19 de agosto de 2017     Número 119

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

Puebla y Tlaxcala

La cuenca de los ríos Atoyac, Xochiac,
Zahuapan y sus afluentes: semillas de
esperanza frente a la devastación de
un modo de vida campesino

Milton Gabriel Hernández García* y Alejandra Olvera Carbajal**
*Escuela Nacional de Antropología e Historia-INAH **Escuela Nacional de Ciencias Biológicas-IPN

La historia de muchos pueblos tlaxcaltecas y poblanos ha estado acompañada de la generosidad de la Antigua Ciénega del Valle Puebla-Tlaxcala, que era una amplia extensión de humedales (pantanos, lagos, lagunas, ameyales, etcétera) en los que se desarrollaron complejos sistemas de producción agrícola intensiva durante la época prehispánica.

Además de la Gran Ciénega, los Ríos Atoyac y Zahuapan jugaron un papel importantísimo en la productividad agrícola, principalmente del maíz y el amaranto, mucho antes de la llegada de los españoles. Ya en 1614, el fraile Alonso de la Mota y Escobar, visitando Tlaxcala, escribió que el Río Atoyac “es de buen agua. Son los indios ricos de grana, maíz y aves. Siembran maíz, es principio de lo que llaman la ciénaga de Tascala: y ahora se han dado en sembrar trigo de riego, que se comienza a dar muy bueno y muy copioso [...]”.

En 1850, el Padre José María Cabrera comparaba al Río Atoyac con el Río Nilo, por su gran caudal de agua y debido a la fertilidad de los sedimentos que arrastraba. Destacaba que incluso en su cauce habitaban nutrias o “perros de agua”.

En la memoria de muchos pueblos del suroeste de Tlaxcala se ha registrado que hasta hace 30 años el Atoyac era un caudal de vida: “puedo decir con toda claridad que era una hermosura de río. De noviembre a abril, un agua muy clarita, transparente, se veían muy bien las piedritas hasta el fondo del agua. Era una hermosura. Eran unas corrientes de agua muy fuertes, pasaba un árbol y se lo llevaba”. Las familias podían bañarse junto al río y allí compartían sus alimentos. Las mujeres iban a lavar la ropa en las orillas y convivían. El agua era cristalina y estaba tan limpia que se podía beber.

Los abuelos y abuelas de las comunidades recuerdan que en sus aguas se podían encontrar carpas, ranas, sapos, acociles, tempolocates, charales, ajolotes y otras especies que durante siglos constituyeron, junto con la milpa, la base de la economía y la cultura alimentaria de lo que actualmente son los pueblos de Tepetitla, Nativitas e Ixtacuixtla en Tlaxcala, y San Martín Texmelucan y Huejotzingo, en Puebla, todos ellos de origen nahua. Así lo recuerda el campesino de San Rafael Tenanyecac, don Tránsito Ruiz Hernández, de 81 años:

“Era un río que daba para comer, había peces en variedad de tamaños, chiquitos, grandes y grandotes. Yo fui joven y, cuando era como de 17, iba a pescar unas carpas grandes, además de ranas. Su cría, que es el renacuajo, había mucho. En cuanto a peces, había carpa, mojarra y charal. Lo que sí llegué a pescar eran ajolotes. Es un animal largo y tiene sus cuatro patitas, pero no tiene hueso, pura vértebra, pura carnita, todo se come; lo que no se come es el pellejo, porque ese animal es muy sensible; la carne, muy rica, blanca. El animal puede ser negrito pero no fácil se limpia, porque tiene una cascarita, una camisita, que si no se pone en la lumbre un poquito, no se le despega. Esa no es para comer. Se metía cuando está caliente la ceniza y se sacaba y se pelaba. Eso era la limpieza o aseo que se daba a ese animalito y se podía comer como algo capeado, con huevo y lo freían, muy rico. O de tamal, con la hoja del maíz, se echa con su epazote, su cuitlaxcol, que es el corazón del chile, cuando lo limpian y desvenan, esa tripita se le echaba al tamal. Con sus ramitas de epazote.

“La carpa en esos tiempos sencillamente se hacía en hojas de maíz y no se le echaba nada a la carpa más que la sal. Así solito. O también las mojarritas, las limpiaban, les quitaban las escamas y lo de adentro y así en la hoja del maíz, del tamal, así se hacían los pececitos con su sal. Eran de veras muy ricas. No hay comparación de la carpa que hoy nos venden a esa carpa de antes. No se puede comparar. Era muy exquisito el pez, solamente con su sal. La carpa se comía en taco, se le quitaba el huesito. El charal también lo hacían con sus chilitos, eran tamalitos chiquitos. El acocil se traía, se limpiaba de lodito y basurita y de allí se hervía para que se le escurriera el lodito; ya cocido se vuelve rojo y lo guisaban con rajas de jalapeño y huevo. También se hervían y se ponían con chilito, como un caldito, con su epazote.

