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Morirás lejos, de José Emilio Pacheco
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Al recordar que trabajó en el suplemento México en la cultura con José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska dijo que desde entonces, él ya era un joven maestro. En la imagen, los escritores en 1969Foto Héctor García
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esde muy joven José Emilio Pacheco fue un caso de vocación literaria extraordinario. La ilusión de su padre era que su único hijo estudiara derecho y heredera su notaría, pero bajo su timidez y su espíritu de obediencia, José Emilio ocultaba una rebeldía honda y dolida. La gran rebeldía que proviene de la poesía, la de los artistas verdaderos. Su visión desencantada del mundo lo hizo llegar sin remedio a la brutal orilla. A los 23 años era un traductor excepcional de Mallarmé, Rimbaud, Marcel Schwob, Quasimodo, Beckett, Apollinaire, Walter Benjamin, Tennessee Williams Truman Capote, Harold Pinter, Oscar Wilde, Edgar Lee Masters, William Faulkner y los cuartetos de T.S. Eliot cuya traducción impactó a mi amigo Javier Aranda, cuando muchos en México ni hablaban de esos cuartetos y ni siquiera se dignaron comentarlos.

Estar frente a él era una responsabilidad, un enfrentarse consigo mismo, la posibilidad de no caer en la rutina ni de hacer concesiones. José Emilio vivía angustiado por la discriminación, la injusticia, la infelicidad del otro. Ninguno de los que llamábamos a José Emilio profeta del desastre, se dio cuenta que escribía la historia de nuestro futuro. Quizá su abuela lo adivinó, su abuela Emilia Abreu de Berny, su Sherezada allá en Veracruz, la que le contaba en la noche todo lo que alimentó su imaginación, la que abrió las compuertas a la creatividad, la que le dio la pasión por las letras, la que intentó explicarle el mundo.

Su novela Morirás lejos cumple 50 años este 2017. La primera edición en Joaquín Mortíz es de 1967 y soy de las pocas privilegiadas en tener un ejemplar. Justo un año antes de la matanza de Tlatelolco, José Emilio Pacheco, tan visionario como buen poeta, puso sobre la mesa una de las peores tragedias que ha sufrido la humanidad: el exterminio de más de seis millones de personas por el sólo hecho de ser o pensar diferente. No es casual que retomemos esta novela en los tiempos que corren: tiempo de murallas, alambrados, razias y deportaciones y, en México, tiempo de Tlatlaya, Nochixtlán, Ayotzinapa.

No busca un lector, sino un coautor

Cuando apareció Morirás lejos, muchos se sorprendieron de que un mexicano –sin ser judío– se ocupara de un tema tan atroz y que lo hiciera, además, introduciendo una serie de recursos literarios que la crítica calificó de experimentales porque en esta novela el narrador busca, más que un lector, un coautor. Pacheco, dueño de una inmensa cultura, trata en poco más de un centenar de páginas la historia de persecución del pueblo judío y va de la destrucción del templo de Jerusalén, por orden de Tito Flavio, al exterminio en los campos de concentración de Auschwitz-Birkenau, Treblinka y tantos otros.

La historia editorial de Morirás lejos muestra un autor inconforme. Hubieron de pasar 10 años para que Pacheco se decidiera por una segunda edición, que corrigió al grado de que el crítico argentino Raúl Dorra habla de la edición de 1977 como de una nueva versión y Jorge Ruffinelli de casi otra novela, después de esa no apareció sino casi cuarenta años después, cuando la editorial ERA y El Colegio Nacional la reditaron, en 2016, para beneplácito de lectores y sobre todo de académicos y estudiantes de literatura que hasta entonces la buscaban como aguja en un pajar.

La trama de Morirás lejos es un acertijo de escenas que se cruzan. Van, vienen y se detienen en una banca del Parque México en la que un hombre lee El aviso oportuno, de El Universal, mientras otro lo observa desde su ventana. La historia confunde al lector, que trata de resolver el enigma de perseguidor y perseguido. ¿Quién es alguien? ¿Quién es eme? ¿Quién vigila a quién? ¿Quién persigue a quién? ¿Quién se vengará de quién? Alguien –con mayúscula– quizá represente a las miles de víctimas dispuestas a todo una vez que dan con la guarida de su verdugo y eme –con minúscula– devela la personalidad del que, tal vez sin ser anónimo, desea permanecer como tal.

