sitio web, desviándose de las reglas, en su voluntad de compartir sus descubrimientos. Es polémico, reconoce. Pero estos lugares tienen una esperanza de vida cortísima (...) Deberían estar abiertos a todo el mundo.