Opinión
Ver día anteriorJueves 7 de septiembre de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El alacrán y la sucesión presidencial
Soledad Loaeza
D

icen que hay alacranes que tienen muy buena voluntad, que se proponen no picar a quienes los ayudan, pero la urgencia de hacerlo es muy superior a sus intenciones. Así que aunque se comprometan a guardarse su veneno siempre habrán de atacar a quien se les acerque aunque venga en son de paz, aunque pierdan un amigo, aunque violen su palabra. Está en su naturaleza soltar su veneno, sin importar el costo.

Así los políticos y funcionarios más encumbrados de nuestro país quieren convencernos de que algo similar a lo que les pasa a los alacranes les ocurre a ellos cuando tienen a su alcance dineros públicos: una fuerza superior y maligna se apodera de su voluntad y los impele a apropiarse de dinero que no es suyo. No resisten la tentación de meterse los pesos a los bolsillos, sin tomar en cuenta que es dinero ajeno y de plano entran a saco a la oficina, Quieren que creamos que robar está en el de por sí, de la función pública, que es un fenómeno cultural, por consiguiente no se presta a una evaluación moral ni penal, y por ser cultural –dicen– es comprensible y tal vez cambiará con el tiempo. Tal vez. Nada más falta que nos digan que es biológico. Si la corrupción es connatural al político y al funcionario público, como pretenden los bribones que la justifican en esos términos, así como está en la naturaleza del alacrán inyectar veneno en el prójimo, entonces no les importará que los llame alacranes.

Las últimas revelaciones acerca de los sofisticados esquemas que se han puesto en pie desde el gobierno federal para desviar recursos públicos en beneficio de los bolsillos personales de diferentes funcionarios, prueban que nuestros alacranes han hecho de la corrupción una especialidad, un arte. Es una lástima que hayan empleado su imaginación, su educación, sus grados y posgrados en el diseño de sistemas destinados a la apropiación de dineros ajenos, en lugar de dedicar sus recursos personales a cumplir con el objetivo general del sector público: mejorar las condiciones de vida de millones de mexicanos que no tuvieron ni tendrán las mismas oportunidades que han tenido los alacranes.

Es también una lástima, pero sobre todo una vergüenza, que hayan hecho sus cómplices a universidades estatales, que normalmente tienen presupuestos muy limitados. Es decir, se aprovecharon de la debilidad de estas instituciones para implicarlas en operaciones criminales que las obligarán a defenderse; pero, además, no pueden esperar apoyo del gobierno que al utlizarlas de esa manera mostró una falta de respeto a la universidad pública, digna sólo de la perversidad de los imaginativos alacranes.

Toda la información que hemos estado recibiendo a propósito de estos robos adquiere un significado particular ante la cercanía de la sucesión presidencial. Hoy podemos atribuir la corrupción a diferentes partidos; todos han estado en el poder desde el municipio hasta la Presidencia de la República, y aparentemente a todos se les ha impuesto la corrupción como un de por sí de la política y de la función pública. No obstante, el PRI es el partido que más años ha sido gobierno, y una de sus grandes responsabilidades –como lo es de todo partido en el gobierno– fue y es, sentar los estándares y las reglas de la moral pública. Tan es así, que cuando los partidos de oposición llegaron al poder empezaron a comportarse como el PRI, porque –según ellos– esas eran las reglas, ¿Y quién diablos es un panista o un perredista para violarlas para siquiera intentar seriamente cambiarlas? Las oposiciones nos dijeron que cuando llegaran al poder, iban a combatir la corrupción; pero una vez que llegaron se dieron cuenta que así se hacen la cosas y se siguieron de frente. Todavía peor es que ahora son muchos los funcionarios y políticos deshonestos, son tantos que no sería extraño que la simple cantidad refuerce el argumento del alacrán: No soy yo. Es una fuerza superior a mí.

Llevamos décadas denunciando la corrupción. Ha habido varias campañas de moralización, se creó la Secretaría de la Contraloría, distinguidos funcionarios fueron a dar a la cárcel. Nos la creímos hasta que el alacrán levantó la cola y soltó el veneno sin escrúpulos, sin vergüenzas, sin dignidad pensará que no tiene porqué. Después de todo es la cultura. Sí, como no, la cultura de Alí Babá. Así lo prueban las fotos de caballos pura sangre propiedad de funcionarias que antes viajaban sólo en Metro; las propiedades inmobiliarias escandalosamente ostentosas de políticos que antes sólo tenían un pequeño departamento; en los garages de las secretarías de Estado se estacionan coches que sólo veíamos en las películas de James Bond. ¿Cuánto falta para deshacernos de los alacranes.?