Sociedad y Justicia
Ver día anteriorDomingo 13 de agosto de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Mar de Historias

Suspensión de actividades

Cristina Pacheco
M

ateo sabe que en cualquier momento pueden traicionarlo las piernas, pero sigue caminando. Va atento a los comercios que le servirán de guía cuando emprenda el regreso a su casa. No quiere extraviarse. Ya le ocurrió una vez y nadie le creyó que había sido por simple distracción. Indefenso, pidió disculpas. Imaginaba los malos momentos que le había causado a la familia.

Que los imaginara no era suficiente. Su hija Adriana, hecha un mar de lágrimas y temblando, lo obligó a escucharla describir su angustia cuando, a las dos de la tarde –al regresar del tianguis– se dio cuenta de que él aún no había vuelto del dispensario. Está a unas cuadras. Saliste de aquí a las doce. Ponte en mis zapatos, papá, y dime si no habrías pensado en lo peor.

Mateo recuerda que enrojeció, como su nieto Samy cuando lo descubren haciendo lo que no se debe, a menos que quiera quedarse ciego. También, como el muchacho, inclinó la cabeza y prometió que no volvería a suceder. Adriana, implacable, sentenció a su padre: De que no volverá a suceder puedes estar seguro. No pienso permitirte que vayas solo a la calle. Si no hay quien te acompañe, ¡no sales y punto!

El tono autoritario de Adriana lo obligó a protestar: No me hables como si fuera un niño. Tengo edad suficiente para cuidarme. ¿Sí? Pues no parece. Hoy te perdiste. Cuando le hablé a Nazario para decirle que eran las dos de la tarde y aún no regresabas cerró el taller y salió a buscarte. Perdió el día. ¿Entiendes lo que eso significa, papito? No somos millonarios. Tus medicinas cuestan. No es cosa de que Nazario diga: si hoy no trabajé y no gané ni un centavo, ¡qué le hace! Voy al cajero y saco lo que necesite.

II

Por rápido que camine, Mateo no puede alejarse de ese recuerdo ni de los remordimientos al imaginar la angustia de Adriana cuando se dé cuenta de que otra vez se salió a la calle sin atender su orden de que no lo hiciera.

Un gesto de fastidio altera sus facciones sólo de pensar que el próximo domingo –¿qué día es hoy?– su hija lo acusará de haberla desobedecido ante José Carlos, Ernesto, sus esposas y los nietos que asistan –de mala gana– a la comida. Su predilecto es Pablo. Le gustaría conversar más con él, contarle algo de su vida anterior a esta etapa en que se siente tan incomprendido y sólo escucha prohibiciones que lo paralizan y lo hacen sentirse a medio enterrar.

Descarta la idea. Además de que lo horroriza, lo distrae. Ahora lo único importante es mantenerse concentrado, fijándose bien por dónde va, no desviarse ni olvidar que va a la calle de Margil. Allí debe seguir la tienda naturista adonde iba con Sixta, su mujer, para comprarle pomadas y yerbas. La dependienta que los atendía se llamaba Anahí. La recuerda guapa y eficiente. Le pedirá que le recomiende un té o un jarabe que lo ayuden a dormir. El insomnio es insoportable. Pasa la noche pensando en cómo era su vida junto a Sixta. Saber que nunca podrá recuperarla le causa un dolor y angustia indescriptibles.

III

Mateo sueña con ser otra vez independiente y ganarse la vida, como antes, vendiendo baratijas en las calles. Eso le permitiría cubrir sus necesidades y el alquiler de un cuarto donde nadie estuviera vigilándolo o repitiéndole, como hace Adriana todo el tiempo, que por su edad, él ya no es capaz de valerse por sí mismo ni mucho menos salir solo a la calle: puede extraviarse para siempre, sufrir un asalto o ser atropellado por alguno de los muchos cafres que manejan como locos.

Mateo no entiende por qué, desde que vive como arrimado en la casa de Adriana, tiene la impresión de que todos lo están acechando para caerle encima y paralizarlo cuando lo que más desea es disfrutar de los años que le quedan por vivir, volver a los sitios que tantas veces recorrió con Sixta. Sigue amándola y a veces envidia la libertad que le ha dado la muerte.

IV

Al llegar a la tienda naturista Mateo ve la puerta cruzada con dos sellos: Suspensión de actividades. No entiende y se acerca al vendedor que exhibe sus mercancías en el edificio de junto: Perdone, ese aviso ¿desde cuándo está allí? Hace un buen de tiempo. Mateo sabe que no obtendrá más información y va a sentarse en la banqueta, frente a la tienda clausurada, con la vaga esperanza de que Anahí aparezca disculpándose por haber llegado tarde.

Se sobresalta cuando oye la voz de una muchacha a sus espaldas: Es peligroso que esté sentado allí. Pasan muchos camiones. Pueden atropellarlo. Mateo se vuelve hacia la esquina, como si quisiera medir el peligro. Intenta levantarse, pero no lo consigue. El vocerío lo abruma y un claxon insistente opaca su lamento.

Señor, ¡levántese!, suplica la muchacha que unos segundos antes le advirtió del peligro. Mateo la mira y sonríe cuando la reconoce: es Sixta que lo invita a seguirla.