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Aprender a Morir

Nacionalismo y entereza

A

ltares de muertos sí, Halloween no; La Llorona sí, Michael Jackson no; calaveras catrinas sí, calabazas no. Pero ello es medida reciente, luego de muchas décadas de postración, dependencia y globalización desigual a costa de una autovaloración inducida y sistemática como país. Tuvo que ocupar la presidencia de Estados Unidos un personaje increíblemente torpe para exhibir en toda su crudeza la falta de soberanía de nuestra nación y su pasmo ante sí misma.

Entonces, donativos sí, transparencia en su manejo no; licencias de construcción sí, responsabilizar a funcionarios y constructores no; Congreso sobrepoblado de cómplices sí, democracia no; futurismo politiquero aldeano sí, talento político no; televisoras irresponsables sí, defensa eficaz de la audiencia no; sistemas anticorrupción sí, castigo ejemplar a corruptos no; descubrimiento de yacimientos petrolíferos sí, gasolina barata no.

Manojo de contradicciones tan copioso como mal manejado nomás no puede traducirse en desarrollo colectivo autónomo y autodeterminado, con una ciudadanía celosa de su propia dignidad e identidad para identificar y rechazar imposiciones internas y externas, por lo que el nacionalismo bien entendido, el que han sabido ejercer para sus propios intereses las naciones más fuertes, se nos escurrió entre dependencias y claudicaciones de todos, no sólo de la imprudente clase política.

Ante la indefensión de las personas por instituciones corrompidas, nos queda la entereza, que según el no siempre bien intencionado diccionario es integridad, perfección, recta administración de justicia –vaya utopía–, perfecta observancia de la disciplina y, por último, valor y fortaleza de ánimo, entendido éste como desafío, coraje, determinación de ser y hacer, ante la pequeñez de ánimo de los que con insensibilidad detentan poderes.

Ánimo, esencia, espíritu, fuerza vital universal detrás de lo visible, la cual permea cuanto existe y de la que depende la salud y la vida de todos los seres. Fuerza que podemos despertar y manejar en beneficio de nuestra calidad de vida posible y mejorable al aprovechar conscientemente esta vitalidad o alma de la energía, presente en todos los seres aunque de suyo no sea materia. Esta fuerza vital se manifiesta mediante la respiración, por lo que a mejor respiración, mayor fuerza vital y mayor energía, así como una eficaz recuperación del ánima, de nuestro amenazado ánimo.