Opinión
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La voz pública de las mujeres
M

ary Beard es una profesora galardonada de la Universidad de Cambridge, especialista en Historia Antigua de Roma y Grecia. Ha sido objeto de las ofensas más ruines y los insultos más soeces imaginables, porque se atrevió a defender una postura bastante impopular en Inglaterra: que se mantuvieran abiertas las puertas a la inmigración. La traigo a cuento hoy entre nosotros aunque sus temas nos parezcan lejanos, porque Beard es autora de un texto titulado La voz pública de las mujeres, en el que describe la dificultad que todavía tiene el mundo y nuestro siglo para soportar que las mujeres intervengamos en la vida pública. Se nos acepta, pero se nos descalifica con argumentos morales o estéticos, rara vez se nos escucha.

Beard se refiere en la Odisea a Penélope, la fiel esposa de Ulises, que lo espera durante años, aunque son muchos los pretendientes que se aparecen y tratan de convencerla de que olvide a su marido que, le dicen, es probable que haya muerto. Penélope no cede, pero en una ocasión, cuando declina otra vez los avances de un galán, su hijo Telémaco interviene y le grita Madre, cállate y vete a tus habitaciones, que estas son cosas de hombres. Y Penélope baja la cabeza y pasa a retirarse. Así, una mujer sabia que destejía en la noche lo que tejía de día, porque había prometido que dejaría a Ulises el día que terminara su tejido, se calla y somete a los gritos de un adolescente.

Hace unos días tuve una experiencia en Twitter que me hizo pensar en el texto de Beard. Por la mañana leí en la prensa una andanada de críticas contra Margarita Zavala. La cantidad me llamó la atención, al igual que la característica común a todos ellos que era, lo que me pareció, por lo menos, un dejo de misoginia. Se me ocurrió hacer un comentario irónico al respecto, no para defender a Margarita Zavala, sino para llamar la atención sobre el machismo que se adivinaba en los editoriales. Recibí apoyos, pero también una retahíla de comentarios negativos que poco o nada tenían que ver con lo que había escrito.

En primer lugar, el comentario que escribí era una ironía, pero no fue claro para todos. El primer tuitero que no la vio desencadenó una serie de comentarios feroces que creyeron que yo me pronunciaba contra la actividad política de las mujeres. En segundo lugar, muchos pensaron que estaba defendiendo la candidatura de Zavala. Este equívoco es comprensible, aunque lo que yo traía en la cabeza era el examen de conciencia de Hillary Clinton que acaba de publicar un libro en el que analiza su experiencia como candidata presidencial y trata de explicarse, primeramente a sí misma, qué fue lo que pasó. Entre sus reflexiones figura la misoginia de muchos que todavía no podían tragar la imagen de una mujer como presidenta de Estados Unidos. Luego, también pensé en mi propia experiencia y en cómo las actitudes respecto a las mujeres que hacen o que hablan de política han cambiado en México, aunque no tanto. Es poco a poco que nos hemos abierto camino en profesiones y actividades, pero no en todos los campos, y con mucho el cambio es sólo un barniz de modernidad, más que un cambio verdadero.

Aunque se nos deje hablar no siempre se nos escucha. Quiero que las lectoras de este artículo piensen cuántas veces han vivido un momento que podríamos parodiar como sigue: Muy buena sugerencia señorita Hernández, vamos a ver si el licenciado Muñoz quiere presentarla. Claro que eso es mejor que lo que me ha tocado en mesas de discusión en las que lo que dijo la señorita Hernández, una idea o comentario interesante, se le atribuye sin más al licenciado Muñoz.

Algunos tuiteros dieron por hecho, según la interpretación del primero que reaccionó, que yo apoyaba a Zavala para la Presidencia, entonces no apoyaría ni a Sheinbaum ni a Delfina. Esta reacción sí me sorprendió. Fue tan desmedida como la de quienes dedujeron a partir de lo que es un prejuicio, que soy panista, que yo apoyaba la política de Calderón. Tan falso lo uno como lo otro. Muchos me dijeron que criticar a Zavala no era misoginia, de acuerdo, siempre y cuando no le atribuyan los errores de su marido. Pero resulta que el argumento más socorrido en contra de Zavala es que es la esposa de Calderón.

Más allá de este caso particular, los tuits me hicieron pensar cómo entre nosotros el debate público sigue siendo en primer lugar un repertorio de prejuicios. Nadie sabe lo que pienso de Sheinbaum o de Delfina, pero se lo imaginan, porque si hago un comentario que según yo era en favor de un trato justo a las mujeres en política, habrá quien se lleve la tarde leyendo en él mi rechazo a mujeres que no son Margarita Zavala. De todas formas, insisto, hay que escuchar la voz pública de las mujeres que a la mejor dicen lo que no esperamos oír.