Opinión
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Los de abajo

Trabajadoras sexuales

Gloria Muñoz Ramírez
S

i para cualquier mexicana la lucha por sus derechos es un camino con todo en contra, para las trabajadoras sexuales es doble o triple esfuerzo. Por eso su resistencia y perseverancia tienen un valor distinto. Vivir la calle no es fácil ni para quienes lo deciden. Por eso insisten en vivirla con dignidad y autonomía, con derechos, sin explotación ni represión. Pues de eso se trata.

La organización las tiene hoy en otro camino, pues solas, divididas y confrontadas no podrían haber conseguido nada. En la celebración del 20 encuentro de la Red Nacional de Trabajo Sexual quedó claro que el camino es largo, pero también que no están como al principio. Por eso Krizna habló de las conquistas obtenidas a más de una década de que elaboraron su plan de lucha 2006-2031, entre las que sobresalen el reconocimiento como trabajadoras sexuales no asalariadas en la Ciudad de México, y el reconocimiento, al menos en la tesis de un juicio de amparo, de la diferencia entre trata de personas y organización libre y voluntaria en México. La impulsora de estos encuentros es la asociación civil Brigada Callejera Elisa Martínez, cuyo trabajo incansable tiene más de dos décadas en la lucha por los derechos de las trabajadoras sexuales. Iniciaron en las calles de La Merced, en la Ciudad de México, y se han extendido ya estados como Jalisco, Colima y Chiapas, en cuya capital, Tuxtla Gutiérrez, se reportan cobros abusivos e ilegales a las trabajadoras sexuales de la zona galáctica.

En el encuentro, como en los anteriores, se respiró dignidad, fortaleza y buen humor, características que pudieran pensarse lejanas en este sector de mujeres y trans que muchas veces ejercen su trabajo en condiciones de extrema violencia, discriminación y represión. Ni víctimas no victimarias, es uno de los lemas de quienes se mantienen en el trabajo sexual por decisión propia, aunque tengan claro que es el sistema el que no les deja otro camino.

No niegan que exista la trata de personas con fines de explotación sexual, y por lo mismo se mantienen como firmes opositoras al trabajo forzado o al que se llega por engaños, como sucedió a Kasandra, de 24 años, originaria de Puebla: Un hombre me enamoró, me dijo que se iba a casar conmigo, que íbamos a tener hijos, pero no fue así y me metió a trabajar en esto. La historia se detuvo cuando encontró el apoyo de la brigada, y ahora ella apoya a otras compañeras no sólo para escapar del explotador, sino para denunciarlo.

Falta mucho, sin duda. Las trabajadoras sexuales lo saben, no se rinden y siguen dando lecciones de dignidad.