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En el edificio de 13 pisos, ubicado en la capital brasileña, habita un centenar de creadores

Ouvidor 63, una fábrica de ideas y arte en el corazón de Sao Paulo

Llevaba tiempo deshabitado

Hace tres años un grupo de artistas lo ocupó para convertirlo en centro cultural y de viviendas

Pertenece al Estado, que amenaza con verderlo

La idea es fortalecer el colectivo para que no sea sólo un espacio físico, apunta el pintor D’Julia Gangary

Foto
Las ideas se asoman de las coloridas paredes del destartalado inmuebleFoto Afp
Afp
 
Periódico La Jornada
Sábado 12 de agosto de 2017, p. 7

Sao Paulo.

Un malabarista lanza sus mazas en la sexta planta, una banda manda rock desde la tercera y un pintor finaliza su obra en el séptimo piso del número 63 de la calle Ouvidor. En este edificio, ocupado por un centenar de artistas en el centro de Sao Paulo, sólo se admiten habitantes con ideas.

Algunas asoman ya desde las coloridas paredes de este inmueble destartalado, que con sus grafitis e ilustraciones rompe el gris raído del corazón de la mayor ciudad de Sudamérica.

Propiedad del estado de Sao Paulo, este edificio de 13 plantas llevaba años deshabitado cuando hace tres un grupo de creadores lo ocupó para convertirlo en centro cultural y de viviendas artísticas.

Grafiteros, músicos, circenses o dibujantes conviven en una comunidad que suma ahora unas 100 personas y funciona de forma horizontal. No hay líderes en Ouvidor, donde todo se decide en las reuniones semanales de cada piso y se somete, después, al voto de la asamblea.

Incluida la admisión de nuevos miembros, que deben llegar avalados por otro habitante y traer un proyecto creativo. Al principio hay que ser hospedado por alguien. Ahí, si te vas adaptando, tienes buenas ideas y trabajas para el colectivo, entras en una lista de espera para ocupar un cuarto, explica el pintor D’Julia Gangary mientras da los últimos retoques a un cuadro.

Inclinado sobre la mesa de su alborotado estudio-dormitorio, este artista de 41 años cuenta cómo su llegada a Ouvidor le cambió los planes. Volvía de viaje cuando lo invitaron a crear un taller de grabados. Iba a quedarse unos meses y ya pasó año y medio.

Nuestros proyectos son en su mayoría gratuitos, siempre haciendo un trueque. Cuando recaudamos fondos, es para mantener el edificio, asegura.

Aunque vivir en comunidad no es siempre tan idílico –todavía recuerda su tensión mientras la asamblea votaba si podía quedarse–, ahora se siente parte de algo más grande.

Disciplina

Un piso más abajo, Giuseppe Gordillo mantiene el equilibrio sobre una alta estructura vertical de tres ruedas. Desde que se inició en los malabares viajando por Sudamérica, este colombiano con una rosa de los vientos tatuada en el cuello se enamoró del circo. Tanto, que decidió volver a Brasil junto con su pareja y su hija de tres años para hacer de su pasión una forma de vida. Cuando llegamos a La Paz, unos amigos chilenos nos hablaron de la ocupación y decidimos venir a Sao Paulo, recuerda sobre su travesía por carretera.

Ya hace un año de aquello y ahora trabaja haciendo malabares en los semáforos, da clases en Ouvidor y es uno de los habitantes de la sexta planta, donde viven los artistas de circo y preparan su espectáculo quincenal de varietés. Este es el único lugar del edificio donde está prohibido tomar alcohol o cualquier sustancia. Es un espacio para hacer arte, no para fiesta ni descontrol, afirma tajante. A este bogotano de 26 años se le iluminan los ojos cuando explica cómo esta colorida sala de techo elevado para que puedan volar las mazas es también un valioso refugio para muchos artistas nómadas que, como él, desembarcan en esta megalópolis caótica. Sao Paulo es una ciudad enorme, aquí es muy fácil estresarse y perder el control, asegura.

En el edificio viven ahora unos 30 extranjeros, la mayoría artistas latinoamericanos, aunque ya son muchos los que dejaron su huella en una comunidad que se renueva sin cesar.

Amenaza

Hace unos días, nació un bebé en el mismo rellano aumentando la población infantil del Ouvidor, donde ahora viven siete hijos de artistas. Cada habitante busca su espacio entre el bullicio de este edificio en marcha. Como Vanessa, creadora de 23 años que interrumpió su viaje en un viejo coche Fusca, o Escarabajo, por Brasil junto a su perra para pasar un tiempo en la ocupación, y vio que faltaba algo.

Cuando llegué en noviembre, no había un espacio solo para mujeres. Lancé la idea, conseguí hospedar a dos chicas del movimiento feminista y ahora tenemos un piso entero sólo para mujeres, cuenta. El nuevo proyecto ocupa la novena planta.

Pese a la constante amenaza de desalojo, la lista de espera para conseguir albergue en la comunidad sigue siendo larga. Dueño del inmueble, el estado ya lo ha puesto a subasta en dos ocasiones, pero no recibió ninguna oferta, cuentan sus residentes. Preguntado por ello, el gobierno afirmó que el Consejo de Patrimonio está elaborando una propuesta de concurso público para venderlo.

Pero esa perspectiva no afecta el proyecto creativo.

No tengo miedo, porque nuestra idea ha sido fortalecer el colectivo para no ser sólo un espacio físico, valora Gangary. La comunidad de Ouvidor está unida por lazos más fuertes que el cemento.