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Álvaro Matute
E

l martes 13 de octubre de 1992, con poderosas emociones que aún me embargan, tomé mi primera clase en la Facultad de Filosofía y Letras (FFL) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). El título de la materia y el nombre del profesor que la impartía no me decían nada, o casi (historiografía de México, doctor Matute Aguirre, Álvaro, ponía en el pizarrón de horarios del Colegio de Historia), pero desde ese día don Álvaro Matute fue mi maestro. Lo fue cada martes y cada jueves de los tres semestres iniciáticos; lo fue en sesiones formales e informales de seminarios de licenciatura y posgrado; en la dirección de tesis (fue el director de mis tres tesis, las que me hacen licenciado, maestro y doctor en historia); en largas reuniones en su casa en las que él nos cocinaba pastas espléndidas, la doctora doña Evelia Trejo Estrada –su esposa y colega–, los quesos y las ensaladas, y los tres o cuatro alumnos convocados intentábamos llevar algún vino a la altura de las circunstancias.

¿Qué le aprendimos? Que el oficio del historiador puede sintetizarse en una frase que Matute tomó a su vez de otro legendario profesor (si no mal recuerdo, el doctor José Gaos): Se lee ajeno, aludiendo a letreros pegados en ventanas de vecindario que ponían se lava ajeno o se plancha ajeno. En efecto, el oficio del historiador consiste justamente en leer ajeno.

El profesor nos preguntaba: ¿qué leemos cuando leemos un libro de historia?, ¿qué leemos, qué buscamos en él? Guiados por esas preguntas, aprendimos el análisis historiográfico, consistente en preguntar quién era el autor de un libro (o de cualquier documento histórico), cuál era su posición, sus intereses en su momento y el método que seguía; cómo investigaba y fundamentaba sus afirmaciones. Nos enseñaba a comprender al historiador y, al comprenderlo, a comprender el pasado. Aprendimos en sus clases que la historia no es un tribunal de cuentas. Aprendimos con él los secretos del oficio: la crítica y la confrontación de fuentes. Cientos de historiadores mexicanos lo somos gracias a sus enseñanzas en el aula y en sus luminosos escritos.

Falleció a una edad y con una salud que nos permitía augurarle dos o tres décadas más de fecunda labor. Y siento que no sólo murió el hombre bueno, sabio y generoso que fue; siento que con él termina una época de la historiografía mexicana; porque don Álvaro Matute no sólo era un estilo (siempre me habló de usted, mientras me miraba con sus serenos ojos claros; nunca se le escuchó ofender a nadie y muy rara vez levantar el tono de la voz; nunca le escuchamos un despropósito ni una majadería; siempre generoso y comprensivo. La UNAM, a la que entregó su vida, extrañará su paso sosegado, su barba de candado perfectamente cuidada, el afeitado exacto, el nudo de la corbata perfecto): don Álvaro era el último gran capitán de la escuela historicista que durante tres cuartos de siglo dominó el pensamiento histórico en la FFL-UNAM, desde donde irradiaba al resto del país.

La escuela historicista, fundada en México por José Gaos y Edmundo O’Gorman, que sostenía, en palabras de Benedetto Croce, que toda historia es historia contemporánea y que el pasado no existe: la historia está viva en el espíritu y no en los restos muertos del pasado. La que aseguraba, con R. G. Collingwood, que toda historia es historia del pensamiento, que el conocimiento histórico es la re-actualización, en el espíritu del historiador, del pensamiento cuya historia estudia. Es el historiador quien construye (o reconstruye) dentro de sí mismo el pasado y, por tanto, todo pensamiento histórico es interpretación histórica del presente. Por supuesto, si la historia es interpretación, no hay Verdad, sino verdades a las que llega el historiador desde sus problemas presentes, su perspectiva presente.

Y por fin, que si lo que nos lleva al estudio de la historia son los problemas el presente, la historia es también compromiso, decisión, toma de partido, como decía Ramón Iglesia, historiador que luchó fusil en mano contra el fascismo y cuyos ensayos Matute rescató, prologó y editó en el Fondo de Cultura Económica. Compromiso. Quizá con Matute se cierre un brillante capítulo de la historia de la historiografía en México, pero quedarán para siempre sus enseñanzas, su pasión por el conocimiento, su amor por México, base de su vocación como historiador.

Abrazo a Evelia, su esposa, mi maestra. A sus hijos. A sus alumnos, muchos de ellos mis amigos. Sabemos que la FFL y el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM no volverán a ser los mismos. Y si existe el Dios en el que Matute creyó toda su vida, de acuerdo con cuyas enseñanzas de amor intentó vivir, con Él estará.

Twitter @historiapedro