21 de octubre de 2017     Número 121

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

La milpa que hacemos y somos

Adelita San Vicente Tello Directora de la Fundación Semillas de Vida  adelita@semillasdevida.org.mx


Platillos presentes en la Feria de Semillas en Tlaxiaco, Oaxaca. Octubre de 2011
FOTOS: Semillas de Vida

A las y los voluntarios del sismo,
quienes nos devolvieron la esperanza
.

Esta reflexión en torno al décimo Aniversario de la Jornada del Campo se realiza justo a unos días de los terremotos que nos cimbraron. El último, justo 32 años después del poderoso sismo que movió estructuras, un onomástico que nos sorprende como una repetición de un hecho que nuevamente modifica nuestras vidas.

Este año los aniversarios se multiplican: la campaña Sin maíz no hay país cumplió 10 años en junio. La Fundación Semillas de Vida los cumplirá este mes; también celebró su décimo aniversario, a inicio de año, el Poder del Consumidor. Asimismo, el año pasado la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad cumplió su primera década. Además, este año coincide con el 35 aniversario de la exposición con que se inauguró el Museo de Culturas Populares, llamada Maíz fundamento de una cultura. A ésta, le sucedieron, en 2002 la exposición Sin maíz no hay país y este 2017, La milpa, espacio y tiempo sagrado y Milpa, pueblos de maíz.

Cada cumpleaños pensamos en las tareas cumplidas, el crecimiento logrado, las metas alcanzadas. Ahora se antoja hacer un pequeño recuento de lo logrado y lo avanzado en estos años entrelazando estos aniversarios. Si bien cada uno podría generar un libro completo, sirva este breve espacio para reflexionar sobre cómo en estos años se han ido construyendo nuevas formas de organizarnos y concebirnos; redescubriendo el significado profundo que el maíz y la milpa tienen para las mexicanas.

En estos 35 años se ha impulsado el modelo neoliberal en el campo, relegando la producción campesina porque se consideró poco productiva, en tanto los productos destinados al mercado fueron favorecidos extrayendo el valor del trabajo campesino. Este modelo se ha fortalecido en la pasada década con el extractivismo y despojo de recursos naturales y la imposición de tecnologías depredadoras.

Sin embargo, la pretensión mercantilista del capitalismo sobre la agricultura y la alimentación, y por extensión sobre el maíz se ha enfrentado a un entramado social que, aunque en los años 70 del siglo pasado los estudiosos anunciaban en extinción y hoy es el sector más golpeado, se mantiene. Una forma de vida que continúa como el ciclo de la vida y persiste a pesar de todos los mecanismos que se han generado para su aniquilación; y no solamente resiste, sino que está impulsando propuestas estratégicas que hoy se vislumbran como una alternativa civilizatoria frente a la severa crisis que vive el capitalismo.  

Reconocer el profundo sentido de la relación de las comunidades campesinas y pueblos originarios con la tierra, la milpa y el alimento ha permitido comprender el sentido real de la disputa, en la que se enfrentan dos visones del mundo.


La forma de vida de los pequeños campesinos persiste,
a pesar de todos los mecanismos que se han generado
para su aniquilación

La trascendencia de las mujeres y hombres de maíz se ha entendido a cabalidad a partir de la mencionada exposición sobre el maíz, que trabajó con un gran equipo el maestro Guillermo Bonfil. En el centro estaba la idea de que “El cultivo del maíz está ligado indisolublemente a la civilización mesoamericana”. Unos años después escribió su obra México profundo en la que narra “el dilema no resuelto que nos plantea la presencia de dos civilizaciones, de dos modelos ideales de la sociedad a la que se aspira”. Su propuesta va hacia “la formulación de un nuevo proyecto de nación… que encuentre los caminos para que florezca el enorme potencial cultural que contiene la civilización negada de México”.

Pareciera que en estos años se ha desarrollado esta propuesta pues se ha expandido la defensa del maíz y se ha conseguido articular una custodia consistente y constante del maíz como patrimonio nacional y de los sujetos que lo mantienen. Han surgido infinidad de actores y acciones sociales que la conforman. La descentralización y el dinamismo de las organizaciones responden con un sinfín de propuestas frente a la pretensión controladora y homogeneizante del capital con su modelo de monocultivo.

El reconocimiento y, en muchos casos, el rescate de costumbres, ritos y conocimientos ancestrales comunitarios alrededor del maíz han probado ser herramientas poderosas para protegerlo. Se ha conformado un tejido del que forman parte no sólo quienes viven en comunidades indígenas y campesinas; sino un conglomerado amplio y diverso de actores sociales -urbanos y rurales-, que en el maíz encuentran un punto de encuentro, de sentido, de unidad y una semilla para un modelo diferente de sociedad y de agricultura.

Particularmente en los pasados 20 años, la idea de transformar el maíz en una mercancía al servicio de los intereses de gigantescas corporaciones transnacionales ha tocado cuerdas sensibles de la sociedad mexicana. La indignación frente al acecho de nuestra planta sagrada, sumada a preocupaciones de salud, ha llevado a repensar la alimentación, la agricultura y a volver los ojos hacia las comunidades campesinas y los pueblos indígenas.

La lucha en defensa del maíz nos ha ayudado a retejer relaciones y a fortalecer los vínculos profundos que como mexicanos tenemos con el maíz, nuestra comida y la agricultura. La diversidad de sujetos y estrategias nos recuerda el principio básico del cultivo de la milpa, en el que las diversas especies conviven en armonía apoyándose unas y otras, estableciendo relaciones de cooperación con base en sus características particulares. Hacemos milpa en el campo, en la mesa y en la sociedad. Lejos de pensar en una lucha uniforme, la diversidad la ha fortalecido.

Es así como hemos asumido la reciente desgracia: frente al sismo la respuesta ha sido una verdadera milpa, en la que, a pesar del dolor inmenso, la solidaridad y multiplicación de ciudadanos haciendo diversas tareas según su especialidad y capacidad nos renuevan la esperanza en un momento de dolor inmenso.

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