17 de septiembre de 2017     Número 120

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
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Suplemento Informativo de La Jornada

Tijuana no solía organizarse en torno a lo rural-comunitario, hoy sus pobladores indígenas le han dado ese sentido FOTOS: Olga Lorenia Urbalejo Castorena

Ser indígena en Tijuana

Olga Lorenia Urbalejo Castorena

Al hablar de la población indígena en la frontera de Tijuana nos referimos las complejidades de los grupos étnicos migrantes, insertos en redes sociales que atraviesan de manera geográfica y sociocultural a la ciudad. Este espacio de intersección política se caracteriza por ser un centro de las periferias indígenas en migración, sobre todo para algunos de los grupos con mayor número de habitantes como los mixtecos y los purépechas, no obstante, hay que considerar que las etnias del país están presentes en la ciudad, pero las mencionadas son las que regularmente se observan en el espacio público.

Tijuana es una ciudad que, a pesar de que en algún momento estuvo fragmentada en ranchos, no tiene una tradición de organización en torno a lo rural-comunitario; son sus pobladores indígenas quienes le dan este sentido, que ha sido reconfigurado en el contexto de lo urbano.  Las formas de vivir la ciudad se realizan mediante los saberes del campo, y sus implicaciones como forma de vida, es decir más allá de la producción económica. El establecerse en la frontera ha hecho que los lazos y las formas de organización se trasladen y adquieran ciertas características, por ejemplo, lo que pudiera considerarse una “lucha” constante de las asociaciones étnicas con las administraciones municipales, para lograr que alguno de sus miembros sea reconocido como figura administrativa, a fin de atender su problemática.


Tijuana es un centro de las periferias indígenas en migración. Si bien las diversas etnias del país están presentes en esta ciudad, grupos como los mixtecos y los purépechas son los más presentes en el espacio público.


Como indicaba al inicio, las condiciones son variadas. En el aspecto laboral, por ejemplo, se encuentran las vendedoras-artesanas instaladas de manera regularizada para ofertar sus productos en el centro de la ciudad. En esa misma labor persisten formas precarizadas de trabajo, de tal forma que hay mujeres que caminando ofrecen sus mercancías a expensas de ser arrestadas. Aun así, las ambivalencias en Tijuana han posibilitado que, mediante los lazos mencionados, el cuidado de la comunidad sea continuo, coordinando a un sector amplio de esta población para presentar proyectos comunes, en organizaciones que conjuntan a distintos grupos como la Red de organizaciones indígenas transnacionales de Baja California, por citar un ejemplo.

En Tijuana se llevan a cabo prácticas que identifican a purépechas de Janitzio, purépechas de  Pátzcuaro, mixtecos de Xochapa, Guerrero y mixtecos de San Esteban Atatlahuca, Oaxaca, quienes realizan festejos a sus santos patronales o hacen reuniones para resolver asuntos tan variados como la construcción de un espacio común o la fiesta de navidad. También, a través de sus representantes, los distintos grupos exponen sus problemáticas ante funcionarios o bien visibilizan algunos contenidos de su ser indígena en los espacios públicos, por ejemplo, con la realización de ferias y festivales indígenas en los municipios de Tijuana y Playas de Rosarito -con el apoyo de los ayuntamientos- en los cuales hay exposiciones gastronómicas, de artesanía y danzas.


Las comunidades organizan sus fiestas y ferias en los espacios públicos de
Tijuana y Playas

Además de mostrar su diversidad poblacional y cultural, tienen un objetivo político: contar con una representación en los gobiernos de la ciudad, en lo cual ya ha habido avances, como el Módulo de atención indígena en Tijuana, que fue inaugurado en octubre de 2015 y funcionó algunos meses, o bien el actual departamento para el Desarrollo de los pueblos indígenas en Playas de Rosarito, ambos dirigidos por indígenas.

Con estos espacios los grupos no buscan que los funcionarios garanticen un estilo de vida, esto se hace sin necesidad de mediadores, sino que se comprenda esta diversidad cultural y que sea reconocida como figura central, que se observen y acepten estas formas de vida de lo rural en conjunción con lo urbano, con sus continuidades y rupturas, y que se acepte y asuma que son ellas y ellos, las y los indígenas, quienes pueden atenderlo.

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