La persecución de los judíos desde la época de los romanos hasta su casi exterminio durante la Segunda Guerra Mundial es el tema de Morirás lejos, novela a la que hay que volver no porque cumpla medio siglo, sino por su vigencia, su calidad literaria y porque en ella José Emilio Pacheco reflexiona sobre temas como los crímenes de lesa humanidad, el autoritarismo, la persecución, la venganza y, sobre todo, la falta de memoria: Nada sucedió como aquí se refiere. Pero fue un pobre intento de contribuir a que el gran crimen nunca se repita. ¿Qué pensaría hoy José Emilio Pacheco al oír los discursos anti-migrantes, anti-musulmanes, anti-latinos del presidente Donald Trump? ¿Qué reflexión le provocaría la sola idea de un muro fronterizo? ¿Qué pensaría al enterarse que una mujer mexicana se refugia en el sótano de una iglesia en Colorado para evitar la deportación y que un hombre de 40 años se suicidó en Tijuana tras ser expatriado? Quizá escribiría una nueva versión de Alguien y eme en la cual no habría ni perseguidor ni perseguido, sino un diálogo que uniera dos mundos aparentemente irreconciliables.

José Emilio sabía que no hay nacionalidades ni aduanas ni pasaportes que nos distingan, porque el hombre es uno y todos. En Irás y no volverás (apenas una variante de su Morirás lejos) escribe en el poema que da título al libro: Eres la tierra entera/ A todas partes/ vamos a no volver. Ojalá y releyendo a este gran escritor comprendamos que en la otredad y en la memoria está la respuesta a todos nuestros males.

Ahora, en la Universidad de Maryland tuve la gran oportunidad de rendirle homenaje, el miércoles primero de noviembre ante un público fervoroso, compuesto de maestros y alumnos graduados que lo recordaban (a pesar de haber conseguido un puesto en otras universidades) y contaban muchísimas anécdotas de su vida en Washington. Pude contarles cómo trabajamos juntos en el suplemento México en la cultura y cómo, desde entonces, ya era un joven maestro. Mientras Monsiváis decía con su implacable sentido crítico ante tal o cual artículo: Tíralo a la basura, José Emilio se compungía y aunque fueran las ocho de la noche se ponía a rescribirlo con su letra de puras mayúsculas como si de ello dependiera su vida. Jamás lo vi ofender a nadie, aunque sí tenía sentido del humor (una capacidad de crítica literaria infinita) y captaba en unos cuántos segundos el grado de inteligencia de su interlocutor. Ninguna posibilidad de que José Emilio fuera snob. A veces usaba la palabra que tantas veces le oí a Octavio Paz: atroz, pero se refería a un acontecimiento nunca a un texto. Siempre creyó que lo peor estaba aún por venir en la política y finalmente en nuestras vidas. ¿Estás bien, Elena? preguntaba tras la interrogación afectuosa en sus anteojos redondos.

Obra editorial con todas las respuestas

Su Inventario refleja su interminable generosidad y también hace patente que a él la vida le penetraba como a un silicio. No solo la suya, la de todos. Nadie escribió tanto sobre los terremotos como él, buscó y rebuscó respuestas. Vicente Rojo, Monsiváis y yo lo llamábamos profeta del desastre y resulta que se nos adelantó en todo. Lo que predijo es ahora nuestra realidad. Supo lo que iba a acontecernos, su voz enronquecida nos lo advirtió mientras sonreíamos, tontos, ante su admonición. (Debería habernos dado de bastonazos). Marcelo Uribe, su editor, quien siempre estuvo a su lado, se preguntó también cómo era posible que JEP nos diera tanto. Y hoy que no encuentro la salida y busco qué se hace a la hora de morir (como preguntaba Rosario Castellanos) encuentro en la obra universal, literaria, histórica, editorial de José Emilio casi todas las respuestas.