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Maletas
A

penas se iniciaba la tarde y un sonido nuevo comenzó a habitar las calles de la Ciudad de México. Habían pasado sólo tres o cuatro horas del terremoto del martes 19 de septiembre de 2017 cuando el ritmo de los pasos los marcaba el sonido de las maletas en la acera. Los muros inolvidables a los que se refería Rainer María Rilke para manifestar la fuerza del hogar, ésos que marcaban los linderos de la intimidad, habían sido triturados. El hogar en un instante sufrió una metamorfosis y comenzó a ser tú, yo, nuestros hijos y una maleta.

En el instante que explotó, a las 13:14 de la tarde, se manifestó la dramática transformación de ese escenario de ritmos y rituales que es el hogar. Pero seguro no comenzó allí. Fue la víctima, por lo menos, de la voraz especulación inmobiliaria tan celebrada por altos funcionarios de gobierno de nuestra ciudad en los años recientes. El auge inmobiliario tan aplaudido –decían ellos hasta hace muy pocos días– era la muestra de la modernidad y la fortaleza económica de la ciudad. Bajo esa lógica, esa misma cauda de funcionarios citadinos impulsaron la impactante presión urbana de la especulación, ésa que piensa que el dinero es la amplia y única vertiente que ha de llevarnos al futuro. Miremos en el mapa dónde se ubica la mayor densidad de los hogares derrumbados y dañados seriamente desde el martes y veremos con claridad cómo se superpone sobre el mismo espacio de los desarrollos de nuevos edificios, nuevas plazas comerciales, nuevos conjuntos habitacionales levantados en los pasados cinco, 10, 15, 20 años.

Si se piensa en uno solo de los elementos de estas obras, los cuestionamientos surgen a borbotones. ¿Alguien podría calcular el volumen de los metros cúbicos de suelo que se removió para hacer espacio a los estacionamientos bajo la cota cero –porque casi todos ahora son subterráneos– y así permitir el auge inmobiliario de los últimos cinco, 10, 15, 20 años? ¿Alguien podría calcular el peso de esos miles de metros cúbicos de tierra que removió del suelo la feroz especulación inmobiliaria? Parece claro que nadie de entre los funcionarios que los impulsaron y los funcionarios que los autorizaron quiso pensar en estos cálculos fundamentales en una ciudad que se erige desde hace siglos en los terrenos de lagos y humedales. Porque cientos de los casi 3 mil inmuebles dañados se levantaron en los recientes cinco, 10, 15, 20 años; o son vecinos de ellos. Hoy miles de mujeres y hombres de los rumbos del Centro, de Lindavista, de la Roma, Condesa, Escandón, Portales, Narvarte, Del Valle, Coyoacán, Santa Cruz Atoyac, Ciudad Jardín, Coapa, Xochimilco, sabemos que no se pueden evitar las catástrofes naturales, pero también sabemos que en una ciudad que sepa respetar una historia de terremotos como la nuestra, sí se pueden mitigar sus consecuencias.

Pero el martes el silencio ritmado por las maletas se rompió en las calles con una presencia como un canto súbito. En el instante de un relámpago ríos de jóvenes de entre 15 y 35 años tomaron la ciudad en sus manos y la convirtieron en comunidad. Cada uno de ellos llevó hilos de energía, de fuerza y de pasión, y sacó a la luz lo que muchos en México ignoraban o no deseaban ver. La creatividad infinita con la que viven esos jóvenes mueve a nuestro país a una nueva dirección: organización horizontal, respuestas a preguntas que nadie ha formulado todavía, enérgica paciencia activa, un flagrante deseo para construir removiendo muros, sabiduría en la siembra de futuros.

Salieron de todos los rumbos de la ciudad y a todos los rumbos llegaron. Nada los detuvo. Nada los detiene. Ni la noche, ni el hambre o la fatiga, ni la lluvia. Los ejemplos se agavillan en epopeyas. Todas las iniciativas encontraron su cauce. Nadie ha estado en las calles para hacer elegías. Todos han tejido con sus manos un manto de calor que a la ciudad cubre.

Nadie de entre ellos espera que aparezca su nombre en lo que hicieron y siguen haciendo. Todos supieron que la solidaridad es la caricia que le regalaron a nuestros muertos cuando los sacaron de los escombros, que la solidaridad es el beso que le ofrecieron a los que salieron vivos a la luz, que la solidaridad viaja caminando en sus mochilas para convertirse en silencio sagrado, en vida, en ideas, en sonrisas.

Desde el martes 19 los ríos de jóvenes que inundaron las calles de la Ciudad de México y que se desbordaron para inundar Morelos, Puebla, Chiapas y Oaxaca le dieron vida a la poesía, ésa que nos llega cuando en Piedra de Sol se reza: “la vida no es de nadie, todos somos/ la vida –pan de sol para los otros,/ los otros todos que nosotros somos–,/ soy otro cuando soy, los actos míos/ son más míos si son también de todos”. La inundación de vida de los jóvenes de México transfiguró las maletas que en las calles se oían el martes en un murmullo que, creciendo, se comienza a cantar. Es canto que se susurra mientras los dedos recorren los párpados, el nacimiento de las cejas, la comisura de los labios. Esa caricia que en cada noche dispara una nueva metamorfosis y comienza como un rezo que construye: tú, yo, nuestros hijos, nuestro hogar.