Opinión
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Ciudad Perdida

La Condesa tras el cataclismo

Atisbos por volver a la normalidad

Ya nada será lo mismo

Miguel Ángel Velázquez
A

yer volvieron a ladrar los perros en el oriente de la colonia Condesa.

Abrieron algunos restaurantes y por el camellón de Ámsterdam otra vez desfilaron la ropa de uso deportivo, los diminutos pantaloncillos y los pies incendiados por colores de telas arrebatadas a las más atrevidas imaginaciones, pero el silencio aún pesa en sus calles. Nada es igual, aunque todo parece lo mismo.

Para empezar, gran parte de los habitantes de esta zona, después de dos semanas de noches sin ruido, de la ausencia de las voces y las risas jóvenes que poblaban sus horas de oscuridad, de la soledad que pesa en la calles sin el sonar del son ni el estruendo rockero, y de la destrucción, se han declarado sobrevivientes, nada más.

Sus historias se pueden compactar en una sola: Sentí que me iba a morir. Y luego en la duda constante: No sé si voy a seguir viviendo aquí.

Digamos que ha ido disminuyendo el temor de entrar a sus casas, que durante este tiempo más que su refugio las consideraron trampas, y esperaban y esperaban durante la noche en charlas interminables abrazados por la bondad del parque México o el España, sin querer entrar, sin querer dormir, atormentados.

Nadie se ha sacado la espinita y una gran mayoría se agrupa en algo así como terapias colectivas en las que cada uno relata la experiencia de ese 19 de septiembre a las 13:14, cuando la Condesa cayó de rodillas frente al poder de la naturaleza, y de la ambición, la corrupción y todos los males que acarrea el tiempo del quehacer para enriquecerse y no el quehacer para servir.

Y no es que sólo en la Condesa se hubiera condensado la desgracia, la ciudad, casi toda, está rota. Las grietas en Iztapalapa, que antes medían unos centímetros de ancho y el final de su profundidad se podía mirar, hoy miden más de un metro y la oscuridad impide saber qué tanto calaron en la tierra. Y en la Del Valle y en Narvarte el luto ha carcomido el sentir ufano de sus habitantes.

Sin embargo, a la Condesa le lloran los de aquí y los de otra parte, porque en sus parques, en sus cafés, en sus restaurantes, en sus antros, en sus galerías y sus centros de espectáculo unos y otros vivieron muchas de sus horas y hoy tratan de regresar a la normalidad. Y los perros vuelven a ladrar, y la gente se reconoce. Al final de cuentas sabe que aunque todo vuelva a la normalidad, ya nada será lo mismo, porque si bien la Condesa no es toda la ciudad, era su risa.

De pasadita

No hace muchos años, ya en esta administración, en un afán propagandístico innegable, el gobierno federal declaró que Iztapalapa, Xochimilco, Gustavo A. Madero y Tláhuac, hasta donde alcanza la memoria, eran lugares de pobreza extrema, por lo que había que llevarles programas de ayuda, también de marca federal, y con políticos ambiciosos con nombre y apellido. En casi todas las delegaciones marcadas pudieron entrar, aunque con muy poco éxito, pero de que calificaron a esas demarcaciones con el sello de pobreza extrema, sin duda.

Dos diputados de buena memoria –Vidal Llerenas y Jesús Valencia– hoy se llaman a sorpresa después de saber que el Fideicomiso Fondo de Desastres Naturales no incluye a la Ciudad de México porque aquí no hay pobreza extrema, como declaró a este diario el titular de la Coordinación Nacional de Protección Civil de la Secretaría de Gobernación, Luis Felipe Puente. No que de ninguna manera se iban a usar los recursos para cuestiones políticas. Seguramente tendrá que ser el propio secretario, Miguel Ángel Osorio, el que tenga que aclarar la situación para que las malas intenciones no sirvan, en estos momentos, para amarrar navajas.