21 de octubre de 2017     Número 121

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
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Suplemento Informativo de La Jornada

Chicatanas: el manjar de los pobres


Hormigas voladoras. FOTO: Archivo

Kau Sirenio Periodista ñuu savi originario de la Costa Chica de Guerrero

En la casa de los hermanos Vázquez Ortiz se preparan con ocotes para salir a atrapar chicatanas, que llegan, como cada año, con las primeras lluvias, a la colonia indígena de Tepoxtiapán, Chilpancingo -donde viven desde que salieron de Cochoapa el Grande, expulsados por la pobreza-; ahí los hermanos organizan sus ocotes y cubetas para traer las chicatanas.

La alimentación de los ñuu savi (pueblo de la lluvia o mixteco) son las chicatanas, unas hormigas que llegan cuando los campesinos empiezan a sembrar sus tlacolol. Las hormigas de la familia de las arrieras se atrapan para alimentar a los sembradores, pero también se guardan para fiestas especiales: ritual de las cosechas o en día de muertos, para eso las mujeres las deshidratan y guardan a un lado de la fogata, para que no pierdan su consistencia.

En la casa de los Ortiz Vázquez se pone el mayor cuidado en la organización de los hermanos que van atrapar las chicatanas, que se van comer con tortillas remojadas con una rica salsa de chile guajillo o en tamales, acompañados de café de olla.

Daniel, el mayor de los hermanos Vázquez, ordena a los más pequeños de la casa, para que se vayan a dormir después de dejar todo listo: de un lado de la cocina colocaron rajas de ocotes y cubetas para almacenar las chicatanas.

Llamadas en náhuatl

Tzicatanatl

Las hormigas chicatanas tienen presencia en todo el país, principalmente en Veracruz, Oaxaca, Chiapas, Guerrero, Guanajuato, Puebla, Morelos y Estado de México. Son capturadas durante su vuelo nupcial. Cada estado tiene su propia receta para consumirlas.

En la plática con su madre, Daniel la escucha con atención: ella le recuerda que para atrapar las chicatanas tienen que seguir todos los pasos de la ritual ñuu savi (pueblo de a lluvia): cumplir el horario, la forma de encender los ocotes y el cuidado que se debe tener cuando las hormigas emprendan su vuelo nupcial en busca de iluminación.

Al apagar la luz, en la casa rústica donde viven los na savi (mixtecos) reinan la oscuridad y el silencio por unos segundos, pero entre las ramas de los árboles que rodean las casas en Tepoxtiapán empiezan a palpitar las luces de las luciérnagas, mientras que, en las calles, los ladridos de los perros detonan un concierto de la fauna: los perros, los gatos, los gallos y los puercos unen sus voces al compás del sueño de los campiranos.

El despertador sonó a las cuatro de la mañana, los hermanos se levantaron todos somnolientos, uno buscó entre la oscuridad para orinar y los demás se lavaron la cara para ahuyentar el sueño: los más pequeños tomaron sus ocotes y cubetas para cumplir con la tarea.


Las hormigas chicatanas llegan cuando los campesinos empiezan a
sembrar sus tlacolol FOTO: Ingrid Truemper

La mamá les dijo a sus hijos que la tradición de las chicatanas inicia en la madrugada: “Hay que llegar temprano para que nos dé tiempo juntar muchas chicatanas. Esto no es de ahora, así lo venimos haciendo desde hace muchos años. Además, tenemos que atrapar muchas, que nos alcance para comer y vender con los vecinos”, dice la mujer en su lengua materna. 

Cuando todos estuvieron listos, salieron rumbo al hormiguero, caminaron unos 800 metros de distancia de las viviendas; cada uno llevaba una antorcha, otro llevaba una lampara de pila para alumbrar a los que van delante la comitiva. Caminaron en silencio, procurando que los paso no alarmen a las hormigas.

Por más que los atrapadores de chicatanas intentan mantener el silencio, no lo logran, porque a cada paso que dan, entre los árboles que también sirven como alimento para las arrieras, se oyen el canto de las ranas  en los lodazales, así como el murmullo de los chapulines que vuelan en compás ante la luz del ocote. Es un aliciente para que el sueño se ahuyente en los ojos de los niños que están aprendiendo el oficio de cómo atrapar la chicatanas para almorzar antes de ir a la escuela, en Chilpancingo.  

En el hormiguero

“¡Mira, ahí vienen saliendo!”, exclama Juan, el más pequeño de los hermanos que participa en la recolección de las chicatanas, su emoción no tarda ni un minuto cuando empieza a gritar que las arrieras ya le mordieron, todos al unísono le piden que guarde silencio antes de que las hormigas voladoras regresen de nuevo al vientre de la tierra.


Cocinera sosteniendo puño de hormigas san juaneras en Pahuatlán, Puebla.
FOTO: Jesús Pérez

Conforme salen para celebrar su vuelo nupcial, las chicatanas forman un mosaico en la entrada de la cueva, bastaría una escoba para juntarlas y llenar las cubetas, pero hay que escogerlas de una por una, para que no se revuelvan con basura, las piedras y los zánganos que acompañan a las arrieras durante la jornada.

Además de los hermanos Vázquez Ortiz, que muy animados permanecen en el hormiguero, también tienen otros acompañantes que buscan disfrutar la comida madrugadora: las ranas que esperan que las chicatanas empiecen a volar para atraparlas con la lengua.

Con los primeros rayos del sol que golpean en las faldas de los cerros de Chilpancingo los cazadores regresan a su casa donde la mamá va a cocinar las hormigas en salsa. Antes de partir a sus actividades diarias almuerzan en torno de la cocina rudimentaria que se improvisó en la casa. Después los estudiantes se van a la escuela, mientras que los adultos se emplean en la construcción de viviendas o como ayudantes en dependencias de gobierno.

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