Opinión
Ver día anteriorLunes 25 de septiembre de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El sociomoto
Gustavo Esteva
L

a contabilidad gubernamental de vidas que se perdieron o de construcciones dañadas ofrece una imagen distorsionada de lo ocurrido. La tragedia es profunda y extensa. Y es otra. Por eso el sociomoto tendrá más efectos que el terremoto y conduce a una honda transformación política.

El aparato tecnoburocrático que pretende hacerse cargo de emergencias ante desastres naturales muestra rápidamente sus límites: su estilo vertical y homogéneo, típicamente patriarcal, cada vez más militarizado y privatizado, resulta enteramente inadecuado ante circunstancias tan complejas como diversas.

Sus limitaciones se hacen aún más evidentes a la hora de reconstruir. Recuentos practicados en el mundo entero muestran que la ayuda causa a menudo más daños que los desastres naturales que pretende atender. El caso de Haití es el más espectacular y conocido, pero los ejemplos se repiten en todas partes. Políticos, partidos, agencias públicas y hasta organismos privados de ayuda realizan un tráfico obsceno de víctimas para atender sus propias agendas e intereses. En Oaxaca, corporaciones y funcionarios llegaron rápidamente a la conclusión de que el desastre permitiría acelerar la operación de la zona económica especial que encuentra creciente resistencia. Ahí, como en el resto del país, empresas y funcionarios empezaron a cocinar el negocio de la reconstrucción… y a organizar sus tropelías habituales.

En contraste, hemos visto en estos días la inmensa capacidad de sanación que aún tiene la gente. Cunden relatos de heroísmo, astucia y habilidad; de la notable organización de esfuerzos de rescate y de apoyos directos y creativos; de las respuestas orgánicas de innumerables colectivos y grupos de toda clase y condición. Las cocinas comunitarias que montó rápidamente Francisco Toledo en Juchitán o el Consejo para la Reconstrucción y Fortalecimiento del Tejido Comunitario que se formó inmediatamente en Ciudad Ixtepec son sólo un par de ejemplos de una ola inmensa de iniciativa y solidaridad. En Ciudad de México, la brigada Para todos todo y el campamento Fuerza y Resistencia Indígena son también gotas de un vaso desbordante.

Es posible ver, sentir y tocar, en las áreas directamente afectadas y en lugares muy distantes, que se deja atrás la fragmentación individualista y la obsesión por el propio interés y la competencia, para abrirse a la solidaridad profunda que regenera el tejido social y construye nosotros nuevos o recompone los que se habían debilitado. Desde abajo empezamos nuestra propia reconstrucción, para volver a ser lo que somos. Las respuestas de emergencia son parte de un empeño de más largo alcance para reparar los daños que nos han hecho el capital y sus administradores estatales. Un ímpetu amoroso cunde entre nosotros y hace a un lado la violencia reinante en las relaciones personales. En vez de selfies, como expresión de narcisismo, se usan wefies: la tecnología que dominan las nuevas generaciones queda al servicio de ese ímpetu, con tanto ingenio como corazón, al dedicarse a ­ nosotrear.

Peña Nieto se sorprendió en Tonalá, Chiapas, por tantos güeros que veía. Que su cabeza y su corazón hayan podido concebir la idea muestra su racismo profundo y el desconocimiento radical del país que ha pretendido gobernar. Que se haya atrevido a pronunciar la frase en público exhibe su falta de competencia y sensibilidad política, y por qué no logra componer su imagen pública aunque gaste en la tarea un millón de pesos por hora…

El aparato no puede ni quiere aprender, bajo la convicción de que todo lo sabe. Ahora aparecen más marinos que soldados o policías, pero llegan siempre tarde y hacen lo de siempre: dividir, separar, obstaculizar, subordinar, controlar… Se multiplican las historias en que hábiles vecinos dedicados al rescate son expulsados por marinos u otros agentes, que demuestran de inmediato su ineptitud. En 1985 se produjo la primera gran rebelión contra los medios, dedicados por 24 horas a convencer a la gente de que permaneciera en sus casas y dejara todo en manos del gobierno. En estos días se han visto forzados a inventar historias como la pifia de Frida Sofía para rescatar audiencias que ya se les fueron de las manos, entre otras cosas porque ahora las personas se comunican entre sí con sus propios medios.

La gente sabe aprender. Las experiencias colectivas dejan un sedimento profundo, también de naturaleza colectiva, en que los aprendizajes quedan encarnados en las nuevas generaciones. Jóvenes y jóvenas que mostraron sorprendente aptitud desde el primer momento, con una participación masiva que sorprendió a todos, eran portadores de la experiencia de 1985 aunque nacieron mucho después.

La conmoción social y política se hará cada vez más honda. La causa principal de que el PRI perdiera Ciudad de México fue la fiesta de autonomía y capacidad de organización que produjo el terremoto de 1985. Hoy estará cada vez más a la vista de todas y todos la descomposición creciente de aparatos podridos y mafiosos, su ineptitud abrumadora, en claro contraste con la capacidad de autogobierno y respuesta organizada de la gente. Es nuestro desafío encauzar a la reconstrucción social y política la conciencia generalizada de la corrupción e incompetencia de arriba frente al compromiso amoroso, apto y creativo que nace abajo.

Los desastres naturales son semillas de renovación política, que alientan una nueva esperanza en medio de la tragedia.