Opinión
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Doscientos veinticinco años de la primera casa de la ciencia en América
Javier Jiménez Espriú
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ace 225 años se da un acontecimiento fundamental para la historia de la ingeniería en nuestro continente y, en particular, para la de nuestra Patria.

Aquí, en la muy noble, insigne y muy leal Ciudad de México, se establece el Real Seminario de Minería, primera casa de la ciencia en el continente americano, primer sitio en el llamado Nuevo Mundo en que se enseñaron sistemáticamente, con orden y concierto, la química, las matemáticas, la física... “para que nunca falten sujetos conocidos y educados desde su niñez en buenas costumbres, instruidos para el más acertado laborío de las minas y que lo que hasta ahora se ha conseguido con prolijas y penosas experiencias por largos siglos y diversas naciones, y aún por la particular y propia industria de los mineros americanos, pueda conservarse de una manera más exacta y completa que por la mera tradición, regularmente escasa y poco fiel; es mi soberana voluntad y mando –instruía Carlos III de España al virrey Antonio María de Bucareli, en 1783–, que se erijan y establezcan y si se hallaren ya establecidos se conserven y fomenten con el mayor esmero y atención, el colegio y escuelas que para los expresados fines se me propusieron los diputados y en la forma y modo que se ordena en los siguientes artículos”.

Esto mandan las Reales Ordenanzas para la dirección, régimen y gobierno del importante cuerpo de la minería de Nueva España y de su Real Tribunal General, que dieron origen a la escuela que empezó sus trabajos en la casa localizada en el número 90 de la hoy calle de Guatemala, donde cruzaron sus armas académicas el barón Alejandro de Humboldt y don Andrés Manuel del Río –descubridor del vanadio, al que él llamó eritronio– y que se trasladó al Palacio de Minería, cuna, sede y símbolo de la ingeniería mexicana, al término de su construcción.

Don Fausto de Elhuyar, quien a la muerte del primer director del Real Seminario de Minería, don Joaquín Velázquez de León y Cárdenas, se hace cargo del recinto, da inicio, aprobado el plan de estudios por el virrey Juan Manuel de Güemes, segundo conde de Revillagigedo, los primeros cursos del recinto el primero de enero de 1792, con ocho alumnos fundadores y un generoso presupuesto de 25 mil pesos anuales.

El primer título de perito facultativo de minas, fue concedido en 1800 a Casimiro Chovell, quien el 28 de noviembre 1810 murió durante el movimiento de independencia, como Rafael Dávalos, Ramón Fabié, Vicente Valencia y Mariano Jiménez –aquella pléyade de sabios que abandonaron las tablas de cálculo, las sustancias químicas y los instrumentos de mineralogía, para empuñar el fusil y la espada al lado del padre Hidalgo– y cuyos nombres, como ejemplo, honran el patio central del Palacio de Minería.

En 1843 aparece en México por primera vez el título de ingeniero, al convertir a los peritos facultativos de minas que salían del colegio en ingenieros de minas.

Al triunfo de la República, el benemérito Benito Juárez reorganizó la instrucción pública y en 1867 –hace 150 años– el Colegio de Minería se transformó en Escuela Especial de Ingenieros, creándose las carreras de ingeniero civil, mecánico y topógrafo y agrimensor. En 1883 se convirtió en Escuela Nacional de Ingenieros, que en 1910 pasó a formar parte de la Universidad Nacional, año en el que se inscribe en la institución la primera mujer, Dolores Rubio Ávila, quien se graduó como metalurgista.

Breves antecedentes históricos de lo que hoy es la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional, que sumados a la vocación constructiva y científica de nuestras culturas originarias, que nos han legado testimonios de obras, edificaciones y desarrollos científicos que asombraron y siguen asombrando al mundo por su perfección y su belleza –recordemos los caminos mayas, el conocimiento del cero, los observatorios astronómicos o el albarradón de Nezahualcóyotl–, hacen de esta institución de ciencia y de cultura una casa singular. La más antigua tradición constructiva del continente y la más remota tradición en la enseñanza de la ingeniería en América, sustentan su vocación.

Tradiciones que significan raíz, origen, vínculo, identidad; que iluminan el futuro, como lo hacen todas las tradiciones que nacen de los valores superiores de la humanidad y que son un reto extraordinario, que obliga también, a superar condiciones culturales que nos han llevado –en palabras de Jaime Torres Bodet–, a “la dramática asimetría que –con mayor o menor relieve– demostraron los pueblos que la historia asoció dentro de la colectividad mexicana, entre la abundancia de las manifestaciones espirituales y la escasez de los medios técnicos”.

Reto que es articulación entre lo tradicional y lo moderno; que es búsqueda del equilibrio entre la capacidad de ruptura y la sensibilidad de arraigo, porque si la primera es necesaria en la perspectiva del progreso y en la obligada relación con otras culturas y con países con mayor nivel de desarrollo, la segunda es imprescindible para la afirmación de la identidad nacional.

Reto que la Facultad de Ingeniería y las escuelas que le dieron origen han enfrentado desde hace 225 años con éxito y con la decisión permanente de no cejar en el camino de la superación, formando profesionales de esa disciplina del más alto nivel, comprometidos con su entorno, conocedores del valor de la cultura y de la cultura de los valores, con convicciones sociales emanadas de los sentimientos de la nación y con patriotismo acendrado, que nos exige asumir plenamente nuestra responsabilidad –que en este momento particular de dolor nacional resulta fundamental, inequívoca y necesaria–, ante la destrucción, en la reconstrucción y en la prevención, sin evasivas ni pretexto alguno.

Así, la conciencia del desarrollo y la aplicación de la ciencia y la tecnología como herramientas para atender las necesidades sociales, la ética como valor consustancial de la profesión, el compromiso social y nacional como vocación inherente y la cultura como complemento ineludible de la excelencia profesional, son ropajes de los que no pueden desprenderse los hijos de la Facultad de Ingeniería.

De ahí la existencia de egresados de esta casa, que, en diversos momentos de su historia, han construido y restaurado la patria en lo físico, en lo intelectual, en lo político: los hijos de esta escuela que se dieron de alta en 1914 en los cuerpos de defensa, para luchar contra los invasores en Veracruz; los Pastor Rouaix y los Julián Adame, Constituyentes del 17 y personajes fundamentales de las leyes agrarias y de los artículos 27 y 123 de la Constitución Federal; los Pascual Ortiz Rubio, presidente de la República; los Manuel González Flores, los Emilio Rosembleuth, los Heberto Castillo, ingenieros inventores, y Heberto líder social indiscutible; los Luis Enrique Bracamontes, constructor responsable de Ciudad Universitaria y líder del rescate y la restauración del Palacio de Minería y desde luego don Valentín Gama, el doctor Nabor Carrillo Flores y el inolvidable maestro de todos y de todo Javier Barros Sierra, rectores magníficos de la universidad, por citar algunos de los más conspicuos.

En esta escuela está también la génesis, el origen, el alma máter de instituciones ejemplares científicas, académicas, culturales y gremiales como las hoy facultades de Química y de Ciencias de la universidad, la Feria Internacional del Libro y la Academia de Música del Palacio de Minería, la Asociación Nacional de Facultades y Escuelas de Ingeniería, la Sociedad de Alumnos de la Facultad de Ingeniería y la Asociación de Ingenieros Universitarios Mecánicos Electricistas, que se enaltece al haber entregado a la Facultad de Ingeniería su premio a la Excelencia Profesional 2017, por sus 225 años de formar a los mejores ingenieros de México.

Twitter: @jimenezespriu