Opinión
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Mar de Historias

El eco y las cenizas

Cristina Pacheco
H

an pasado más de tres semanas del martes negro y para Víctor la situación sigue resultando muy incierta: las actividades en la fábrica quedan suspendidas hasta nuevo aviso, no sabe cuánto tiempo más podrá seguir en el albergue, ignora si demolerán el edificio donde vivía o podrán rescatarlo parcialmente. Sus dudas al respeto aumentan cada vez que acude a su antigua vivienda para solicitar informes.

El edificio está acordonado, pero desde el camellón pueden verse los montones de escombros en que se convirtieron sus doce departamentos. Ante la visión y el recuerdo de los vecinos atrapados, Víctor se pregunta cómo logró salvarse y llegar a la avenida. Allí encontró a decenas de personas que, muy juntas unas de otras, observaban el balanceo ya menos intenso de edificios y cables.

Una mujer desencajada y llorosa se acercó a Víctor y, como si lo conociera de toda la vida, le explicó la razón de su angustia: Necesito comunicarme con mi hija. No sé dónde se me cayeron los lentes y sin ellos... Entre eso, que el teclado de mi celular es muy chiquito y que me tiemblan las manos, no puedo marcarle a mi niña. Ayúdeme. Víctor le pidió el número al que debía llamar, pero ella no pudo recordarlo. Seguro lo tiene en sus contactos, dijo un tercero, y ella recobró la calma: ¡Claro que sí! Está en el apartado de la ene, porque mi hijita se llama Nahila.

II

Víctor quedó atrapado en el nombre: Nahila. Sus tres sílabas fueron expandiéndose en el recuerdo, como las olas cuando se arroja una piedra a un estanque, hasta que le devolvieron el eco de la voz que pensó olvidado. Experimentó sentimientos confusos, se disponía a aclarárselos cuando escuchó los gritos de la mujer llorosa: No se escucha nada. No hay comunicación. Mi hija está sola. Señor, ¿qué hago? Sin saber qué contestarle, Víctor volvió a sentir la misma angustia que había experimentado el l9 de septiembre de l985.

III

Aquella mañana, como si no se diera cuenta del horror que lo envolvía por todas partes y de que el hotel al otro lado de la calle explotaba en pedazos, corrió hasta la caseta telefónica frente a la agencia de viajes y marcó el número del conmutador, seguro de que en cualquier momento oiría la voz de Nahila diciéndole cómo se encontraba o lo que fuera, pero no la escuchó.

Incapaz de aceptar la realidad, Víctor recuerda que marcó una y otra vez al conmutador: el único sitio donde Nahila podía encontrarse. Era día hábil, faltaba poco más de una hora para que su turno terminara y ellos se reunieran. Al fin iban a conocerse, a comprobar si eran como uno y otro se habían imaginado a partir de sus breves y regulares conversaciones telefónicas.

Durante el desayuno –planeó Víctor– tal vez lograra convencerla de que, luego de que ella tomara un descanso en su casa, volvieran a encontrarse en un restaurante del centro para comer. Entonces sí tendrían tiempo suficiente para contarse sus vidas y divertirse pensando en la forma tan extraña en que había comenzado su amistad.

Luego se desharían en preguntas. De seguro ella deseaba saber quién era Joel Manríquez, el huésped del 103, a quien él llamaba con frecuencia. Víctor quería preguntarle a Nahila de quién había heredado un nombre tan bonito, de dónde era, cuánto tiempo llevaba como telefonista, pero, sobre todo, si había pensado en estudiar canto, porque su voz era preciosa, única.

El jueves de su primera cita Víctor iba a confesarle otra cosa que la halagaría: siempre que llamaba a Joel para anunciarle de su próximo viaje a la ciudad, se entusiasmaba pensando en la posibilidad de que ella le tomara la llamada. Ocurrió varias veces y en una él se atrevió a decirle: Señorita: ya que hablamos tan seguido, me gustaría saber su nombre. Tenemos prohibido dar ese tipo de información a nuestros huéspedes, señor.

Él la desarmó diciéndole: No soy huésped. Joel, mi primo, hace tiempo que vive en el Petreles. Después de su divorcio se volvió maniático y más solitario: no se comunica con nadie, no recibe visitas y detesta los restaurantes. Prefiere las viejas fondas del centro, sobre todo una en la calle de López. Es maravillosa. Hay servicio desde las ocho de la mañana hasta las nueve de la noche. Si un día acepta mi invitación la llevaré.

Ella le respondió que no, muchas gracias, pero él lo puso todo al revés: O sea que acepta. Dígame: ¿desayuno o comida y qué día le conviene? Desayuno, un jueves. Mi turno termina a las nueve de la mañana. Víctor recuerda que consultó su agenda: “¿Qué le parece después de las fiestas patrias, el l9 de septiembre? Paso por usted a las nueve en punto, pero la llamo antes. No quiero darle pretextos para que me deje plantado con el clásico pretexto de se me olvidó.

IV

Aquel l9 de septiembre nada fue cómo Víctor había planeado. Todo lo que para él daba sentido a aquel jueves se deshizo y se volvió irrecuperable. Jamás conocerá a Nahila y sólo podrá oír su voz en el recuerdo. El hotel Petreles ya no existe: en cuestión de segundos, una precisa red de cables y explosivos convirtió su ruina en una nube asfixiante. Llovió ceniza. Víctor se inclinó para tomar un puñado y lo guardó es su bolsa sin entender por qué lo hacía.