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Las donaciones fueron recibidas en la Facultad de Química

Familia juchiteca reúne 9 toneladas de víveres y ropa para damnificados
 
Periódico La Jornada
Domingo 17 de septiembre de 2017, p. 10

Cuando te llegan con ayuda, no les puedes decir que no. Con este pensamiento, una pareja de juchitecos en la Ciudad de México reunió nueve toneladas de víveres y ropa que este sábado repartieron casa por casa en zonas pobres afectadas por el sismo en Juchitán, Oaxaca.

Con su huipil y sus enaguas, Elizabeth Antonio Márquez, ingeniera química y laboratorista, destacaba con facilidad desde su época de estudiante (hace más de 30 años) en los pasillos de la Facultad de Química de la UNAM, donde ahora trabaja. Tras el temblor, una amiga se le acercó, le preguntó por sus familiares y paisanos y luego de una charla en la que constató que estaban bien: vivos, con el tono de quien solicita un favor inmenso, le dijo que si tenía planeado ir, llevara de su parte algunos víveres.

Eli contestó que sí, que muchas gracias. Contó lo ocurrido a su esposo, Tomás Villavicencio, ingeniero electromecánico, también juchiteco y trabajador de la Facultad de Química, y decidieron instalar un centro de acopio ahí mismo, con la esperanza de reunir dos toneladas. Pensaban trasladar lo que juntaran, aunque tuvieran que hacer dos viajes, en una vieja camioneta que Eli heredó de su papá, con capacidad de carga de una tonelada y 356 mil kilómetros recorridos. Quizá el novio de una amiga les hiciera el paro con su troca nueva, de dos toneladas.

El fin de semana, amigos y familiares renviaron mensajes a sus conocidos, a algunos solicitando dinero en efectivo, con la idea de comprar alimentos perecederos. En el Istmo la comida es fresca o no sabe. Lo común es que escojas tu pollo, lo maten y desplumen frente a ti. Pero el mercado se cayó y los demás comerciantes, temiendo actos de rapiña, cerraron. Eso produjo el desabasto.

El sábado en la central de abasto de la CDMX ofrecieron transporte para cuatro toneladas. Se publicó una carta en La Jornada exhortando a apoyar a damnificados. Fue el primer llamado, antes que el del gobierno, la Cruz Roja y la propia UNAM, aunque los maestros de la sección 22 ya estaban movidos en redes y fueron los primeros en llegar con ayuda.

El lunes, Eli y Tomás juntaron una tonelada. Entusiasmados, los hijos decidieron instalar otro centro de acopio en la Prepa 2. La mayor, de 16 años, se puso su huipil y pasó de salón en salón. Reunieron una tonelada. La mitad fue enviada, por decisión de la directora de la escuela, al estadio de CU.

El martes, a la facultad llegaron dos toneladas más. El transportista pidió juntar ocho para que el viaje valiera la pena. El miércoles, la generosidad se volcó, se recaudaron cuatro más. Pero el transportista dijo: no puedo.

Para Eli y Tomás lo que los distingue es que sí son de fiar. Sin desistir, acudieron a más transportistas, acordaron pagar a uno 9 mil 500 pesos; de donativos en efectivo tenían 31 mil.

El jueves, 10 hombres y 20 mujeres, con siete pubertos y dos niños de 10 y 11 años, sacaron de bodega y cargaron todo al camión. Ese mismo día la ayuda partió. En el camino no los interceptaron motociclistas ni saqueadores, tampoco los pararon en retenes oficiales. Tras un recorrido de 14 horas, sin incidentes, con el pago de casetas exento, el viernes en la mañana llegaron a Juchitán.

El Instituto Cultural Zapoteco, dirigido por Jorge Magariño, los recibió. Para descargar, las manos sobraron. Varias de damnificados. Integrantes del grupo de danza Biini cubi (Gente nueva) también se apuntaron. Una cadena de 50 personas llevó la carga al foro que en días anteriores albergó a los topos. El jitomate, la papa y la cebolla fueron llevados a un comedor comunitario.

Se armaron 850 despensas, que incluían leche, aceite y huevo. Ayer se hizo la entrega de casa en casa en los callejones Santa Martha y Excélsior (sección 7), Cheguigo (sección 9) y Santa María Xadani (sección 8). Así se cumplió con las decenas o cientos de donantes que acudieron a la Facultad de Química que, como dijo alguno, más que ganarse su pedacito de cielo, al dar se sintieron verdaderamente plenos. La colecta seguirá, porque el desastre es grande.