Opinión
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Desde el otro lado

Ego, vulgaridad y circo

Arturo Balderas Rodríguez
T

rump sigue manipulando los medios y la opinión pública a su antojo. Sus ocurrencias, trivialidades y vulgaridades tienen distraída a la sociedad estadunidense de sus fracasos y los serios problemas en los que ha metido a EU y al mundo entero. Con sarcasmo, un editorialista del New York Times lo caracterizó como el virtuoso de una guerra cultural de segunda clase, por la respuesta que dio a la protesta de jugadores de la liga de futbol americano que han externado su indignación por el trato discriminatorio y agresivo de la policía contra minorías afroamericanas y latinas, hincándose antes de los juegos cundo se toca el himno de EU. Con su habitual vulgaridad, Trump llamó a los dueños de los equipos a correr a esos hijos de perra (sic).

No está por demás observar que un 70 por ciento de los jugadores en la liga son afroamericanos. Tergiversó una demostración cuyo fin es evidenciar un problema que se creyó superado, pero se ha agravado con su actitud exculpatoria de las demostraciones de odio de hordas fascistas y supremacistas blancos. Una vez más intento distraer la atención sobre un grave problema, éste si real, el de la discriminación, la desigualdad, las arbitrariedades de la policía y la injusticia contra las poblaciones afroamericana y latina. La distracción le es necesaria para ocultar su fracaso por derogar la reforma de salud, el avance de la investigación sobre sus relaciones con el Kremlin, el errático funcionamiento de su administración, el uso y abuso que miembros de su familia y gabinete hacen de los recursos públicos para fines personales y, por la forma irresponsable, tardía y no sin cierto tufo racista, con que él ha respondido a la angustiosa solicitud de ayuda a Puerto Rico por el desastre que dejó el huracán María. Ha sido evidente el contraste entre la asistencia que dio a Texas y Florida, claves en la elección de Trump, y la mayoría de los congresistas en esos estados pertenecen al partido republicano.

No parece haber límite a su mortal narcisismo, como Paul Krugman se refirió a la personalidad del presidente. Con su catarata de errores, mentiras, desinformaciones y racismo, Trump ha dislocado a una sociedad que no atina a entender qué sucede. Tampoco él mismo, cegado por su ego e ignorancia, parece caer en la cuenta de su incapacidad para dirigir a un país que se equivocó al elegirlo y ahora está pasmado por ese grave error.