La rana también se comía igual de tamalito, con sus cuitlaxcoles, sal y epazote. Y otros animalitos pequeños que los abuelos nos enseñaron a comer. Un animalito que le decían mecapal, así larguito, como una lombriz, delgadita. Se atrapaban y se comían pero ya no hay nada, nada de eso”.

También era frecuente encontrar en las orillas del río numerosas plantas de uso alimentario o medicinal, como el chichicastle, la ruda silvestre, el epazote morado, el árnica, la verdolaga, el quintonil y el berro, entre muchas otras.

Sin embargo, los campesinos recuerdan que, desde que se instalaron los corredores industriales en esta región, el agua del río empezó a cambiar. Debido a las descargas residuales que arrojan las empresas, el agua del Atoyac se empezó a contaminar. Todas las especies acuáticas que en él vivían se extinguieron. Las plantas que crecían a su lado casi han desaparecido:

“El río empezó a cambiar después de los setenta. En 1962 se inauguró la autopista de Puebla a México. A partir de eso se pusieron todas las fábricas. Antes de eso no había. La primera que llegó fue la petroquímica y después la papelera. Antes corría el agua de allá para acá, era para riego. Pero cuando se plantó esa papelera nos mandaban esa agua, pero no sabía uno como campesino el contenido de esa agua. Se regaban las plantas con esa agua pero en las melgas se quedaba blanco al otro día y había que levantar eso como puro cartón. De allí se empezó a echar a perder nuestros productos de campo. Antes de que llegara, esa agua siempre era para el riego de esos campos. Pero después nos estaban mandando papel en el agua. Se hacía el cartón encima del cilantro, no era un papelito. Era un cartón. La gente protestó pero definitivamente ya no hubo carpas y esos animalitos, de los ochenta para acá. Ya de plano no hay nada”.

Junto con la contaminación, llegaron las enfermedades y el sufrimiento. En estos municipios se han detectado numerosos padecimientos crónico-degenerativos y agudos entre la población. Además, desde que la cuenca se empezó a contaminar, muchos campesinos de estos pueblos empezaron a tener dificultades para vender sus productos agrícolas como la lechuga, la col, el cilantro y otras verduras, pues al provenir de una región famosa por estar contaminada, se los empezaron a pagar por debajo de los costos de producción. Esta situación no ha cambiado y ha desalentado la continuidad del trabajo agrícola en la región.

Los agravios se han acumulado. Los impactos se dejan ver no sólo en la salud y el medio ambiente de estas comunidades, sino en la cultura, la economía y las relaciones sociales.

Sin embargo, a pesar de un presente sombrío en esta región campesina de origen nahua, el futuro se antoja esperanzador: después de una lucha de más de 15 años –y a partir de la queja de una valiente organización, la Coordinadora por un Atoyac con Vida, en colaboración con la Red de Jóvenes en Defensa de los Pueblos, la asesoría académica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el acompañamiento del Centro “Fray Julián Garcés” de Derechos Humanos y Desarrollo Local–, el Estado mexicano reconoció por fin, el 21 de marzo de este año, por medio de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), que efectivamente el río está contaminado.

También reconoció que la contaminación es la causa de muchas enfermedades (cáncer, arsenicosis, púrpura trombocitopénica, insuficiencia renal, daño genotóxico, enfermedades gastrointestinales, etcétera).

En la Recomendación que hace la CNDH a la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), Comisión Nacional del Agua (Conagua), Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) y Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris) en el ámbito federal; a los gobiernos de Puebla y Tlaxcala en el ámbito estatal; a las presidencias municipales de San Martín Texmelucan y Huejotzingo, en Puebla, y de Ixtacuixtla, Tepetitla y Nativitas, en Tlaxcala, pide a todas estas instancias que pongan en marcha, y a la brevedad, un Plan de Saneamiento de la cuenca de los ríos Atoyac, Xochiac, Zahuapan y sus afluentes y a que se incluya la voz de la sociedad civil en este proceso.

Frente a décadas de agravio, deterioro socio ambiental y violación sistemática a los derechos humanos de estos pueblos y comunidades, nos encontramos frente a la posibilidad histórica de que el Atoyac sea el primer río gravemente contaminado que podría ser saneado en América Latina. No menos importante es la esperanzadora posibilidad de miles de víctimas por encontrar justicia y reparación del daño. Esperamos que las autoridades actúen a la altura de las circunstancias, movidas por el sentido de la ética y la responsabilidad jurídica con el pueblo que representan.

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